Estética del laburante. (Apunte del libro “La melga y la estrella”)

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I.- De la tarea y la herramienta

Mi abuelo solía decir: “El que tiene la herramienta tiene la mitad del trabajo hecho”. Frase que, a fuerza de escuchar repetidas veces, fui absorbiendo como una máxima. Recuerdo que al principio me parecía un recurso (un argumento) para entretenerse en algo que no fuera el trabajo concreto. Tal vez, algo de eso había, pero creo que no le escatimaba esfuerzo ni tiempo a la idea de producir una herramienta que facilitara, simplificara o sintetizara una serie de procesos, sabiendo que esa dedicación redundaría en ahorro de energía y tiempo cuando se acertara con la herramienta adecuada.

Hijo de inmigrantes que cambiaron de patria, pero no de condición, engendrado en Italia y parido en Argentina en 1910, mi abuelo se hizo solo –una vez que zafó del contrato en que trabajaban él, su padre, su madre, sus cinco hermanas y sus dos hermanos por el mismo porcentaje– en un lugar llamado La Vasconia, en el sur de la provincia de Mendoza.

Los “contratos” eran parcelas de tierra cedidas “al tanto” a un “contratista” y su familia. Suerte de semi-esclavitud legal que recién se morigeró un poco con la aplicación del Estatuto del Peón que Perón sancionó en 1944. Y digo “un poco” porque todavía en mi infancia los niños nacidos de un contratista solían trabajar sin salario y a destajo. No sé si aún no suceda…

Pero el viejo no esperó tanto. Se las arregló por su cuenta el día que le regaló al capataz de la firma un juego de aperos de cuero trenzado. El hombre quedó tan impresionado con la calidad del trabajo manual que evidenciaba la “artesanía”, que le ofreció: “Pedime lo que quieras, Agustín”. Y Agustín, el viejo, mi abuelo, con 18 años recién cumplidos, le pidió: “Sáqueme del contrato, déjeme ser peón”. Con ese artilugio de favor, empezó a trabajar por la propia y pudo sumar unos pesos extra al magro porcentaje anual con el que se tenía que arreglar la familia.

Del despliegue de esfuerzos en distintas actividades y de una considerable cuota de ingenio, más el tiempo necesario para ensayar a prueba y error, y su voluntad para persistir hasta concretar algo que satisficiera su magín, supongo yo que mi abuelo fue amasando y consolidando la máxima de la que sus descendientes nos apropiamos gustosos.

Más acá en el tiempo, ya en la ciudad de Buenos Aires, y en oportunidad de una de las tantas mudanzas que he realizado, topé con un plomero y gasista: el correntino Hugo, tales sus señas y matrícula, que llegó al nuevo domicilio para poner en funciones una cocina un tanto destartalada y un calefón nuevo, y arreglar unas cuantas canillas “lloronas”. Hugo pasó un sábado a mediodía, vestido de fin de semana y con un bolsito casi de dama, lo que mi vieja llamaría un “neceser”; evaluó lo que tenía que hacer y anunció que volvía a la tarde. Efectivamente, a la tardecita volvió con la misma pinta y el mismo bolsito. Ante mi sorpresa y satisfacción, con una “pico de loro” y un destornillador, más una aguja fina que me pidió, arregló todo lo que tenía que arreglar, y en tiempo récord. No pude menos que comentarle que era el plomero más “liviano” que había visto, aludiendo a su inexistente caja de herramientas. A lo que el tocayo contestó: “El que sabe trabajar, trabaja hasta con un lazo”, y me dejó de una pieza, compuesto como las canillas que ya no lloraban y pensando, por oposición, en la máxima familiar.

En realidad, lo primero que me evocó la frase del correntino –pronunciada también como una máxima, pero desafiante y (auto) suficiente– fue el vínculo que el indio estableció con el caballo traído por los conquistadores. Los fines eran los mismos o similares. La diferencia era estética. El radical contraste estaba en la relación entre los términos. Donde el europeo tenía un medio o un instrumento sometido por castigo, el indio encontró un aliado a domesticar a través del cariño y la convivencia. Un caballo amansado por el indio era capaz de cosas que el común de los jinetes españoles no podía imaginar. En tanto, un caballo de la “civilización” era prácticamente inútil para el indio: lleno de cosquillas y “miedos”, y casi un ciego para el variado suelo de estas pampas.

  II.- De los lemas encontrados

Si uno trata de evidenciar lo que la sabiduría popular sintetiza en sus sentencias, tiene que hurgar en lo aprehendido y el correspondiente acuerdo que lo identifica. Desmenucemos, entonces, las posibles inferencias de cada frase.

Tienen en común la aceptación sin discusión de la necesidad de trabajar. Aunque del primero se desprende una intención industriosa y positivista, el trabajo está presentado como algo agotador que habría que sacarse cuanto antes de encima. El ingenio le apunta a encontrar los medios que le mengüen la tarea al cuerpo humano: hay como una búsqueda del bien general, pues la representación social enuncia –ya se dijo– la necesidad del trabajo. De un modo generalizado, “todos tenemos que trabajar”, pero “el que tiene la herramienta” particulariza, es un privilegiado. Subyace en la frase de mi abuelo la mano de obra explotada al servicio de la producción de materias primas (de la que él emerge). No parte de un país industrializado. Más bien esboza –de una forma pueril, si se quiere– el deseo o la intención del advenimiento de la “industria” aplicada.

