Envidia Pura y Dura (Versión 1)

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on email

 La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.

Francisco de Quevedo

Advertencia: Para la escritura de este artículo me valgo de algunos discípulos hegelianos, así como también del propio Hegel. Para este texto no me remito (aunque lxs tengo muy presentes) a los entes de “alegría maliciosa” (en alemán: “schadenfreude”), quienes pululan por varias “burbujas” fronterizas. No pienso darles luz. Carecen. Prefiero que sigan escondidxs en las sombras, para que hagan menos daño. Por lo tanto no tendrán reflectores. Cuando sea el tiempo, habrá de ser tiempo, de la luz. Develar, quitar velos. Descubrir, manifestar lo oculto. Por el bien de nosotros y de muchxs.     

I       

La envidia es una pasión. Nada grande se ha hecho sin pasión, según la expresión de Hegel en la “Enciclopedia de las ciencias del espíritu” (1830), ni podría haber sido hecho sin ella. 

Claro que esta pasión tiene diferentes formas y, aunque no deja de ser una expresión de una determinación sobre la que se deposita todo el interés del individuo o, dicho de otro modo, todo lo que uno es (espíritu, talento, carácter y goce) para la consecución de un fin, esta determinación puede estar ligada no sólo a grandes ideales (la justicia, la bondad y la belleza, por enumerar algo así como la “tríada diurna y biempensante” de la filosofía), sino también a emociones mucho más oscuras vinculadas a lo que podemos llamar “pasiones negativas”. La envidia es una emoción. La envidia desarrolla un torcido placer.

Para conseguir nuestro propósito, a veces cegados por la pasión negativa de la que hablamos, decidimos actuar y actuar activamente con todo nuestro “espíritu, talento, carácter y goce”, contra aquello que nos imposibilita llegar a nuestro fin sin importar los medios. La manida frase: “los medios justifican los fines” es atribuida al filósofo político italiano Nicolás Maquiavelo, aunque en realidad la frase la escribió Napoleón Bonaparte en la última página de su ejemplar del libro El príncipe, precisamente de Maquiavelo. 

Pensamos que esas convenciones morales están hechas para otros, dado nuestro carácter “excepcional” no reconocido “injustamente” por los otros. La vieja autopercepción de lo muy admirables y tan necesarios que somos para la humanidad (la pura y dura egolatría). 

A veces la maldad tiene lo suyo, tiene destellos de genialidad, aunque sea esta una genialidad pulida en un grado de perfección tal, que sólo puede provocarnos el horror. La pregunta es, qué sucede cuando se emplean con todo el empeño el espíritu, el talento, el carácter y el goce al mal ajeno.

“Si son pasiones negativas no se debe a que son privativas –no hacemos el bien por ignorancia– o a que sean defectivas –somos injustos por un concepto erróneo de lo que es correcto–, sino porque son positivamente negativas: para conseguir un propósito decidimos actuar activamente.” (Hegel)

II

Entre estas pasiones una de las más terribles es la envidia alimentada por las llamas incombustibles del deseo que hace que se ansíe lo que el otro posee hasta extremos tales que no sólo se trata de tener lo que el otro tiene, sino que produce el intento de destrucción o de perjuicio hacia quien se dirige la envidia, como si el envidiado no mereciera lo que el envidioso debiera poseer, y consume además al que la padece. Hegel diría, que lo que condiciona la pasión no es el objeto en sí mismo, sino la forma con la que el sujeto se relaciona con él.

Como en todo, hay grados de envidia y este grado depende de la forma de esta relación. El yo del envidioso se sitúa por encima del de los demás, a los que infravalora. No es nada extraño por lo tanto, que el que está hinchado de envidia (como aquellos sapos que se inflan como un globo, para exhibirse muy orondos, en el cortejo a sus “sapas”) y haciendo notar su valía despreciando lo que el otro es, tiene, hace o ha conseguido. Le caracteriza, además, un afán de reconocimiento desmedido.

