Incurables

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Hay que empezar diciendo que uno ha recibido una instrucción católica, aunque en mi casa no eran religiosos, ¡gracias a Dios! Quizá por eso, por ese contacto tan temprano y asiduo, digamos, tengo una cierta desconfianza por curas, monjas y beatos en general. No se trata de negar las vidas ejemplares de algunos de ellos, que las hay… (De hecho, andando los caminos uno ha tenido la suerte de conocer personas dedicadas a servir a los demás, para quienes las sagradas escrituras y la fe son medios y herramientas destinados a mejorar el paso por la vida de tantos semejantes desfavorecidos. Pero en mi impresión son una pasmosa minoría.)

El pueblito en el que crecí, aunque pequeño —o quizá por eso mismo—, tiene lo suyo en cuanto a personajes, y en el rubro sacerdotal creo que ha hecho méritos para ganarse algún tipo de palma o cucarda. Menciono algunos. 

Cuando yo era chico, había un curita muy, muy viejo, que daba misa con tal temblequeo en el cuerpo y la voz, capaz de conseguir una contrición en los fieles imposible de lograr por otra vía. Tal vez esperaban que estirara la pata en alguno de esos servicios y esto ya los ponía en penitencia desde el principio. Fui monaguillo en algunos oficios de ese santo varón, junto con otro compañerito sabandija que se solazaba corriéndole el chorrito de agua —a propósito del tembleque— que le vertía con una jarrita cuando el cura debía lavarse las manos, o más bien los dedos, antes de tomar la comunión. Lo que he sufrido en esos trances tratando de contener la risa…

Después recuerdo otro que hablaba escupiendo. Era tan irascible que terminaba sus sermones siempre en tono amonestador, desencajado, con el rostro rojo y transpirado y los pelos pocos pero volados. Curiosamente, la feligresía se mostraba complacida ante sus reprimendas y aclamaba cada recurso que el cura se animara a sumar domingo a domingo en ese sentido, rozando a veces lo procaz o amenazando seriamente el secreto de confesión. Otro padrecito, más tranquilo pero más tristemente célebre, tuvo la horrible desgracia de atropellar a un niño en la ruta cuando iba manejando su coche hacia un pueblo vecino para dar misa, y no se detuvo a asistirlo… 

En fin, que en esta parte de su viña, donde los racimos debieran ser de una misma cepa o similar, parece que el Señor se esforzó en mostrar una variedad de tipos un tanto desconcertante. 

Antes del conductor homicida, creo que incluso antes del buchón irascible, y por un breve tiempo, anduvo también en nuestra sufrida y beata población un joven español, rubio y pintón, del tipo vital y enérgico. Recién llegado, nos juntó a los pibes que éramos habitués de la canchita de futbol de la iglesia para anoticiarnos de que le encantaba el “juego del balompié” y que iba a formar parte del picado cada vez que sus tareas se lo permitieran. Decía haber jugado en las inferiores del “Real Madriz” y nos hacía entrenar descalzos para fortalecer los pies al pegarle a la pelota así nomas, a pata limpia. El tipo le daba duro y no escatimaba fuerza contra nosotros. Era leal, pero como si jugara con sus pares y no con pibes de 10 años. Duró en nuestra parroquia lo que un pedo en una canasta: a los dos o tres meses no lo vimos más. Esa, su chifladura con el fútbol (ningún otro cura ni antes ni después, dio entre nosotros el menor indicio de saber qué hacer con la pelota), nos dejó un recuerdo imborrable. A la distancia no puedo menos que evocarlo con cierto cariño, justamente por su especial y rayado temperamento. Y cada vez que leo algo sobre los jesuitas —aún sin que éste lo fuera—, cada vez que se repasa la temeraria empresa de la orden de Loyola en nuestra América, también por eso, de una disciplina y rigor impresionantes, me sobrevuela el recuerdo de la “saeta rubia” que jugaba como uno más entre nosotros, nos cagaba a pelotazos y —por si fuera poco— se autofestejaba los goles cual si estuviera en un estadio y un partido de verdad.

