Educación: ¿Para todos o para algunos?

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Académicos de todas las tendencias y nacionalidades acuerdan en la centralidad de la educación para poder enfrentar los desafíos del siglo XXI. Al acelerado desarrollo científico tecnológico que viene experimentando la humanidad desde las últimas décadas del siglo pasado se une la imperiosa necesidad de comprender el mundo que nos rodea y poder interactuar en él junto a otros reconociendo la diversidad de lo y los humanos. Las tensiones y debates sobre qué, para quienes, cómo, desde qué lugar y junto a quienes son preguntas que una y otro vez resuenan en nuestras mentes como ciudadanos, padres, madres, educadores y por supuesto en los propios sujetos de la educación: los jóvenes estudiantes. No existe respuestas únicas ni globales sino una multitud de opciones que reconozca las necesidades de todos y de cada persona en su particularidad única e irrepetible. La revolución tecnológica continua, en la cual la humanidad está inmersa, entraña un doble aspecto. Las maquinas no solo sustituyen al músculo sino que hoy sustituye al cerebro. Cada día deciden por sí el qué hacer. Vivimos la época de la revolución digital donde los sonidos, las imágenes y el texto (la escritura) antes expresados de manera independiente hoy pueden expresarse a través de un mismo dispositivo digital. El mundo está más interconectado y las comunicaciones se realizan en tiempo real. La escala es planetaria ya no se piensa más en término de país o región. Los problemas y sus soluciones hoy debemos analizarlos de manera global. El ejemplo más acuciante es la pandemia del COVID 19 cuyos primeros casos aparecieron en una zona desconocida para buena parte del mundo en China y a las pocas semanas se ubicaba por todo el mundo. Estos cambios conllevan al agotamiento de paradigmas políticos que marcaron al siglo XX, y la incertidumbre se adueño del razonamiento humano. Cada día se nos torna más difícil pensar en el futuro porque no podemos resolver el presente. En una magistral conferencia en la Universidad de la República en el año 1999 Luís Pérez Aguirre (SJ)1 manifestó “Debemos comprender que el futuro no brota del presente sino al revés, es el presente lo que brota del futuro. Y la utopía-esperanza es un componente básico de nuestra existencia humana” (1999:15). Pensar el mundo de incertidumbres planetarias no debe hacernos olvidar realidades que se mantienen y es obligación no ser indiferente ni negador. Cientos de millones de hombres y mujeres son excluidos del progreso y el bienestar. Cientos de millones de niños y adolescentes no se levantan pensando en su próxima clase virtual ni con quien interactuar por Facebook ni cual fotografía subir al Instagram, sino si tendrá algo para comer ese día. La Educación tiene el gran desafío de cómo y para qué educar pero la humanidad tiene uno mayor generar que todo niño, joven y adulto tenga las condiciones mínimas para poder ser parte del proceso de enseñanza aprendizaje. Bastaría con fabricar menos armas y disminuir el consumo superfluo para que el mundo comience a ser otro y muchos “otros” podrían integrarse y ser parte del “nosotros”. En un informe del PNUD se estima que el gasto anual de cosméticos en Estados Unidos supera al gasto total para el mundo en educación básica. Pero las necesidades no son solo económicas sino que hay un reclamo universal de construir una nueva ética de valores que tenga al paradigma de los Derechos Humanos como garantía de vida y convivencia social. Las luchas sociales a lo largo de los últimos decenios del siglo XX y del presente siglo XXI vienen del reclamo de nuevos actores sociales no reconocidos en derechos durante milenios, como las mujeres, las minorías sexuales, los pueblos originarios de nuestro continente, los descendientes de los esclavos secuestrados en África durante la colonización hispano portuguesa en el sur y británica en el norte que la cultura dominante los estigmatizo hasta el presente, o las personas que se los oculta como los con alguna discapacidad intelectual o motriz o los ancianos que se les encierra en el olvido. Sumamos al reclamo creciente del cuidado del medio ambiente y con ello la posibilidad de una mejor salud para todos. Retomamos las palabras de Pérez Aguirre (SJ) (…) “sigue en pie más que nunca la utopía de inventar y gestar una sociedad que sea incluyente de todos y no excluyente de las mayorías. Una sociedad no basada en la apropiación privada e individualista sino en la solidaridad” (1999:20). La educación sin exclusiones cumple un papel fundamental en achicar las grietas de una sociedad dividida. La clave de una educación sin exclusiones está dada en la respuesta que cada uno demos a la pregunta ‘desde dónde educar’, y qué lugar elijo para mirar el mundo o la realidad para interpretar la historia y para ubicar mi práctica educativa y transformadora. El pedagogo brasileño Paulo Freire, tan vigente hoy como cuando desarrolló su intensa labor en la década de los ’60 del siglo pasado, gustaba decir “nadie se educa solo”, y aún más, “nadie educa a nadie”, “los seres humanos se educan en comunión”. A su vez reafirmaba (…) “para educar en derechos será obligatorio adoptar el lugar social de las víctimas”. Ello implica apelar a la afectividad y empatía con el “otro”. Una de las virtudes necesarias del educador democrático es saber escuchar, y el desafío es escuchar al que piensa diferente, al que vive y actúa con una lógica no dominante sino marginal y básicamente oprimida. Aprendemos más de los piensan diferente de los que piensan similar a uno. Los que no escuchan terminan gritando y violentando para imponer sus ideas. Escuchamos cada día con mayor frecuencia frases como “no vengo a debatir”, “no me interesa tu opinión”, “se hace lo que yo diga”, “cambiaron las autoridades, hay que obedecer”. Ideas cargadas de ideología y simbolismo autoritario que solo construye un mundo de forzado silencio sin cambios ni libertad. La educación, sostiene la Declaración de la 44ª reunión de la Conferencia Internacional de Educación (Ginebra: 1994)   “ha de fomentar la capacidad de apreciar el valor de la libertad y las aptitudes que permitan responder a sus retos. Ello supone que se prepare a los ciudadanos para que sepan manejar situaciones difíciles e inciertas, prepararlos para la autonomía y la responsabilidad individuales. Esta última ha de estar ligada al reconocimiento del valor del compromiso cívico de la asociación con los demás para resolver los problemas y trabajar por una comunidad justa, pacífica y democrática”. 