Se puede aún ir más lejos: en la ponderación del existir de la herramienta se evidencia su presencia insuficiente. Está merituada como una rareza, lo que no debe extrañar, por el contexto de la época del país, cuando el perfil agroexportador era excluyente: el “granero del mundo” no estaba interesado en desarrollar la maquinaria capaz de hacerlo industrialmente autosuficiente.

En el segundo refrán o “lema” (como más le gustaría a su enunciador), el acento está puesto en la habilidad personal. Ese alarde: “hasta con un lazo”, esconde o niega cualquier posible adversidad y/o carencia. Como canta mi amigo Sergio Lobo, “se hace con lo que tenemos”.

“Todos tenemos que trabajar”, pero acá el trabajo está acotado a una actividad técnica manual que no demanda necesariamente el agotamiento de la fuerza física. Planteado como un desafío de habilidad, es familiar del popular adagio: más vale maña que fuerza. Hay una jactancia de un saber determinado, y el que no (lo) sabe es un inútil, por más que disponga de la herramienta adecuada.

Esa autoafirmación en la carencia asumida evidencia también un contexto: este Hugo, correntino y plomero improvisado, fue antes un obrero que la “modernización del estado” dejó en la calle en los ’90, cuando los enunciados desde la superestructura lo estigmatizaron como “mano de obra no calificada”. Una patraña vil, ejecutada desde el poder gracias a una traición ominosa. Guarda una paradoja: el saber técnico ha debido absorberse en tiempos de la herramienta rudimentaria; y, condenada su evolución a ese nivel, lo que no dejó de “avanzar” es la pericia de la mano humana. La “maña” se renueva permanentemente. Nuestro “lo atamos con alambre” suple, aunque precariamente, una carencia. Sólo lo valoran negativamente los responsables de la dependencia y sus adscriptos.

Entonces, antes que oponerse, más parece que estas máximas se complementan. El matiz está en el punto cero.

 El correntino piensa a partir de su destreza. Es todo lo que tiene, lo que le dejaron. Su capital es su saber personal. La máxima de mi abuelo parte de un punto donde se dispone de cierta ingeniería, de saberes (a veces, pero no necesariamente) más amplios y repartidos, susceptibles de ser aplicados. Y es a partir de esa “posible aplicación” que surge el “lazo” de mi abuelo, el alarde velado: el que puede desarrollar la herramienta se gana su dispensa; el que no, se sigue deslomando.

Pero ambos refranes tienen en común algo que minimiza cualquier posible diferencia: evidencian el traumático (no) desarrollo de la industria nacional, sistemáticamente suplantado por importación de tecnología. Lo que implica una renuncia no sólo a la producción de hipotéticas maquinarias sino, también, al desarrollo del pensamiento y el saber propios del conjunto social que compone un país.

De esta argucia se valieron los países desarrollados para liderar el avance del capitalismo occidental, homologando una ideología a través de una lógica (la del progreso) e iniciando la colonización subjetiva que, en principio solapadamente y luego desembozadamente, trató de sepultar las diferencias culturales preexistentes. Porque la importación de tecnología involucra también las herramientas correspondientes y los respectivos manuales de instalación, con sus instrucciones de uso. Los avances y saberes técnicos que esto constituye forman parte del discurso progresista, en tanto implican un adelanto tecnológico, pero, combinados con una conducta antinacional, devienen algo profundamente reaccionario, en tanto coadyuvan e instalan una dependencia.

 De este modo, el avance tecnológico de origen forastero se vuelve una bandera para la dominación pacífica de los países más pobres y empobrecidos, cuya colonización mental se completa y perpetúa cuando la industria “desarrollada” del espectáculo (o el Entertainment, como le llaman ellos) elabora íconos y símbolos “para la humanidad” con parámetros que apenas identifican una porción de la cultura de una parte del mundo. La renuncia a la soberanía cultural deviene “natural” y la entrega se perpetra casi a nivel inconsciente.

III.- Del culto del laburo

Pero tenemos que insistir: si la derrota es cultural, también lo es la resistencia. Porque ambas frases pregonan tácitamente el espíritu que se rebela a los modos ajenos e impuestos. Donde la oligarquía y la burguesía (in)nacionales se apuraron siempre a calificar incapacidad y vagancia (omitiendo que es por su egoísmo y otras varias defecciones que, a pesar de la habilidad e inteligencia disponibles, no se ha conseguido aún establecer sólidamente una industria nacional), parece más lógico, más justo también, percibir un modo particular de abordaje del desafío, un estilo propio. Claro que, para esto, conviene adherir a la idea de que la tarea ejecutada para conseguir el sustento es susceptible, a la vez, de “realizar” socialmente al sujeto o de contribuir a ello

¿O este argumento –dentro del sistema capitalista en vigencia– es válido sólo para ídolos deportivos, empresarios, artistas y otros elegidos, en tanto para los trabajadores queda el ominoso y excluyente rol/función de la explotación? Esa es la visión que desarrolló “científicamente” el marxismo en los ámbitos teóricos, que, además de no agotar o abarcar la totalidad de la condición del trabajador y (mucho menos) las multiplicidades que componen la realidad, argumenta que esa condición sólo sirve para “realizar” al sistema que dicha corriente de pensamiento combate. Independientemente de adhesiones y visiones, el ser humano significa desde y por su hacer.

