Repensar la política y sus lugares

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La esfera de la política para los antiguos atenienses englobaba la totalidad de los asuntos que hacían a la vida en la ciudad. De esta forma, lo “político” abarcaba las múltiples esferas de la vida en sociedad para aquellos que eran considerados ciudadanos: hombres, libres y nacidos en la región del Ática. A partir de la expansión de la economía mercantil burguesa se produjo una progresiva separación entre sociedad civil y sociedad política, entre la esfera de lo “privado” y la esfera de lo “público”, que pasó a convertirse en el espacio donde se desarrollaba la política. Esta última pasó a entenderse como el conjunto de actividades asociadas a la toma de decisiones sobre aquellos temas que hacían a la ciudad o a las unidades políticas constituidas luego de esta etapa, tales como las monarquías en el Antiguo Régimen o las diversas formaciones estatales posteriores. Pero actualmente: ¿dónde se toman las decisiones políticas? ¿qué espacios utilizan individuos y colectivos para incidir en estas decisiones? ¿quiénes se consideran con legitimidad para incidir, quiénes delegan en otros esa función y quienes son directamente excluidos? Desde una perspectiva analítica se trata de preguntas que exigen respuestas dotadas de historicidad en la medida que todo acercamiento está ligado a un tiempo y a un lugar específico. Son preguntas que exigen asumir un campo en disputa, una tensión entre individuos y colectivos por definir y delimitar cuáles son esos lugares, cuáles son las formas legitimadas y quiénes los sujetos habilitados para eso que llamamos “hacer política”. Un campo en disputa también por la intersección entre contradicciones de clase, coloniales y de raza, y también de género.

En tiempos “normales” (asumiendo lo polémica que puede resultar esta adjetivación) la vida política tiende a reproducir sus propios espacios, convoca a los integrantes de la comunidad a participar en ciertos niveles de decisión, pero reserva el protagonismo a élites que se han especializado en decidir sobre los asuntos comunes. En ocasiones construyen éstas un discurso que exalta la virtud de los integrantes de la comunidad y su participación, pero suelen orientar al ciudadano a dedicarse (y realizarse) de manera preferente en la esfera de sus intereses particulares.

Por el contrario, en coyunturas críticas, este panorama suele cambiar. La práctica política no se contiene en los lugares institucionalizados. Los espacios de sociabilidad, de encuentro entre las personas, se ven invadidos por la discusión sobre los temas que hacen a la comunidad, es decir, por los asuntos políticos. Quienes solían dejar las decisiones en manos de otros encuentran lugares para actuar e incidir. A veces incluso, llegan a sentir que están obligados a hacerlo.

La Paz, 2008-2009

A dos años de la llegada del Movimiento al Socialismo al gobierno y mientras se discutía en Bolivia una nueva constitución, el investigador Luis Tapia publicaba un artículo en Cuadernos de Clacso donde discutía el lugar de los movimientos sociales y societales en el entramado complejo y abigarrado de la política boliviana. Según su análisis, la forma moderna de las sociedades occidentales había jerarquizado al Estado (y a su interior, de forma específica, la arena gubernamental) como espacio central de la vida política dejando de lado otros lugares donde los sujetos colectivos forman opinión y se organizan para incidir en la toma de decisiones. En el caso de Bolivia esto implicó, durante décadas, la deslegitimización de un conjunto de movimientos sociales que resultan claves para entender las formas concretas de organización de esa sociedad. Asimismo, el carácter plurinacional del Estado boliviano surgía no solo de la articulación de sujetos sociales, sino también de la disputa por el territorio y por el poder entre diversos movimientos societales, es decir, formaciones sociales diversas (donde la hispano-criolla-occidental representaba sólo una) articuladas de forma conflictiva a lo largo de su historia.

