EL DÍA QUE CHÁVEZ PASÓ POR LA BOCA

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─”Upalla simi” ─ respondió Nélida sin sacar las manos del amasijo

─¿Cómo? No entendí, me lo puede repetir ─le pedí, por sobre el ruido que rebotaba en todo el ambiente de la vieja fábrica.

─Si, “upalla simi” es…

─¿Qué dice? ─quiso saber la Elvira que lavaba ollas y otros cacharros de cocina, atrás en la pileta pegada a la pared

─”Cállate la boca” ─dijo Nélida amablemente y dándose vuelta hacia su compañera

─¡Ah! qué buena onda resultaste vos ─contestó la otra afectada y forcejeando con unas canillas goteadoras.

─Él dice… ─dijo Nélida a la defensiva

─¿Qué?, ¿cómo? ─pidió explicación la jodida de la Elvira

─No, no… “Mejor cállate vos”, quiero que diga ─le repetí a Nélida ya menos atenta a mí que a la Elvira, que se nos arrimaba secándose las manos en un repasador bastante rotoso.

─¿Qué quiere él? ─insistió la Elvira señalándome con la cabeza y mirándola un poco bastante torcido a Nélida. Me adelanté para tratar de allanar el malentendido: 

─Quiero decir o mejor, queremos, bah… que ustedes digan, si saben o se acuerdan como se dice en quechua: “Mejor cállate vos” para decírselo al rey de… 

─“Mejor cállate vos” no se dice así en quechua ─me cortó

─¿Y cómo se dice entonces? ─la desafió Nélida ─¿A ver? ¿Cómo se dice? ─con el mentón levantado, aceptando y doblando la apuesta, bien camorrera.

─No sé, pero eso a mí no me parece ─porfió la Elvira sin encontrar ninguna otra palabra o frase que ofrecer como alternativa.

─¿Mejor cállate vos es Upa… upa la shi… mi, entonces? ─quiso cerrar la discusión el Tucu, coproductor del video y vecino de las recién consultadas. Nélida, concentrada en los bollitos para bizcochos lo reafirmó:

─Sí. “Callado la boca” sería… 

La Elvira siguió refunfuñando que no y buscó tener razón en otro grupo de mujeres que preparaban la comida. El Tucu me hizo una seña para escabullirnos del ruido a sabiendas de que la cuestión seguiría un rato largo.

Ya habíamos grabado a casi todos los integrantes del Comedor. Los paraguayos que arrancaban “ekirirí nde” y agregaban algo más en guaraní ─poniéndonos a pensar en la necesidad o no, de subtitular el video─ algunos provincianos que le sumaban intención a su tonada y, con esta suerte de discusión quechua brindada por las compañeras bolivianas, estábamos dando por cumplida la etapa de recolección de testimonios que mandaban a callar al rey Juan Carlos. Algunos lo mandaban más lejos y a otra cosa, luego del “¡¿Por qué no te callas?!” que él le espetara a Chávez en la cumbre del año pasado en Chile.

La idea se nos ocurrió con el Tucu mientras estábamos en el taller de computación que daba Lucas. Se la comentamos y estuvo de acuerdo en ayudar a plasmarla, después conseguí que me prestaran una Sony de mano, en la oficina donde trabajo y ahora ya estábamos por entrar en la etapa de edición, que era lo más difícil y para lo que necesitábamos de una buena compu y de los conocimientos de Lucas, el intelectual del grupo. Un estudiante de historia y sociología que dejó la universidad cuando la militancia le comenzó a demandar el mayor y mejor tiempo de que pudiera disponer. 

(Todos en el Comedor lo adoran, aunque a veces no le entiendan los ejemplos que usa cuando explica algo, ya que, como asiduo lector de Borges, abunda en citas de jardines bifurcados y Cartago, y otras boludeces por el estilo).

─El material está muy bueno ─opinó cuando revisamos juntos lo grabado en bruto─ pero tendrían que conseguir que el video dé cuenta de la profundización en la conciencia de los compañeros, respecto del proceso de liberación que estamos atravesando nuevamente los pueblos de la Patria Grande. 

