Seis cuerdas para Amalia de la Vega

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[1ª]

El aroma a azahares de los naranjos de las plazas se deslizaba con la brisa… La noche estival del nordeste uruguayo corría su tiempo y daba paso a la madrugada y al descanso de los pobladores de Melo. 

Contrariamente, sobre las 2:00 horas, Emma Enriqueta Fernández (oriunda de Maldonado) era asistida en su séptimo parto. Al padre de la prole, Luis Segundo Martínez (argentino, de Corrientes), lo había conocido en Montevideo. La ciudad de Melo fue el lugar que albergó a la familia. Luis Segundo era militar, con grado de coronel, y fue destacado al departamento de Cerro Largo.

Emma, con treinta y nueve años, dio a luz una criatura que pobló con su llanto la noche norteña. La bebé llegó al mundo aquel verano, el 19 de enero de 1919. A escasos días, su nombre sería registrado ante el Oficial del Estado Civil: quedó asentado el nacimiento y el nombre de la recién llegada como María Celia Martínez Fernández. Esa pequeña, portadora del lloro que se trocaría en canto, sería la gran Amalia de la Vega… 

[2ª]

Amalia de la Vega (1919-2000) ha sido considerada la principal cantante femenina de la música popular de la región platense. Una voz sin igual por su excelencia y belleza. Con sus canciones criollas, generalmente acompañada por guitarras, cautivó fonoplateas radiales, teatros, fiestas tradicionales y a cada hogar donde se la escuchara por radio o hubiera alguno de sus tantos discos. 

Lo más contradictorio y llamativo cuando se tiene acercamiento a su obra, aspecto que resulta curioso y sorprendente, es que no tuviera estudios de canto. Cuesta creer que no asistiera jamás a formarse y que fuese autodidacta. Ella misma, con total sencillez, lo explicaba:

“No tuve estudio ninguno, ni de canto ni de impostación, ni de nada de eso. Era una cosa que yo sentía, cantaba, me gustaba, la hacía a mi modo, y es así nomás… muy sencillo…” (1999, TV Ciudad). “El canto fue siempre para mí algo natural, espontáneo, más allá de todo tecnicismo; podría decir que surgió lisito como agua de laguna…” (1995, El País).

Desde el ámbito familiar, además de escuchar a su madre cantar canciones camperas, tuvo especial incidencia un hermano, que no solo contribuía al desarrollo artístico, sino que, de paso, apañaba inhibiciones psíquicas.

“Mí hermano mayor –relataba Amalia- que era médico, tocaba la guitarra y cantaba para ruedas de amigos. Ese es mi único antecedente musical. Generalmente me llamaba para que cantara con él, pero yo solamente accedía si me permitía hacerlo desde detrás de una puerta, aunque no hubiera nadie delante. Tenía una timidez enfermiza. Siempre lo hice para mí misma. Me encerraba en un cuarto o me iba bien lejos, donde nadie pudiera escucharme y cantaba. Después empecé a hacerlo en beneficios, en kermeses, en fiestas familiares…” (1998, Búsqueda).

[3ª]

En 1942 debutó en Radio El Espectador de Montevideo, vinculada por un ilustre primo, el escritor y crítico Carlos Martínez Moreno, amigo de gente de la emisora. Más allá de la solvencia interpretativa, Amalia “tenía dos aspiraciones: cantar para la gente y que ésta no me viera” (1998, Búsqueda). Allí, por su reticencia y reserva, más la orientación de uno de los fundadores de ese medio, nada menos que el multifacético Víctor Soliño, pasó de ser la recatada María Celia Martínez a admirable Amalia de la Vega. Inicialmente hizo una prueba; enseguida vino el contrato: “Ese fue mi primer trabajo profesional –recordaba-: me pagaron cincuenta pesos. Quedé encantada porque estaba segura de que más de quince no me iban a dar…” (1998, Búsqueda).

Al año siguiente vino la contratación en la prestigiosísima Radio El Mundo de Buenos Aires y a partir de entonces una trayectoria en ascenso: más emisiones radiales, discos, giras y presentaciones en público (no tuvo alternativa de ceder a las mismas dado su éxito fulgurante).

Este período, desde 1942, duró hasta 1965, con algunas intermitencias. A posteriori, por su timidez y retracción social, por su abnegada vida familiar, el absoluto desinterés en el mundo del espectáculo, más el aborrecimiento de todo divismo, se alejó del ambiente artístico. Hizo una reentré en 1974 hasta 1982, cuando grabó varios discos y participó en puntuales actuaciones. De allí en más se recluyó en su casa, manteniendo contacto solo con familiares y amigos, abocada a la vida hogareña. Como ella misma decía, no cantaba “ni siquiera en la ducha”. 

Bien puede decirse que María Celia Martínez nació en 1919 y falleció en el 2000, pero que Amalia de la Vega lo hizo en 1942 y en 1982, respectivamente. 

 [4ª]

Ahora bien. ¿Qué cantaba Amalia de la Vega? Panorámicamente y de forma general, en su repertorio identificamos diversas líneas: 

a) Folklorismo rural uruguayo, que incluye: composiciones de proyección folklórica de su autoría; obras de otros compositores y letristas; y temas recopilados del sustrato folklórico de autor anónimo o desconocido. 

b) Folklorismo argentino: obras clásicas de ese cancionero; temas no tan conocidos que alcanzan la primera versión en su voz u otras canciones no tan populares; y obras de compositores, letristas e intérpretes nuevos o más jóvenes. 

c) Nacionalismo musical uruguayo: obras de compositores incluidos en esa línea de la música académica; composiciones de Walter Alfaro (no incluido en la nómina canónica del nacionalismo pero que estilísticamente se amalgama a este movimiento); y temas de proyección folklórica que por estar ambientados orquestalmente se asimilan a esa corriente. 

d) Cancionero regional: varios temas de la llamada “música típica” chilena y uno brasileño. 

f) Línea experimental: por la utilización de géneros que no parecen propios de una intérprete de raíz folklórica y por aquellas obras en las que la cantante se arriesga compositivamente. 

