Las mujeres migrantes

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Pareciera que la historia se mueve en círculos, hace más de cien años se declaró el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en el marco de la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunidas en Copenhague. Se lo debemos a Clara Zeltkin y a otras activistas que, en plena efervescencia de las luchas por la justicia social, reconocieron el aporte de miles de obreras que tanto en Estados Unidos como en Europa se levantaron contra la impunidad, el despojo, la explotación y el abuso.

Muchas de estas valientes mujeres eran migrantes que habían llegado a “tierras americanas” huyendo del hambre, con apenas unos sueños y unas pocas monedas en la maleta.  Cientos de miles se sumaron a la mano de obra que requerían las fábricas en pleno desarrollo industrial. Y muchas otras, a los más diversos oficios que han sido reservados a las mujeres en el sistema patriarcal. Muchas murieron en locales precarios, en condiciones laborales infames, o sobrevivían en un mundo extraño y hostil.

Más de cien años después, las mujeres migrantes; esta vez del sur, de Centroamérica y Latinoamérica, se suman a la fuerza laboral que necesita el norte, sea en Estados Unidos o en Europa. De nuevo, como en el siglo diecinueve e inicios del veinte, están expuestas a los abusos, la explotación y la impunidad. Pero también, como entonces, muchas están sumándose a las luchas por los derechos de las mujeres y de las/los migrantes.

Las mujeres migrantes están alzando su voz para protestar por las condiciones miserables en sus países de origen, resultado de las secuelas de los conflictos armados internos, de la insultante riqueza concentrada en pocas manos, del despojo de las tierras y de recursos como el agua y los minerales de sus comunidades, por parte de empresas transnacionales que están empobreciendo aún más al campo, y que obligan a miles de personas, mujeres, hombres, niñas y niños, a migrar. 

El camino migratorio, miles de kilómetros que los separan del llamado “sueño americano” lo hacen en condiciones riesgosas, porque migrar en un cuerpo sexuado en femenino las coloca en situación de vulnerabilidad a los abusos y violaciones sexuales, como ha documentado el organismo de Naciones Unidas para los Refugiados-ACNUR en  el Informe “El Silencio que cargo: revelando la violencia de género en el desplazamiento forzado. Guatemala y México” (2018),  “más de medio millón de personas desplazadas viajan al norte desde Centroamérica y a través de México cada año. Muchas de ellas sufren múltiples formas de violencia sexual y de género, que incluyen violaciones, sexo transaccional, prostitución forzada, trata con fines y agresiones sexuales. Diferentes estudios estiman que entre el 24% y el 80% de las mujeres sufren algún tipo de violencia sexual en el camino, junto con el 5% de los hombres y el 50% de las personas gays y transgénero”

Esta denuncia coincide con otras investigaciones realizadas tanto en Centroamérica como en México, que dan cuenta de los riesgos: violencia, mutilaciones, secuestros, desapariciones forzadas, violencia institucional, y la muerte por diversas causas:  las travesías inhumanas por el desierto, los ataques del crimen organizado, e incluso de las autoridades de los países donde transitan.

Este panorama es desolador, pero también merece destacarse la resistencia, la lucha constante de las mujeres migrantes que cuando logran establecerse, y aún en medio de condiciones adversas, mantienen los vínculos con sus lugares de origen, aportan a la economía familiar, comunitaria y nacional. Sus contribuciones permanecen ocultas, debido a los sesgos de género, pero son vitales para sostener la vida.

En el 8 de marzo, Día de las Mujeres Trabajadoras, reconocemos a las mujeres migrantes que, ayer y hoy, nos transmiten su fuerza, y construyen la historia.

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