El 2020 “Año de la Pandemia” no finalizó, continúa en el 2021 y no sabemos cómo ni cuándo finalizará. Uruguay sigue en la nebulosa en relación a la distribución de alguna de las vacunas  que se están aplicando en el mundo, con miles de familias sin trabajo como efecto colateral y un miedo colectivo que intenta alejar a la gente unos de otros. El 1º de marzo está establecido por las autoridades de gobierno el comienzo del año lectivo. El derecho a la educación está consagrado pero su acceso, permanencia y calidad para todos es un debe, y una incertidumbre más de cuándo estará en la agenda pública con voluntad y presupuesto para llevarlo a cabo.  

A comienzo de siglo XXI se consensuó la llamada Declaración de México sobre educación en Derechos Humanos y de ella surgió un Programa de Acción (2001) que mantiene su plena vigencia y colabora para la reflexión colectiva “La educación en derechos humanos debe ser un proceso de enseñanza-aprendizaje, que transforme la vida de las personas e integre lo individual con lo comunitario, lo intelectual con lo afectivo. Debe relacionar la teoría con la práctica y éstas a su vez con la realidad de nuestros países, señalando los obstáculos que impiden o postergan el goce de los derechos”. 

Los desafíos en educación para el año 21 del siglo 21 son enormes, sería deseable que las respuestas provinieran de todos los confines del país y de toda la sociedad organizada junto a las autoridades democráticamente electas. Los problemas grandes necesitan de grandes aportes que solo podrán venir de todos. 

1 Luis Pérez Aguirre, Educación y Derechos Humanos ante los desafíos del siglo XXI, Montevideo, 25 de octubre 1999 Sala Maggiolo Universidad de la República, Montevideo

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