Memoria e identidad

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Apuntes para la reflexión:

Desde algunos años a la fecha, octubre ha sido un mes para reflexionar, para adentrarnos en el significado profundo que ha tenido para la humanidad, ese mojón de la historia que conmemoramos y designamos con los términos, Día de la Raza, Día de la Hispanidad, Día de las Américas; y que, entre encuentros y des encuentros, ha dado lugar a las más diversas interpretaciones y manifestaciones.

La España de Carlos V e Isabel la Católica, tras haber conquistado el último reducto musulmán en la península, luego de echar los perros a las últimas resistencias guanches en Islas Canarias, se abocaba a sembrar de cruces las tierras americanas. Una vez inaugurada la conquista en los territorios de las actuales Haití-República Dominicana (La Española) y Cuba (Juana), los pueblos originarios de nuestro continente fueron sometidos, esclavizados y diezmados. La denominada “fiebre del oro”, síntoma de una cultura que transformó ese metal en signo de riqueza, de prestigio, de poder, llevó a que se utilizaran los métodos de explotación más infames. Los Taínos de las Antillas, con quienes los conquistadores establecieron sus primeros contactos, en menos de veinte años, ya habían sido reducidos a la mínima expresión. El cacique taíno Hatuey, sobreviviente de la matanza de Jaragua, en Cuba es considerado el primer rebelde de América. En los territorios de Baracoa, extremo oriental de Cuba, ante las matanzas y persecuciones llevadas adelante por Nicolás de Ovando en La Española, prepara a los indígenas de la zona y organiza la resistencia -según crónicas de Bartolomé de Las Casas- diciendo: (El Oro) “Este es el Dios que los españoles adoran. Por estos pelean y matan; por estos es que nos persiguen y es por ello que tenemos que tirarlos al mar… Nos dicen esos tiranos, que adoran a un Dios de paz e igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos. Ellos nos hablan de un alma inmortal y de sus recompensas y castigos eternos, pero roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas. Incapaces de igualarnos en valor, estos cobardes se cubren con hierro que nuestras armas no pueden romper”.
Tras el inicio de la conquista, apoyados en su superioridad tecnológica, los conquistadores continuaron extendiendo sus dominios sobre las diversas culturas del continente, imponiendosu lengua, su religión, su cultura. Anclados en una concepción de saqueo y explotación de las riquezas, levantaron sus iglesias y palacios sobre los huesos de los vencidos, derribaron sus monumentos y sus templos, quemaron y desaparecieron sus códices, descuartizaron y enviaron a la hoguera a los líderes de la resistencia; transformaron verdaderas obras del arte americano en simples lingotes de oro y plata, borrando siglos acumulados de ese rico patrimonio cultural de la humanidad. Junto al descubrimiento, el encubrimiento, la justificación ideológica, y una historia escrita con la sangre de los pueblos oprimidos, que hizo del color de la piel, un signo cromático de prestigio y des-prestigio. Apoyadas en esta ideología, las élites impusieron una concepción de superioridad del europeo sobre sus hijos nacidos en las colonias americanas, y la de éstos, sobre los indígenas y los negros; haciendo de ésta una suerte de lastre cultural, que aún golpea y se perpetúa en las subjetividades de gran parte de nuestras poblaciones. Desde estas perspectivas, cualquier manifestación cultural asociada a negros e indígenas, fue históricamente despreciada o arrojada al rincón de las “supervivencias” y el folclorismo. Las raíces de estos procesos identitarios las podemos encontrar en el debate entre Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas. En él se da cuenta de ese mundo que justificaba ideológicamente la inferioridad “natural” del indígena. Diez años después de la promulgación de la Bula Sublimis Deus que había restituido al indio su condición humana, en el año 1550, Sepúlveda escribe: “Que cosa pudo suceder a estos bárbaros más convenientes… que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados… “Frente a estas concepciones, el fraile Bartolomé de Las Casas, fiel a sus concepciones cristianas, denunciaba, “…las conquistas pretendieron que los indios fueran incapaces de sacramentos, porque no los querían racionales para Dios, sino solo usar de ellos como de esclavos o animales…” y culminaba afirmando “…todos los hombres son semejantes.” (Vidart, 1994, p.122). Si bien los argumentos de Bartolomé de las Casas, incidieron en el reconocimiento a los pueblos originarios de América, esto no impidió que los negrostraídos del continente africano pudieran ser subastados en los mercados de esclavos. Este estereotipo de origen colonial, marcó a fuego la identidad latinoamericana, dejó huellas profundas, aunque con sutilezas se intenten invisibilizar, suelen aflorar en los conflictos sociales, locales, y regionales de nuestro continente.