El Tucu miró para abajo con una sonrisa mal disimulada y empezó a pulir el piso con la suela de la zapatilla.

─No rompás las pelotas Lucas ─le dije─ fijate que están casi todos los que, de verdad, tienen un compromiso asumido. Los del taller de costura, con el Walter a la cabeza presumiendo desde su flamante máquina bordadora y su cachaciento: “¿Y por qué no se calla usté?”, hasta las viejas de la panadería, los pibes de computación y los de prensa, y varios de los que vienen sólo cuando reparten los bolsones de mercadería, que se prendieron con entusiasmo…

─¿Qué? ¿No es suficiente con que seamos nosotros los que aparecemos defendiendo a Chávez? ─reafirmó la idea el Tucu, sin dejar esa sonrisa nerviosa que le tironea en la cara cuando quiere mandar al carajo a alguien.

─¿En serio están haciendo una película para Chávez? ─se metió el Quito que estaba al pedo, sentado en una computadora detrás de nosotros

─Bueno, bueno, si paramos con las exageraciones por ahí vivimos un tiempo más─ tiró el Tucu, contagiando la risotada y aludiendo oblicuamente a Lucas.

Empezamos a desconectar los cables. Mirándome, el Tucu alzó las cejas en dirección a donde seguía sentado el Quito. Le había prometido que lo grabaríamos, pero cada vez que anduve con la cámara prestada nos desencontramos, de modo que ya me había olvidado de su potencial aporte estético al video en construcción: pinta de malevo maduro, sonrisa entradora y canchera, a lo Gardel. Nos recriminó ahí mismo, sin tapujos, que lo habíamos dejado de lado, por lo que no me quedó otra que prometerle que volvería a conseguir la cámara sólo para filmarlo a él. 

─No se van a arrepentir─ largó con esa autosuficiencia que lo caracteriza.

Me encariñé con el Quito recién después de tratarlo un tiempo, cuando pude conocerlo realmente. En especial, a partir de un fin de semana que pasamos todos juntos en una isla del Delta, por unas jornadas revolucionarias que organizó la revista Resumen Latinoamericano. El tipo intimida de entrada, tanto por el aspecto como por el prontuario que porta. Ha estado en cana y le gusta el chupi como a tantos del común, pero cuando se lo conoce bien resulta más que buenazo. Y vago, eso sí. Además, vive cagado de risa, siempre y cuando no lo amonesten porque se cuelga con lo que debe hacer; entonces parece un niño afligido. 

Así que, aunque al Tucu no le entusiasmó demasiado la idea, nos volvimos a juntar el miércoles siguiente y caímos a su casa para grabarle su testimonio “anti regio”. Lo encontramos lavando a mano su ropa interior. 

─Cultura de hombre solo… ─empecé a decir para saludar

─Cultura de preso ─me corrigió el Tucu por lo bajo. 

(No pude evitar rememorar aquel fin de semana de formación y conciencia revolucionaria en el Delta, en el que estaba terminantemente prohibido el alcohol y que para reponer provisiones sólo dejaban salir a una persona hasta la lancha-almacén en el horario de la tarde. El Quito amaneció bien intenso ese sábado, preguntando quién era el que salía a comprar, que necesitaba dos jabones. Insistió con su pedido al encomendado, de manera tan enfática y repetida que el pibe, que lo conocía bien, volvió con dos litros de vino que le dejó disimulados en la entrada de la carpa. Le avisó desde afuera “ahí tenés los jabones”. El Quito no lo escuchó o se hizo el sota, vaya uno a saber. El asunto es que, al rato, en la rueda de puesta en común, entre compañeros y compañeras, se acuerda de los jabones y se los reclama al pibe que, algo incomodo, le dice que ya se los entregó. Para sorpresa de todos el Quito se pone de pie, va hacia la carpita, revuelve y rebusca hasta sacar dos cartones de Toro Viejo, y larga auto incriminándose: “Che, pero esto no es jabón”. Las carcajadas no alcanzaron para disimular la violación de la norma y era de una ternura realmente guevarista ver al Quito ─negando con la cabeza y sin acusar a nadie─ insistir que él no tenía la culpa si, pidiendo jabones, le traían vino. Y al pibe por su parte argumentar: “Dale, Quito, me pediste como cinco veces los jabones”)