Mi acercamiento a los trabajos de Tapia se produjo mientras culminaba mis estudios de maestría en Ciencia Política, con una currícula exclusivamente articulada en torno al estudio de los partidos políticos y las políticas públicas implementadas por los sujetos gobernantes. Es decir, un plan de estudio que afirmaba la idea de que la toma de decisiones en la esfera de gobierno, y los partidos en tanto articuladores de la opinión pública y la representación, eran lo único que debía ser conocido por el ámbito académico. En ese marco, aportes como el de Tapia, que instaban a explorar otros lugares de la política, daban oxígeno y permitían un diálogo con el campo de estudio de los movimientos sociales, de las tradiciones de acción colectiva y de los estudios subalternos, así como la historia de las múltiples luchas de las clases populares. En algún punto (y pido me disculpen cierta nota autobiográfica) dialogaba mucho mejor con las trayectoria militantes de quienes creemos haber hecho política en múltiples espacios y durante buena parte de nuestra vida, sin haber integrado partido alguno ni ocupado espacios de gobierno.

Montevideo, 200 años atrás…

Las formas de la vida política en Montevideo durante las primeras décadas del siglo XIX han sido estudiadas por la historiografía uruguaya, hasta etapas muy recientes en clave elitista, nacionalista y partidista. Elitista por que ha priorizado a las grandes figuras (varones, blancos y letrados), nacionalista en tanto programa que buscó reconstruir la historia de la nación como destino prefigurado (sea ello en la tradición uruguaya o revisionista-oriental) y partidista, en la medida que buscó en el pasado los orígenes de las formas políticas que triunfaron en el siglo XX, desdeñando otro conjunto de sujetos, modalidades y espacios que si bien no tuvieron continuidad fueron parte esencial de la política de cada momento histórico. Como se ha dicho, conocer el pasado es como viajar a un país extraño, requiere sacarse algunas anteojeras, entender lo distinto y no sólo asimilar lo asimilable a la perspectiva moderna del observador.

La ciudad de Montevideo desarrolló a partir de 1806 una intensa vida política aunque, eso sí, muy distinta a la actual. Se puede pensar que ésta tuvo una dimensión atlántica en tanto la ciudad formaba parte del imperio español, una de las potencias políticas de la época. También tuvo una dimensión rioplatense y americana en la medida que la ciudad se integraba a un esquema de poder que ligaba a diversas ciudades de la región, donde circulaban hombres, ideas, libros, papeles, noticias, rumores, canciones, representaciones teatrales, entre otros. Tuvo también la política una impronta local, que incluía a la ciudad y sus extramuros. Ésta tenía sus espacios de gobierno institucionales (la gobernación, el cuerpo capitular, la burocracia) que solían entrar en litigio por prerrogativas o en la medida que representaban distintas arquitecturas de poder. Las múltiples y sucesivas crisis políticas que atravesó la ciudad hicieron necesario abrir esos espacios, convocar a los notables locales a tomar decisiones que requirieran una mayor legitimidad, implementar formas provisorias de ejercicio del gobierno, entre otras experiencias innovadoras. Al mismo tiempo se generaron lugares de formación de opinión, orientados a incidir sobre la toma de decisiones. En los lugares públicos se ponían pasquines que jugaban con la ironía y criticaban a las autoridades, circulaban hojas sueltas de contenido político, primero manuscritas y luego impresas. Al mismo tiempo los documentos de época remiten a tertulias en casas de la “gente decente” donde se discutía de política, pero también se daban debates espontáneos en las decenas de cafés y en las cientos de pulperías que había en la ciudad. Allí no solo conversaban los sujetos letrados sino que la información circulaba y ganaba el espacio público, la calle. Y ésta última, era de la plebe.

Durante esos años tomó forma una tradición tumultuaria y motinera, que se desarrolló a nivel del “bajo pueblo”, los grupos en armas y que implicó una práctica contestataria que tuvo por objeto poner en discusión y confrontar las decisiones del poder. No siempre expresó las causas que, miradas desde el hoy, nos parecerían “revolucionarias”. Pero hay algunas características que vale la pena destacar (y rescatar): fue radical en sus formas y modalidades de acción, ganó la calle y fue disruptiva del orden, y no fue manipulada por las élites. La plebe montevideana era un sujeto heterogéneo y diverso, altamente politizado y que persiguió intereses propios, y que, por sobre todas las cosas, reconoció aquellos proyectos que la empoderaban. Posiblemente por ello un revolucionario moderado como Nicolás Herrera, escribía en 1815 desde su exilio en Río de Janeiro, alarmado por el hecho de que la revolución había roto las barreras y generado una guerra “entre el pobre y el rico, entre el amo y el Señor, el que manda y el que obedece”.

