Actualidad de la Teología de la Liberación

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on email

Introducción

¿Dónde está Dios en medio de la pandemia? ¿Quién nos liberará del contagio y de la muerte? ¿Cómo creer en Dios en medio de este escenario de desesperanza? Éstas y otras tantas preguntas que surgen en este tiempo de Covid-19, son las preguntas que tienen que ver con la desesperación de muchas personas cuando se encuentran en situaciones que hacen peligrar la vida. Debemos atender que estas preguntas que hoy son de la mayor parte de la humanidad –si no toda- como consecuencia del miedo expandido ante los horrores de la pandemia, son las mismas preguntas que se han hecho históricamente millones de hermanos excluidos del sistema. Sistema injusto que genera muerte injusta y que genera millones de pobres y marginados, que gritan desde siempre. Gritos que no siempre hemos escuchado. Gritos que la teología de la liberación ha escuchado y de la cual ha querido ser voz. Es en este contexto que nos preguntamos acerca del papel que juega hoy esta teología nacida en Latinoamérica. En esta primera entrega, intento un acercamiento simple a la actualidad de la teología de la liberación.

La pregunta por la teología de la liberación

La teología es una disciplina que busca la inteligencia de la fe. En este sentido la teología es un “lenguaje sobre Dios” (Gutiérrez), es el esfuerzo de pensar a Dios como Misterio, aquello que no podemos definir con ninguna categoría. Pero, no implica que sea algo que no podamos experimentar. La fe vivida en la cotidianidad del cristiano puede ser traducida en un cierto lenguaje que intenta explicar lo que se vive, lo que se siente y lo que genera. La fe en Jesús capacita al creyente a buscar unificar su vida a la de Jesús, siguiendo sus pasos y sus enseñanzas. Para ello es fundamental conocer a Jesús a partir del testimonio de los Evangelios. En ellos vemos las palabras y las acciones de Jesús que demostró una originalidad en su época al reaccionar en un contexto de opresión y exclusión, de condena y muerte. Vemos a Jesús del lado de los que más sufren, de los pobres y marginados, de los excluidos por un sistema siempre en mano de los poderosos. La vida cristiana, fiel a Jesús, debe ir en ese camino: vivir como Jesús, en comunidad, a partir de nuestra actualidad. 

En este sentido, la función de la teología es entonces reflexionar críticamente sobre el testimonio de fe, transformando esta experiencia en un discurso racional, articulando un juicio (teórico) donde pueda sugerir pasos concretos de acción en la realidad (práctica), sobre todo hacia aquellos más desfavorecidos por una mala política y una mala economía, que son los más pobres. Por ello, desde la praxis de Jesús en los Evangelios que buscó liberar a todos los oprimidos, es que la teología en la que apostamos, debe ser una teología liberadora. La reflexión acerca de Dios, desde la misma experiencia, debe abogar por concientizar a creyentes y no creyentes de la necesidad de la liberación. Pero la búsqueda de esa liberación existe desde siempre en el pueblo latinoamericano que ha sido históricamente sometido. Por eso, como reflexión del pueblo oprimido, decía Scannone sobre la TL, ella “surge de la praxis de una pueblo cristiano que lucha por decir su propia palabra y ser sujeto de su propia historia” (1976, p. 17).

Es el mismo pueblo y su grito clamando por justicia, que hizo que la teología como “ciencia de la fe” dentro de una Iglesia-institución, pasara a ser una praxis vivida y reflexionada por el pueblo-comunidad. Se pasa de una teología deductiva (desde principios generales, “desde arriba”) a una teología inductiva (desde hechos concretos narrados, “desde abajo”). Es un “decir sobre Dios” desde otro lugar: desde los de abajo, desde los que no cuentan. No desde un lugar de poder ni de sabias reflexiones, sino desde un no-lugar en el cual no hay poder, en donde lo que prima es la necesidad y la búsqueda de soluciones que tienen que ver con salvar la vida. No es un discurso preparado ni elocuente. Son palabras  y gritos de angustia, de dolor y sufrimiento por la injusticia y la desigualdad social, de reclamos por el derecho a la vida y la felicidad. Todo ello provocado por un sistema económico y político que los condena a ser pobres y luego busca invisibilizarlos. Por eso, es tarea de la teología de la liberación hacerlos visibles, pero no desde afuera, sino junto con ellos, pues ellos son lo que nos enseñan a resistir a pesar de sufrir los mecanismos sistemáticos de exclusión. 