Nos recibió contento como siempre y con su sonrisa gardeliana, nos guió hacia un semi patio del conventillo. Nos sentamos en una mesita de fierro medio destartalada, rodeada de tarros y frascos que hacían de maceta con unos plantines, tan sufridos y aguantadores como el paisaje humano que los circunda. Y nos acomodamos a un mate dulce, malo para la acidez, pero energizante.

─Bueno, entonces ¿qué es lo que tengo que decir? ─consultó el Quito en un repentino y artificial baño de humildad. La sonrisa ancha, los ojitos hundidos y chispeantes

El Tucu ─experto en el paño─ enganchó al toque el juego y apurando el mate le confesó que estaríamos en un verdadero aprieto si a él no se le ocurría algo de verdad original para terminar el video… a ver si en vez de un homenaje al comandante resulta ser un papelón… yo traté de reforzar con cara de circunstancia, la seriedad de la cosa. El Quito, con las manos metidas entre la silla y sus piernas, balanceando el cuerpo de atrás para adelante, nos miraba y se reía sonrojándose. Cebó otro y arrancó tímidamente.

─Ehh…bueno yo estuve pensando, pero no sé si este… eso puede servir ─soltó otra risita nerviosa─ pensaba que por ahí estaría bueno hacerle acordar. Pero qué se yo, con tanta gente que ve, vaya a saber si se acuerda. ¿No? el quía ve a tantos…

─¿Si se acuerda?… ─dudó el Tucu como impulsándolo a completar la idea 

─Sí, si se acuerda ¿Ustedes se acuerdan del viaje a Mar del Plata, a la contra cumbre? ¿Se acuerdan que el Diego fletó un tren y nosotros no conseguimos lugar? ¡Y también! Si éramos como cuarenta…

─Ah… eso ─me alzó las cejas el Tucu. Puse “rec” en la camarita y agarré el termo para seguir con la cebadura

─Claro, eso ─siguió el Quito medio tímido aún─ que fuimos en dos colectivos escolares, dos o tres no me acuerdo bien

─“Alca, alca, al carajo”… ¿cómo olvidarlo? Y… pero no entiendo ¿quién se tiene que acordar de qué cosa Quito? 

─El comandante… si se acordará de mí, digo

─¡Ah! ¿El comandante?, ¿y por qué lo haría?… Éramos miles en el estadio de Mardel y vos mismo decís…

El Quito miraba hacia abajo y cuando levantó la cabeza, aun sonriendo, parecía realmente debatirse con algo que le costaba desembuchar.

─Sí, claro. Pero yo lo vi de cerca ─largó una tosecita y siguió─ digo, lo vi y él me vio. Lo que no sé es si se acordará. Porque una cosa es por ahí grabarle ahora un mensaje “Hola Comandante ¿se acuerda de mí? le di una carta y lo invité a venir a La Boca” Y si el tipo no se acuerda quedamos mal. Bah, quedo como un mentiroso, qué sé yo. Y otra es decir “Hola Comandante, usted seguro no se acuerda, pero yo lo invité a visitarnos en el barrio de La Boca”

─Decime que me estás cargando Quito… dale

─Y entonces, bueno queda mejor de modales, pero…

─Aclarale a este ─dijo el Tucu pasándome el mate y sin definirse entre la risa y esa mueca suya de carajear─ que si nos está cargando lo voy a cagar a trompadas, así tenga que engancharlo dormido 

─Yo hablé con el comandante ─siguió el otro sin hacerle caso y ya decidido en su historia─ Le di una carta y un abrazo. Bandera no le di, porque el viejo Julián me amarreteó una de las que tenían así, bien planchadas y embolsaditas, destinadas para los jetones de las otras orgas… con el nombre puesto y todo.

