Crónicas de la Peste – Entramando artepensamiento (2ª Parte)

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Las paredes de nuestras ciudades (Rivera-Livramento, conurbación fronteriza entre Uruguay y Brasil) carecen de graffitis, stencil, vida, nuestros poetas carecen de imaginación, nuestras artes escénicas distan de ser lo que deberían ser: usinas culturales. A muchos de nuestros vecinos no les interesa la cultura viva y apuestan a los “muertos” (el canon) de siempre, que gozan de buena salud: artistas tropicales, desfiles de caballos, vetustos literarios, cines inexistentes o vodeviles montevideanos en el teatro municipal.

Sería injusto no decir de las excepciones, que las hay, las bandas de rock, los bachilleratos artísticos de enseñanza media, la escuela de artes de primaria, las librerías de Santana, que hacen lo que pueden, sobreviven (pero no por mucho tiempo, ya que se dio la noticia de que el gobierno de Bolsonaro tasará el mercado del libro).

Estos son tiempos raros. Hubo un desplazamiento del mundo “real” y pandémico al mundo virtual (que siempre participo de la realidad, obviamente). Las lives, los en vivo de música, poesía, teatro (sí, ¡teatro!, “Bernarda Alba”, por ejemplo, de Federico García Lorca en una adaptación al celular), danza, conversas variadas sobre variados temas, han suplido la
programación cultural presencial de la frontera. Dentro de esta burbuja de realidad “natural”, donde se ensanchan las saudades de la alteridad, de los demás, esa saudade se ve disminuida, gracias a la tecnología.

Y hablando de “naturalezas”: si algo ha quedado demostrado últimamente en nuestra relación con la naturaleza es que ésta, al final, devuelve todo lo que le damos (si, las pestes, por ejemplo). Durante muchos años, los alemanes occidentales se deshicieron de sus desechos industriales pagando a su vecino comunista por almacenarlos.

Justo ahora, hace un tiempo atrás, con la reunificación, se encontraron esos mismos desechos, tirados de cualquier manera y aguardando los costosos trabajos de descontaminación que en su momento pretendieron evitar.

En el último siglo y medio, la civilización occidental ha vivido el espejismo de una huida hacia delante, en nombre del progreso (la modernidad) y sin mirar lo que dejaba atrás, y ahora, nos encontramos con que el producto que mejor define la cultura de la abundancia (¿primermundista?) es, precisamente, la abundancia, pero de mierda. ¿Mierda? Según se mire,
porque lo que para unos es detritus para otros resulta fuente de subsistencia… o de enriquecimiento y lo que dentro de la cultura del consumo resulta inútil, vuelve a tener una segunda vida allá donde las cosas son mucho más caras.


“El escritor está al acecho” dice en su Abecedario (audiovisual) el filósofo francés de la modernidad tardía, Gilles Deleuze, quien también nos recuerda a Artaud “escribo para los analfabetos”, o para “los idiotas” (Faulkner).

En este sentido sostengo como Deleuze que “el escritor es un devenir”. Y creo que su futuro no está en la escritura sino en la lectura, como afirma el homero Borges ciego y vate (que vaticina), quien carga con una biblioteca milenaria y un canon literario nihilista (y platónico) como un Atlas sobre sus hombros.

Deleuze, nos vuelve a recordar de donde provenimos:
“Hay que estar siempre en el límite que te separa de la animalidad, pero justamente de tal manera que uno ya no quede separado” (…)

O dicho de otra manera, también luminosa:

“Nosotros solo pensamos en la punta (frontera) extrema de nuestro saber en aquel punto (frontera) donde nuestro saber es vecino con nuestra ignorancia” (CONTINUARÁ)

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