En varias de estas líneas (a, b, d, f), de manera transversal, apeló a incorporar (en importante cantidad) obras de poetas, letristas y compositoras mujeres, elemento diferencial respecto a sus colegas del canto.  

Amalia no tuvo nunca representante, ni productor ni permitió –aunque lo intentaron- que le modificaran el repertorio. La elección de los temas y la última palabra era la suya:

“…hice las cosas a mi manera. No me fue impuesto nada. No tenía interés en hacer un tema que no sintiera. Si me proponían algo que no me gustara, no lo hacía […] siempre maticé mucho con temas de argentinos y también de chilenos. Hay que ampliar el repertorio. Conviene tener otros ritmos, aunque siempre con lo nuestro por delante. Eso era intocable…” (1999, El País). “Una persona que me merecía toda la confianza, que era un hermano mío, el mayor, una vez me dijo: ‘No le hagas caso a nadie. Cantá como tu querés y como lo sentís’…” (1996, CX 38).

Grabó más de veinte discos solistas, sin contabilizar reediciones ni fonogramas colectivos en los que sus obras fueron incluidas. Según nuestros registros editó 23 trabajos solistas, participó en uno colectivo con tres temas y en otro como parte de un ensamble grupal en una canción. En definitiva, su voz estuvo presente en 25 discos, en 139 canciones a nivel profesional y comercial.

[5ª]

Más allá de lo gustativo o no para con esta cantante, aun entendiendo su aporte y captando la significancia de su labor, hay un núcleo en ella que se debe comprender: es el no lugar. Ese plano donde se ubicaba y se escapaba. Se la quiso embanderar, por ejemplo, con el tradicionalismo: por más que frecuentó sociedades nativistas, no se prestó al espectáculo ni al histrionismo gauchista ni al patrioterismo; no actuó más que donde consideraba, no iba a todos los sitios por más tradición que se transpirara; no se disfrazó de “china” o se travistió en gaucho. Tampoco fue chauvinista: absorbió el repertorio regional a su modo y con excelencia. Cuando refería a “lo nuestro” jamás lo vinculó a una manipulación populista ni a una mitologización tilinga de las vidas de la pradera; con diafanidad, lo nuestro era lo simple, lo vivido o valorable que podía ser cantado como goce estético. 

Otro intento fue asimilarla políticamente a sectores militares; tendencias ideológicamente opuestas le buscaron el nexo. Más allá de una inscripción discográfica (viabilizada empresarialmente y promovida por la política cultural dictatorial, no por la artista), no participó de la parafernalia espectacular que el régimen de facto propició en 1975 para el Año de la Orientalidad. 

Intentaron revestirla para exhibir un producto y moverle el repertorio; no lograron nada, se mantuvo incólume, a consecuencia de sus perjuicios y de los prejuicios. Se la consideraba una exponente purista de las formas musicales tradicionales, pero incursionó novedosamente en otras sonoridades antes que colegas mucho más jóvenes. 

Le dieron consejitos performáticos para agradar al público, y si por educación los consideró, desestimó su efecto. Se le buscó la simpatía política partidaria, y se contuvo en reserva. No cumplió con el mandato social para la mujer de entonces (casamiento e hijos); sin embargo, siendo sí misma, honró su lugar de mujer cabal y feministamente. 

Era de Melo, pero residió allí escasamente; vivía en Montevideo, pero no pertenecía del todo a él. Hasta se la pensó muerta y estaba viva. Trascendió como Amalia de la Vega, pero se llamaba María Celia Martínez. 

Como en permanente línea de fuga de cualquier ubicuidad que un otro intentase mediante asignaciones proyectadas, ella se salía, desde su opinión o desde su praxis vital, artística o ética.

[6ª]

Amalia, por sobre todo: decidió a conciencia y con claridad elocuente qué, cómo, cuándo y dónde cantar, teniendo como base un porqué. Ni caprichos, ni intransigencia o apego ideológico; pura convicción. Si fue imperturbable fue para hacer de su arte ejercicio de la excelencia estética; no amparó su canto –como muchos– en ningún elemento paramusical para legitimarse ni validarlo. Fue pura ética, primero consigo misma. Su “activismo” parece más “rockero” que “folklorista”. Su postura fue anárquica ante las imposiciones. 

Resulta poco creíble que esta cantante, aun consiguiendo el máximo sitial que una artista pueda lograr (la veneración del público y el respeto absoluto de sus colegas), haya sufrido el olvido, la desidia y el ostracismo. 

Asimismo, el gran homenaje sobrevino; tarde, pero llegó: fue en el año de su centenario para el Día del Patrimonio en Uruguay. Se dio cumplimiento a la conmemoración. Se visitó su obra por parte de artistas, particulares e instituciones, más no sea fugazmente. Por allí quedaron las cosas… 

Creemos –y de seguro también quienes aportaron la idea para la celebración antedicha- que el legado de Amalia admite mucho trabajo y múltiples análisis. 

Por tanto, abogamos a eso con un libro que editamos en 2019 (“Te escuchamos con halago: Amalia de la Vega y sus canciones criollas”), para que su obra no quede capturada en estereotipos o aquejada por el pasatista fervor conmemorativo. 

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Jorge de Santa Ana

    Estupendo trabajo.
    Estupenda Mujer María Celia!
    Estupenda cantante Amalia.
    La escuché siempre!
    No sabía todo esto de su vida.
    Muchas gracias Vamos!
    Un abrazo!

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