El Tucu empezó a lustrar el piso con el pie. Le cebé otro mate al Quito y lo alenté con un gesto a que siguiera.

─Les avisé a los muchachos, pero no me dieron bola. Como yo siempre estoy macaneando no los pude convencer de que había saludado a Chávez… eh… y… bueno lo invité a venir acá, a mi casa… aprovechando que el 7 de noviembre es mi cumpleaños…

─¿Y? ─resopló el Tucu 

─Y, yo ya estaba feliz con un “a lo mejor viene” ¿te imaginás? Porque de invitado ya lo tenía ¿no? Le avisé que podía venirse sólo si quería, que acá lo cuidamos nosotros. Como de incognito ¿viste? que no ande con todos los gordos esos atrás… Tremendos roperos los nenes, y bueno, no habrá podido. Yo quería este… bueno, agradecerle personalmente todo lo que ha hecho por nosotros, le dije, bah, le escribí porque viste… y esto es lo que empecé a pensar cuando me enteré que ustedes le estaban haciendo una película. Que uno no sabe nada de los que somos, de eso de la Patria grande y todo eso… no sabemos, bah, o yo no sabía nada y… bueno cuando los compañeros y las compañeras que vienen a los talleres viste… claro… entender que por ahí San Martín debe haber querido lo mismo ¿no? Cuando les decía a sus soldados que había que cruzar la cordillera ¿Qué hubiera hecho yo? ¿eh? Yo creo ─ahora ¿no?─ Que me hubiera animado y es más, hasta me hubiera encantado, cómo que no, bah, digo yo… estirar la pata, pero por una causa justa, más que justa… La liberación de nuestra América… Eso… eso nada más, quería decirle. Porque vos sabes, si no fuera por él, y bueno… este… Lula, y el Pingüino, o el Evo en Bolivia… qué sé yo, me parece que seguiríamos mendigando para morfar… o teniendo que salir a chorear viste y no solo por mí lo digo… Están los pibes, esos pibes que ahora se rescatan y que hasta se pueden enamorar ¿no? Soñar con algo decente para la familia que armen… o que puedan armar, bah.

Se había ido emocionando, pero seguía sonriendo y nos miraba a ver si aprobábamos lo que decía. 

El Tucu lo miró de frente y lo palmeó en el hombro.

─Muy bien viejo, muy bien, te luciste…

─¿Ya me grabaron? ¿Les va a servir la historia? La anécdota se dice, ¿no?

─Está genial Quito ─le dije─ cerramos con este agradecimiento tuyo y nos nominan para el Oscar. ¡Ah! y a ver si al próximo cumpleaños nos invitas a nosotros, jetón

─Síííí, sí, seguro ─alargó una carcajada, entre ruborizada y satisfecha mientras retomaba el control del termo y el mate.

Hicimos alguna toma extra del paisaje conventillezco y después encaramos para el Comedor a bajar en la computadora de Lucas, el registro del último expositor y futura estrella del video.

─Este Quito… ¿te parece que servirá? 

─ Y mirá, lo vemos cuando lo vamos armando, pero a mí me hizo lagrimear

─Sí… ¿sabés que, por un momento, temí que llegara a decir que Chávez había venido realmente a su cumpleaños?

─¡Eh! Tan fantasioso no iba a ser… pero lo que no se puede negar es que tiene iniciativa, porque mandarse a invitar al comandante… hay que tener

─Nada que ver ¡Qué se va a mandar!

─¿Qué? ¿No es verdad?

─Obvio que no. Ese día estuve con él todo el tiempo, misma tarea, misma columna… Ni a mear fue solo. 

─¡Ah! ¡Qué lo parió! Yo le creí todo…

(Dedicado a todos los nombrados y además a: Carlos, Yhony, Lito, Luciano, Germán, Nadia, La Negra, Marito y toda la monada de aquella época en el Comedor Los Pibes, de La Boca)

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