Fotografía: Marisa Torrado

El siglo De Las Luces, la Revolución Francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y la caída de los Borbones en España, fueron hechos históricos que marcaron la escalada revolucionaria en América. A fines del siglo XVIII, los revolucionarios haitianos abrirían las puertas a la abolición de la esclavitud, haciendo de Haití la primera República independiente del absolutismo monárquico en América. En los albores del siglo XIX, el ideario artiguista
-expresión radical de la revolución- y el pensamiento bolivariano, sentaban las bases para un proyecto de integración continental independiente de todo poder extranjero. Aunque este proceso, en medio de un cúmulo de intrigas y traiciones, era derrotado y tergiversado por la historia oficial que instrumentaron las oligarquías locales, la orientación integracionista de la revolución latinoamericana quedaría sembrada en la memoria histórica de los pueblos del continente. Cómo producto de la fragmentación social y política de la frustrada Patria Grande latinoamericana surgieron, en relaciones de sometimiento y dependencia, los nuevos estados nacionales americanos. Con sus nuevos mitos de origen, con sus himnos y emblemas, con sus héroes, las políticas de aculturación implementadas por estos nuevos sistemas de dominación neocolonial aplicados en América, no pudieron evitar que las culturas de los pueblos andinos y mesoamericanos, articulen espacios de resistencia, como firmas de mantener vivas sus tradiciones, sus lenguas y con ellas, su conciencia de identidad colectiva. En otras regiones, donde predominaban los cacicazgos y/o tribus nómades, con cosmovisiones muy alejadas del concepto de Estado, la resistencia fue mayor. Ante tal resistencia, en nombre de la cultura dominante, los representantes de los nuevos estados nación, no escatimaron esfuerzos en continuar con sus políticas de colonización, exterminio y blanqueamiento poblacional. Las últimas parcialidades de onas, yaganes, charrúas, entre otros, fueron exterminados, y algunos de sus integrantes desterrados, para ser exhibidos como piezas vivientes de museo en los “zoológicos humanos” de París. Desde entonces, en su estrategia de dominación cultural, con una herramienta poderosa como es la historia, las élites conservadoras, presas de sus intereses y de sus propios prejuicios, pretendieron arrojar la historia de los pueblos originarios al olvido. En los libros de texto poco y nada se ha escrito sobre ellos, y cuando se mencionan, se hace desde un lenguaje que los invisibiliza. Como si no existieran, se los colocó en el bronce de un pasado lejano, reproduciendo,dócilmente, de manera “civilizada”, las categorías culturales marcadas por Europa. En un contexto adverso para los pueblos oprimidos de nuestro continente,de manera sutil y no tan sutil, se proyecta una auto- imagen negativa, que nos ha hecho tomar como modelos ejemplares a los países científica y tecnológicamente más desarrollados. Idealizando estereotipos forjados en Europa, se nos convida a dar la espalda a los pueblos de nuestro continente, a desvalorizar su rico patrimonio artístico y cultural. Los intentos de autoafirmación positiva que han impulsado las élites, han sido construidas sobre un localismo nacionalista y tradicionalista, de corte chauvinista, que tal nos advierte Llambías, esconde el germen de potenciales enfrentamientos fratricidas. (Llambías, 2013). No es casual que se insista en lo que nos diferencia, y dogmáticamente se potencie el enfrentamiento interétnico, racial, de género, religioso, o al interior de las clases populares, se fomente el divisionismo y menosprecio por sus organizaciones y líderes locales.

Fotografía: Marisa Torrado

Como han señalado algunos investigadores, las relaciones entre América y Europa, en parte, han sido resultado de dos concepciones enfrentadas de intercambio. Para el europeo, “… La búsqueda de posibilidades de enriquecimiento por medio de actividades mercantiles motivó a los conquistadores a fijar especial atención en los recursos, los bienes u cualquier acción indígena que pudiera estar orientada en sentido “comercial”,…” para el indígena, el “comercio” era una “…actividad regida por otra dinámica y otras motivaciones distintas a las españolas. El enriquecimiento entendido a la manera europea de la época, no constituía el fin primordial de las transacciones realizadas entre los pueblos indígenas.” (Ibarra, 1999, p12) Según estas consideraciones podemos ver que, a diferencia de lo que ocurría entre los pueblos indígenas, la motivación occidental de intercambio, impregnada de un espíritu egoísta de lucro, propio del mundo mercantil-capitalista, es una traba contradictoria con el necesario espíritu de unidad, de solidaridad, y de respeto por la autodeterminación, que requiere cualquier proyecto de integración entre las naciones. A más de cinco siglos del “descubrimiento”, desde el Sur del río Bravo hasta Tierra del Fuego, las organizaciones de pueblos campesinos e indígenas, continúan luchando por sus legítimos derechos a la tierra y la autodeterminación. Mediante procesos de revitalización y dignificación de sus valores y tradiciones comunitarias, están contribuyendo a enriquecer y fortalecer una forma distinta de entender el intercambio simbólico y cultural entre nuestras naciones. Ya no se concibe el desarrollo como sinónimo de crecimiento económico. En todo caso, la economía debe estar al servicio del “bien vivir” de los pueblos, y no de un grupo de beneficiarios internacionales anónimos. En contextos desfavorables, nuestros pueblos ensayan vías democráticas de liberación. Sobre los principios de la solidaridad, autodeterminación,y respeto por la diversidad cultural, los pueblos originarios del continente van dando muestras de un profundo espíritu transformador. Desde las raíces ancestrales de sus antepasados, con sus saberes y sensibilidad comunitaria, nutren a nuestras comunidades. En medio de grandes dificultades para enfrentar el espíritu conservador y mesiánico, de una época que pretende detener el carro de la historia, los habitantes de este continente,un continentecon 20.000 años de historia propia, con espíritu crítico y autocrítico, habrán de encontrar los caminos que les permitan avanzar hacia la tan anhelada integración Latinoamericana que Artigas, Bolivar y Martí soñaron.

Bibliografia:

  • Vidart, Daniel- Los muertos y sus sombras, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1994.
  • Llambías, Margarita- Educación para la integración, ed.Ciccus, Buenos Aires, 2013
  • Eugenia Ibarra R. – Intercambio, política y sociedad en el siglo XVI. Historia indígena de Panamá, Costa Rica y Nicaragua- CIHAC- Universidad de Costa Rica- 1999

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Nora Castro Navajas

    Grande HORACIO !!!!! ABRAZO !!!!!!

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