EL “PARAISO PERDIDO” URUGUAYO: EL MITO Y LA REALIDAD.

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Hasta no hace mucho en el imaginario colectivo uruguayo parecía existir una era de completa plenitud que se sitúa entre los años finales de la segunda guerra mundial y mediados de la década de 1950.

La mitología sobre esa época generó una persistente nostalgia cuando en las décadas venideras la democracia comenzó a derrumbarse. La aparición del fenómeno inflacionario, la creciente conflictividad social –obrero y estudiantil -, la fragmentación del sistema de partidos, el desprestigio de la clase política y el radicalismo ideológico, generaron la idea de una suerte de “paraíso perdido”

Una de las figuras políticas centrales en este período fue Luis Batlle Berres que asumió la Presidencia de la República en agosto de 1947 tras la muerte del presidente electo Tomás Berreta.

Le tocó en suerte un tiempo de auge económico debido a los altos precios de las exportaciones uruguayas en el tiempo de la posguerra. Pero en este punto hay que hilar fino. Es correcto que la devastación causada por la segunda guerra mundial había dejado muy maltrecha a Europa y los productos que exportaba Uruguay (carne, lana. cueros) eran muy cotizados por las acuciantes necesidades de esos países. Sin embargo, aquella prosperidad se asentaba en cimientos muy frágiles.

Para empezar EE.UU. se había convertido en una potencia a nivel mundial, su territorio no había sufrido ninguna destrucción y su economía estaba en expansión. Durante 1947-1952 estaba en un período de reconversión de las industrias de guerra y aún no se producía el “boom” de consumo, favorecido por un vasto mercado interno, que sería una de las marcas indelebles de su estructura capitalista. Y un detalle significativo: EE.UU no necesitaba de los productos uruguayos. Los podía producir por sí mismo.

Por otro lado, el inicio de la Guerra Fría obligó a EE.UU., ante el peligro de la “expansión comunista”, implementó el Plan Marshall que permitió la recuperación de Europa en un plazo breve. Más temprano que tarde los europeos tampoco necesitarían de los productos uruguayos.

A su vez, existía otro problema de fondo: la economía uruguaya que propiciaba la “industrialización por sustitución de importaciones”, se sustentaba en una estructura burocrático-administrativa creada en los años ’30, que se estaba volviendo cada vez más obsoleta.

Esta política económicamente dirigista requería subsidios, altos aranceles aduaneros y tipos de cambio diferenciales, que se usaban como estímulos y desestímulos, lo que implicaba cerrar la economía nacional al flujo de las corrientes comerciales del resto del mundo. Una economía cerrada en un mundo que se volvía cada vez más abierto y competitivo fue suicida.

El empresariado uruguayo formado durante décadas bajo esta estructura no tenía ningún interés en invertir en nuevas tecnologías y su objetivo principal era lograr que el mismo Estado, a través de regulaciones administrativas, decretos y/o leyes, atendiera sus reclamos particularistas.

En este sentido la omnipotencia del Estado en la vida económica era abrumadora. El Estado no sólo expandió sus funciones empresariales, con la creación y consolidación de las empresas públicas (ANCAP, UTE, OSE, para citar algunos ejemplos notorios) sino que también amplió sus funciones sociales. Esto determinó un importante aumento del gasto público, a la par que crecía el aparato administrativo.

En los 15 años transcurridos entre 1941 y 1955 el número de funcionarios aumentó 195%. El Estado adquirió definitivamente el papel de gran empleador, en parte para cumplir nuevas funciones, especialmente en la enseñanza, la seguridad social y las empresas públicas; en parte como seguro encubierto; y en parte como pagador de favores políticos (“clientelismo”).

Los empleados públicos, que hasta la Gran Depresión penas superaban el 2% de la población, pasaron a representar el 7,2% de los habitantes del país durante los años cincuenta. El escritor Mario Benedetti llegó a decir con ironía que Uruguay era una gran oficina pública convertida en país.

El peso uruguayo, que había estado a la par del dólar hasta fines de la década de 1920, aún era una moneda relativamente fuerte y cuidada, en parte gracias a la captación de capitales durante la guerra, y cotizaba a 1,8.
El nuevo sistema monetario en torno al dólar fue una cuestión de hecho. Al finalizar la guerra, la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, tenía las mayores reservas de oro del mundo. Pero más importante era el poder de la economía estadounidense, que entonces representaba la mitad del PBI mundial, un predominio abrumador. (Aún hoy, tras la gran emersión de Asia y la recuperación europea, Estados Unidos representa entre el 15% y el 25% del PBI mundial).