Pero de todo este desfile de sotanas, el cura que en la evocación me provoca la mayor simpatía, y que dejó una huella imborrable en el pueblo, es el que conocimos bajo el nombre de Bernardino. Fue quien me bautizó; por ahí anda todavía la foto, todos con cara más bien grave menos yo, que berreo como un cordero en el matadero. Era un “gallego” que se había propuesto convertir o hacer volver a la fe cristiana a mi abuelo materno. Éste, por su parte, era un “tano” señalado y segregado en el lugar, por comunista, que creía a rajatabla en lo que la prensa soviética decía de Stalin en tiempos estalinistas (tenía un radio que capturaba con onda corta trasmisiones del otro lado del muro y en español), y luego se negó a creer lo que sus sucesores dijeron de su colosal héroe soviético.

Eso de la “conversión” se lo escuché alguna vez a uno de mis tíos, pero pensándolo un poco más y por otras actitudes del religioso, vinculadas con sus compatriotas republicanos, tal vez fuera que las satánicas ideas zurdas no le caían tan mal y además le venían de perlas como tema de conversación cada vez que se apersonaba por la casa de don Pancoto, a tomar el “vinagrillo” casero que el viejo elaboraba cada año. 

Hasta ahí, todo bien. Pero esperen que todavía mejora… Este varón, el padre Bernardino, comenzó a dar muestras públicas, de que el cuerpo se le defendía del régimen de abstinencia que se había obligado a cumplir al hacer sus votos, pero, de tan buena suerte que su espíritu no estaba tan corrompido como para atizarle a los niños, sino que se solazaba espiando a las chicas de la academia de danzas, cuando ensayaban en los salones de la iglesia en horario de tarde, dos veces por semana, o en la antesala de las peñas realizadas en el playón del predio de la iglesia, los sábados por la noche. Eso fue el comienzo según mi recuerdo infantil. Luego, ya de adolescente, pudimos frecuentar junto a compañeros y amigos el boliche bailable y whiskería que el “padre” puso en una ciudad cercana, a unos treinta kilómetros del pueblo. Lo que explicó para nosotros  la “pasión” y el entusiasmo que el cura había puesto en organizar tantas peñas y bailongos en el pasado inmediato.

La aventura se terminó pronto para él y para todos nosotros. En el pueblo quedó una mar de rumores. Que había sido exonerado por el escándalo, y semejante afrenta fue la versión más difundida durante un tiempo. Pero a los dos o tres años apareció fugazmente con una sotana de otro color… Los corrillos entonces dijeron que había cambiado de orden, o que era el hábito del que cumple una penitencia… Versiones por el estilo que se fueron enfriando en la memoria colectiva del pueblo, hasta que reapareció en forma triunfal gracias a la televisión. También esta etapa fue efímera, pero reveló el laburo que el tipo había venido haciendo mientras muchos lo creyeron retirado, allá por los barrios humildes y asentamientos de La Matanza, donde en principio llegó como “castigado” y luego resultó ser una zona más bajo la influencia de su inagotable carisma. Ahí se hacía llamar Padre David y había devenido por gracia de Nuestro Señor y del Espíritu Santo “cura sanador”. Como cada cosa que es “suceso” anduvo lógicamente desfilando por los programas de televisión y hasta en el de la diva de amianto llamada Susana, se apareció una vez con una sedosa camisa blanca y un saco color salmón, con ese acento castizo tan entrador, haciendo sugestivas declaraciones sobre el poder curativo de la fe.

El padre Bernardino o David, inolvidable personaje, ya ha entregado el equipo y esperamos que esté en la gloria. Cuando empezaba este siglo le dedicamos un aire medio guajiro llamado “Mens sana” en alusión a la leyenda que dejó pintada en el muro externo del templo, el mismo que daba al playón y a la canchita de futbol y contra el que se montaba el escenario de las peñas. 

Recientemente, cuando empezó la pandemia, un digno sucesor de su prédica cobró notoriedad periodística gracias a la violación de la cuarentena, decretada entonces, en toda la extensión del país. Se trató de otro curita joven del pueblo, de hábitos, si no levantiscos al menos levadizos, proveniente de una orden local y bastante más opaca, que se hallaba en su auto —estacionado al borde de la ruta— consolando a una feligresa muy angustiada por la soledad y el encierro. 

Los malpensados no tenemos cura, algunos curas tampoco…

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