Los pobres y el sistema capitalista

Los pobres sufren desde siempre el ser ignorados por quienes no quieren reconocerlos, porque reconocerlos es hacerlos vivibles, y lo visible reclama atención. Y dar atención a alguien es también dejarse afectar por él, dejarse sensibilizar por su reclamo, sentir en carne propia su necesidad. Y los pobres ya gritaban desde antes de la pandemia y la política y la economía no los quiere escuchar. La pobreza en nuestros países latinoamericanos estaba instalada desde antes de la llegada del Covid-19, pero ésta acrecentó las diferencias entre ricos y pobres Pero su grito de desesperación que ante será más fácil ignorar, ahora ya no es tan fácil. El sufrimiento expandido por la sociedad, aún en las diferentes condiciones, va generando cierta atención en medio de la tensión. Pero insistimos que vivir la pandemia en situación de pobreza es mucho peor. Sin cobertura de salud, sin comida en la mesa, sin trabajo que dignifique, sin un hogar digno donde hacer la cuarentena, la vida se hace muy cruel y la expectativa de vida muy corta. 

La masa de pobres en el mundo crece exponencialmente, sometidos a los caprichos de los que tienen el poder de dirigirlo. Esto es algo muy claro para muchos, pero ignorado por otra gran mayoría. El pobre sigue siendo visto como el vago que no quiere trabajar, que no quiere progresar en la vida, que desea ser mantenido por algún plan asistencial del gobierno. Esta opinión se extiende más y más en nuestra sociedad, y no solo en las clases pudientes. Muchas veces este pensamiento recae en la clase trabajadora que va generando una visión del sistema en la cual todo se consigue con esfuerzo. Por eso, el que no tiene, “es porque no quiere”. Esto es un grave error. La pobreza que tenemos no es algo accidental. Dice Nolan: “Ha sido creada (o podríamos decir más bien que ha sido fabricada) por diferentes gobiernos y sistemas…[por eso] es un problema político, un problema de injusticia y opresión” (1991, p. 91).

En la actual situación mundial, dominada por el capitalismo neoliberal, es aceptado con normalidad que existan pobres. Muchas veces, incluso, para que otros sectores sociales no logren captar lo mal que están en comparación con ellos. Muchos decimos: “yo no soy pobre pues tengo casa, tengo trabajo y pago mis cuentas. Pobres son los que no tiene para comer”.  La mentalidad capitalista ha sido capaz de meterse en las conciencias y generar allí un rechazo a la condición del pobre. Es lo que la filósofa española Adela Cortina llama de aporofobia, como rechazo al pobre. Afirma: “Es la fobia hacia el pobre la que lleva a rechazar a las personas, a las razas y a aquellas etnias que habitualmente no tienen recursos y, por tanto, no pueden ofrecer nada, o parece que no pueden hacerlo” (2017, p. 21). 

El capitalismo ha moldeado nuestro modo de ser y estar en el mundo, condicionando nuestra mirada y nuestro pensar en el cual los sujetos no logran ver otro modo de vivir. Dice Gasda: “El individuo piensa de manera capitalista, lo legitima. Las subjetividades son tan colonizadas que ya no piensan fuera del capitalismo” (2019, p. 84). Esto exige un gran esfuerzo por comprender los diversos comportamientos sociales ante los embates del capitalismo. No hablo de aceptar, pero sí de comprender. Es normal que un niño pobre desee lo mismo de lo que disfruta un niño rico, y eso en todos los estratos sociales. No somos tan diferentes en nuestros deseos y expectativas, pues estamos moldeados desde la cultura que nos envuelve y permea por todos lados. Esta intuición ya la sostenía Rebellato: “Los modelos neoliberales apuntan a la construcción de un sentido común legitimado, sobre el substrato de la normalidad, es decir, un sentido común que acepte esta sociedad como algo natural e inmodificable” (2008, p. 25).

La teología y la necesidad de liberación

Dentro de este panorama, la pregunta por el papel de la teología de la liberación cobra una mayor importancia. Por ser una reflexión de fe desde la praxis, un conjunto de ideas que parten de la vivencia concreta de la fe, exige ser coherentes con la realidad. Y la experiencia de fe que vivimos desde Latinoamérica tiene el presupuesto de partir de pueblos que están siendo sometidos históricamente desde la conquista, y por ello tiene un talante propiamente de lucha, de búsqueda de liberación. Por eso es necesria una teología de la liberación. Como dice Gutiérrez: “En esta situación compleja y a veces hasta contradictoria, es necesario dar testimonio de reino de Dios, de la solidaridad con los pobres y de la liberación de los que ven violados su más elementales derechos” (2013, p. 150). Son los que sufren los que pueden hacernos entender lo que nosotros aún no podemos. Son los testimonios de los que no tienen el sustento diario y que, aún así mantienen su esperanza en un Dios Salvador, los que pueden decirnos algo acerca de lo que implica vivir el día a día. 