El sistema dólar-oro finalizó en 1971, cuando, agotado por los déficits presupuestales y la emisión de billetes, el gobierno de Richard Nixon suspendió unilateralmente la convertibilidad en oro y devaluó su moneda. De todos modos todavía hoy, aunque terriblemente disminuido, el dólar continúa siendo la principal moneda de referencia mundial.

A su vez, con el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 provocó en Uruguay una salida de capitales, pese a los controles, mientras que el crédito interno continuó expandiéndose. Entre 1946 y 1949 se acumularon los déficits en la balanza de pagos (diferencia entre ingresos y egresos monetarios, incluyendo no sólo exportaciones e importaciones, sino también servicios como el turismo y transferencias), por lo que se acabaron las grandes reservas que tanto orgullo nacional habían provocado.

Entre los grandes egresos se contaron las compras de servicios públicos (ferrocarriles, tranvías eléctricos, agua potable) a empresas privadas de Gran Bretaña a cambio de una parte de la deuda acumulada de 17,5 millones de libras por abastecimientos proporcionados durante la guerra. Esos servicios fueron estatizados y convertidos en empresas públicas o municipales: AFE, Amdet, OSE.

En los años iniciales de la presidencia de Luis Batlle los salarios eran respetables, la ocupación amplia, las horas de trabajo no excesivas, se crearon nuevas empresas públicas, se extendieron la jubilaciones y se ganó la Copa del Mundo del fútbol de Brasil 1950.

Los críticos de su gobierno señalaban la abundancia de planes aislados e inconexos, el desorden macroeconómico, el desabastecimiento crónico de productos básicos, el proteccionismo timorato, el desestímulo a la producción rural primaria y la apoteosis del burocratismo —y su resultado inevitable: la corrupción.

Pero ante todo Batlle Berres era un hombre práctico, un caudillo carismático con rasgos populistas, aunque con un estricto apego a la ley y al sistema democrático liberal y en el libre juego de los partidos. Él, que llegó a comparar el peronismo con el nazismo y mantuvo relaciones tirantes con la Casa Rosada, se distinguió claramente de otros regímenes populistas, nacionalistas y autoritarios de América Latina
La industria uruguaya, fuertemente protegida y subsidiada, creció a gran ritmo, se concentró básicamente en Montevideo y algunos puntos del litoral, como Paysandú, y apuntó al mercado interno. Pero la intención, nunca lograda, era proyectar la economía nacional hacia los mercados mundiales, con la idea-madre de que ningún producto se exportara sin incorporarle valor agregado nacional.

A las ineficiencias de la producción local se sumó en la década de 1950 el proteccionismo de una Europa ya recuperada, que deprimió la demanda y los precios de los bienes exportados por Uruguay.

Batlle Berres dejó la Presidencia el 1º de marzo de 1951 en manos de uno de los suyos: Andrés Martínez Trueba y retornaría al poder en 1954. Pero una reforma constitucional aprobada en 1952 introdujo el Poder Ejecutivo colegiado de nueve miembros. De todos modos Batlle Berres obtuvo una aplastante victoria en las elecciones de 1954 y asumió el gobierno en 1955, aunque su fuerte personalidad se difuminó en un Consejo Nacional de Gobierno de nueve miembros, que incluía representantes de la oposición
Además, por entonces, la bonanza se había agotado. La población de Montevideo y su área metropolitana, que desde la independencia siempre había sido muy inferior a la del interior del país, pasó de 29,4% del total en 1929 a 50,5% en 1963. En poco más de tres décadas, una enorme masa de migrantes se acomodó como pudo en Montevideo y dio origen a asentamientos miserables, llamados con ironía “cantegriles”, en alusión al exclusivo Cantegril Country Club de Punta del Este.

Los brillos exteriores se asentaban, entonces, en una capacidad exportadora en declive por el estancamiento del agro, un impulso industrial que no se podía sostener en el tiempo, un déficit permanente y un aparato burocrático pesado y caro.

La Guerra de Corea 1950-1953 le dio un respiro a la economía uruguaya pero su fin significó el comienzo de un largo proceso de estancamiento y deterioro, con conflictos de todo tipo, que terminaría, años después, en radicalización y dictadura.

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