Ambas sentencias son claras, asimismo, en ese aspecto: no se trabaja sólo por dinero.

Se entiende que las actividades con mayor porcentual “artesanal” favorecen un aporte superior del estilo individual, lo que es susceptible de expresar a quien lo desempeña más allá de la paga que recibe. En tanto, las tareas mecánicas y repetitivas donde la incidencia del sujeto está tan reducida que el mismo resulta invisible ofrecen una ecuación donde la importancia de la remuneración crece en desmedro del factor “realización”. Pero aun esta última situación se compensa si los esfuerzos individuales están contenidos dentro del esfuerzo colectivo. No un sector sacrificado en beneficio de otro/s sino, en cambio, el esfuerzo de todos los sectores en beneficio de la totalidad. Trabajadores = Pueblo = Nación.

Importa establecer el potencial de una fuerza de trabajo que se retroalimenta en los logros que alcanza el pueblo que la contiene. Re-significar en lo propio admite y exige una estética propia.

Por lo expuesto hasta aquí, es claro que al laburante nacional –en su vasta heterogeneidad– le ha resultado más sencillo demostrar su espíritu de lucha, su coraje, su templanza y su retobado sentido de pertenencia que expresar–más allá del ámbito personal y familiar– el orgullo (y hasta la jactancia, por qué no) por el sentir con que aborda y se apropia de un hacer, de un saber hacer, por su habilidad y adaptabilidad, por su sentido de la estética.

El paisaje produce otros sentires. ¿Cómo no va a exigir otros modos?

Apropiado y propio de esta tierra, sin cosquillas como el caballo “indio” y, como él, conocedor del terreno que pisa y dueño de su paso, el trabajador argentino ha sido históricamente explotado y escasamente reconocido. Paradójicamente o no, esta mano de obra es justipreciada cuando emigra.

Digo “dueño de su paso” porque a partir del arribo de Perón a la Secretaría de Trabajo y Previsión, en 1944, cuando se comenzó a revertir la situación de explotación mediante el primer gran reconocimiento, el espíritu de cuerpo de la clase trabajadora no ha escatimado esfuerzos para reivindicar sus derechos, a pesar de las traiciones que sistemáticamente se han materializado en distintas etapas de nuestra historia.

Vaya un ejemplo (de la historia) reciente: el auge de la revolución tecnológica encontró a nuestro país a merced del neoliberalismo, cuyos paradigmas agigantaron la brecha que nos separaba de los países desarrollados, profundizaron la dependencia, devastando la propia capacidad productiva y otros tantos nefastos etcéteras que sumieron al pueblo y los trabajadores en una profunda confusión e, incluso, depresión. Sin embargo, bastó un talón afirmado en la tierra desde el poder soberano –como es menester para contrarrestar el golpe adversario y preparar el ataque propio– para que la cultura nacional del trabajo y sus mejores cultores, los laburantes, se pusieran de pie y activaran una recuperación de ribetes heroicos, quizá porque la política sucede a partir de la cultura (toda la cultura, pero sobre todo esa que fermenta en agentes identitarios subyacentes) y aquella falaz inversión de los términos que puso a la economía por sobre ambas estaba condenada a esfumarse en cuanto la política se recuperara retroalimentada en/con la cultura.

Es lo que comienza a percibirse claramente ahora que la inversión actual en tecnología, más la proyectada por la Administración del Estado Nacional hasta 2020 (que constituye tal vez la última oportunidad de consolidar una industria y una burguesía nacionales), augura un momento para el trabajo nacional que –enfrentando intereses particulares, y sin “neutralidades”– apunta a generar condiciones de empleo genuino y pleno.

Con el apoyo y el accionar responsable de todos los sectores involucrados, la Argentina tiene la oportunidad histórica de resolver muchas asignaturas pendientes: disminuir el trabajo informal, terminar con el trabajo infantil, eliminar las situaciones de explotación, homologar derechos y remuneración sin distinción de género, raza o condición social y geográfica (porque las leyes nacionales deben abarcar toda la extensión del país, sin excepción de feudos ni republiquetas) y, además, resarcir las frustraciones acumuladas de esa estética popular de la que mi abuelo y mi tocayo –entre tantos millones– fueron y son fieles exponentes, haciendo oídos sordos a ese otro latiguillo tilingo que señala: “acá lo que pasa es que nadie quiere laburar…” 

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