Por eso la liberación es un proceso, no un momento; es un conjunto de acciones comunitarias, no apenas actos esporádicos e individuales; son acciones reflexionadas, no ideas improvisadas. Pero sobre todo es un proceso pedagógico en el cual todos y todas nos unimos para intentar salir de la situación de opresión. Para eso, el primer paso es aceptar con humildad nuestra condición de oprimidos, cosa que no gusta a la mayoría de la sociedad. Muchos rechazan la idea de estar en situación de opresión y por ello es necesaria una enseñanza que nos despierte de la ceguera en la que estamos. Incluso dentro del cristianismo existe el rechazo a aceptar que somos oprimidos por las instituciones a las cuales pertenecemos. Esto implica una cierta ignorancia del accionar institucional como fruto de la modernidad. Como decía Libânio: “Un grupo social nunca podrá llegar a cuestionar su lugar social, si la sociedad civil o religiosa en que se encuentra no sufre un impacto de las transformaciones”. Y ese “impacto” implica cambios profundos que aún no suceden en las instituciones religiosas.

Frente a los cuestionamientos acerca de que si la teología de la liberación tiene algo para decir y hacer en el hoy latinoamericano, el teólogo brasilero Marcelo Barros dice: “Los iniciadores de esta corriente teológica siempre repiten que lo más importante no es la Teología de la liberación, pero sí los procesos de lucha y liberación, cada vez más necesarios y urgentes” (2019, p. 283). Por eso, quienes estamos dentro de este camino de liberación y que pertenecemos a alguna comunidad de fe cristiana, debemos abrirnos a los diversos movimientos de lucha social para unir nuestros esfuerzos.  Aquí los cristianos debemos ser semilla en el mundo, signos de apertura y madurez para colaborar en la misión de Jesús.  Pues, como decía Boff hace unos años: 

Una Iglesia y una teología que por temor a los gobiernos o por miedo de la contestación y de la represión se niegan a ver en el fenómeno de la marginalización, una dimensión también de la fe y la teología, traicionan al Espíritu y blasfeman contra el Hijo del Hombre, que eligió como forma eminente de su parusía en el mundo al marginado, al hambriento, al encarcelado y a los últimos de la tierra (1975, p. 59).

Desde estas líneas me pongo en el lugar de los que, como yo, siguen buscando que la fe vivida en sus iglesias y comunidades, sea más fiel al mensaje de Jesús. Pero esto implica un salto de fe y de coraje en desear aprender y aceptar que la fe no está atada a una doctrina o enseñanza. La fe es la experiencia misma de personas que luchamos por sobrevivir cada día a los continuos golpes de un sistema que nos oprime y nos excluye. Dentro de nuestras iglesias aún hay privilegios para una parte del grupo, mientras a otros le recae la obediencia ciega y la sumisión, que no condice con el mensaje del Evangelio. Y junto a ello, hay millares de personas que buscan a Dios con sincero corazón y que están descreídas de las instituciones y que están haciendo oír su voz por medio de las protestas sociales y movimientos de luchas por derechos que les han robado. Si la teología de la liberación quiere aportar algo a la humanidad, le toca permanecer al lado de los que sufren para sostener, a los que lloran para dar esperanza, a los que mueren para consolar. En esto se revela que la teología de la liberación tiene vigencia y una gran misión por hacer. 

Bibliografía

Barros, M., Teologias da libertação para os nossos dias, Vozes, Petrópolis, 2019.

Boff, L., Teología desde el cautiverio, Indo-American Press Service, Bogotá, 1975.

Cortina, A., Aporofobia, el rechazo al pobre, Paidós, Barcelona, 2017.

Gasda, E., Análisis global de la coyuntura actual latinoamericana y caribeña, en Los clamores de los pobres y de la tierra nos interpelan (Elizalde, O.-Hermano, R.-Moreno, D. (Edits), Amerindia, Colombia, 2019.

Gutiérrez, G.-Müller, G., Del lado de los pobres, San Pablo, Madrid, 2004.

Libânio, J.B., Discernimiento y política, Sal Terrae, Santander, 1977.

Nolan, A., Opción por los pobres y crecimiento espiritual, en La opción por los pobres, Vigil, M. (Ed.), Sal Terrae, Santander, 1991.

Rebellato, J.L., Ética de la liberación, Nordan-Comunidad, Montevideo, 2008.

Scannone, J. C., Teología de la liberación y praxis popular, Ágora, Salamanca, 1976. 

Compartir:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram
Share on email
Email

Esta entrada tiene un comentario

  1. Mario de los Campos

    Muy buen articulo
    Un trabajo de abajo hacia arriba…..
    Abrazo fraterno
    Felices Pascuas!

Deja un comentario