La envidia, ya lo dijo Aristóteles, es una emoción característica de personas de “alma pequeña”, amantes de la fama y de los honores (“Retórica”). El envidioso es, por ello, un ser insatisfecho, incapaz de ver y reconocer lo que en verdad tiene, siempre pendiente del otro que “ocupa” su lugar. Es, por ello, un resentido. Mira lo que hacen los demás, de ahí, por cierto, el origen etimológico de la palabra envidia (invidio), que contiene la idea de mirar (videre) hacia los otros con malos ojos. Así hacían los dioses del Olimpo griego: vivían su vida envidiando, mirando, a los hombres.

Señala Sócrates en el “Filebo” de Platón, que el envidioso, siente una mezcla de dolor y placer ante lo que ve, es un ignorante porque vive bajo el engaño de no saber apreciar sus propias capacidades. Sin embargo, lo que no sabe apreciar el envidioso es la valía de los demás, a los que desprecia y desmerece, al creerse mejor que ellos: 

“Creyendo que son sobresalientes en virtud, dice Sócrates, aunque no lo son (…), no es acerca de la sabiduría donde la mayoría, pretendiendo poseerla por completo, está llena de rivalidades y de una falsa apariencia de sabiduría”. “La envidia es desear no lo que el otro tiene, sino ocupar su lugar que en justicia le corresponde más que al otro.”

Sobre grandes pasiones se han escrito grandes obras. Desde Homero hasta Shakespeare. Pero de la envidia, como tal, nunca fue el tema central de las emociones trágicas. Uno de los pocos dramaturgos que han escrito sobre la envidia y los celos ha sido el bardo inglés, en su Otelo. 

En todas estas pasiones hay algo de honorable, de lo que carece la envidia, que nada sabe de honor sino de resentimiento. Por eso no hay grandes hazañas que puedan contarse a partir de ella ni nada que sea digno de encomio. Si los poemas épicos fijan en la memoria aquello que no debe ser olvidado y las tragedias transmiten una enseñanza moral, de la envidia no hay nada que recordar ni ninguna lección que aprender. 

III

Pero lo más “loco de especial” se da cuando el envidiado fracasa. Un sentimiento para el que los alemanes han acuñado un término que ya ha sido adoptado también en otras lenguas: “Schadenfreude” (alegría maliciosa). 

Eso quedó patente en el trabajo de un grupo de psicólogos israelíes que obtuvieron imágenes de resonancia magnética funcional del cerebro de personas voluntarias mientras realizaban un juego interactivo de azar. Lo que observaron fue que algunos jugadores incluso cuando perdían dinero estaban contentos y mostraban “schadenfreude” si el otro jugador, el rival, perdía todavía más. Algunos de ellos incluso cuando iban ganando expresaron envidia si el otro ganaba todavía más. Esa envidia tuvo un claro reflejo en la activación que mostraron durante el juego las imágenes obtenidas en el estriado ventral, una parte del cerebro relacionada con la recompensa y el placer. Fue así hasta el punto de que sentir que el otro perdía más que uno mismo activaba esa parte tanto como cuando el propio sujeto ganaba. La derrota del rival, entonces, puede alegrar tanto o más que la propia victoria, que el propio éxito.

La “Schadenfreude” se acrecienta en el envidioso agorero que acierta en su pronóstico sobre el próximo o futuro fracaso del envidiado y lo ve como una reivindicación personal de su posición. Se corresponde a la máxima: “cuanto peor para él, mejor para mí”. 

La “Schadenfreude” es también una de las mayores fuentes de hipocresía, aunque estás contento en tu interior, te muestras falsx y aparentemente preocupado. Así, podremos escuchar en plena calle Sarandí, en una noche de sábado (de los de antes, pre-pandemia), majestuosos decires: “Tan bonita, lastima que no adelgaza” o “ai, que nojo, ele se aya, se sibindo com esa muie pirua, y pra mejor, dis, que eya es feminista, desas que naum se comportaum, nem nas casa!      

Compartir:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram
Share on email
Email

Deja un comentario