Montevideo, 2020

¿Cuál es hoy el espacio de lo político en nuestra sociedad? ¿Qué lugares y formas utilizamos para incidir en la toma de decisiones sobre los asuntos comunes? ¿Qué sujetos son considerados legitimos por el actual sistema de poder para hacer oír sus planteos? Esbozaremos algunas reflexiones en una discusión que de ninguna manera pretendemos cerrar con estas líneas.

Los partidos políticos, tal como actualmente los conocemos son una construcción del mundo occidental y bastante reciente. Con mucha generosidad se puede decir que tienen unos 150 años. La organización de las sociedades humanas para incidir en la toma de decisiones, por el contrario, es algo mucho más antiguo. Aplanar bajo un mismo modelo las múltiples formas en que los colectivos humanos se han organizado para hacer valer sus ideas y contestar a quienes ostentan el poder es un error analítico importante. Por otro lado, otorgar a los partidos, desde un plano normativo (del deber ser), el carácter de organizadores únicos y deseables de la opinión y la representación, es bastante arbitrario y limitante de la enorme riqueza de la vida política que se genera en nuestras sociedades.

La incidencia política de los sujetos populares ha estado y está en ganar las calles. Ello resultaba claro a inicios del siglo XIX: mientras los notables formaban opinión en tertulias domésticas los plebeyos se encontraban en la ciudad. Cuando su presencia escapaba de los lugares y los canales establecidos resultaba incómoda, principalmente para los grupos sociales privilegiados, pero también para quienes pretenden disciplinarlos, dirigirlos y emanciparlos. Sólo en el espacio público se construyen nuevas formas de subjetividad política y se da lo que E. P Thompson llamó “experiencia de clase”, es decir, el vivir con los iguales el conflicto y la lucha. Hoy resulta necesario defender el derecho a la protesta y no permitir bajo ninguna circunstancia que se usen con fines de disciplinamiento social, las medidas sanitarias que puede imponer la actual situación.

Las nuevas tecnologías de la comunicación han permitido una rápida circulación de la información y las opiniones. Tienen en ese sentido un enorme potencial para ampliar los espacios de la vida política, para construir nuevas subjetividades, para permitir encuentros que hasta ayer eran impensables. No debemos olvidar, sin embargo, que accedemos a esos espacios de forma desigual; parece innecesario explicar que no intercambian en pie de igualdad a través de una red (por más democrático que sea el acceso) una persona que está sentada frente a su escritorio y otro que trabaja en movimiento, alguien que se encuentra solo y alguien que tiene varias personas a su cuidado, alguien que puede pagar internet y alguien que no. Por otro lado, si bien las redes potencian a los sujetos colectivos y eso es muy bueno, también pueden propiciar prácticas individualistas y cerradas. La tendencia a la generación de un espacio circular (basado en el envío y reenvío constante) de información y opiniones generadas por las mismas personas hacia las mismas personas no construye nueva subjetividad, más bien propone una competencia enunciativa entre los sujetos ya convencidos. Asimismo existe el riesgo de construir prácticas de un elitismo extremo, donde unas opiniones, por su lugar de producción, valen más que otras y donde fenómenos arcaicos (como las listas de notables) resurgen amplificadas. En síntesis, y hasta tanto se demuestre lo contrario, lo más democrático e igualitario sigue siendo la calle y posiblemente una extensa charla mano a mano tenga más potencial transformador que 140 caracteres.


Para ir finalizando un texto que ya viene quedando bastante extenso aprovecho para saludar iniciativas que contribuyen a ampliar el universo y el campo de la política. Colectivos como los que integran el proyecto “Trama al Sur” buscan la generación de prácticas horizontales, apuestan a fundir saberes distintos y a politizar nuestras prácticas culturales y sociales, borrando las artificiosas fronteras nacionales e integrando a nuestros queridos pueblos del sur.

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