EN EL MISMO MUNDO

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El 2 Abril de cada año se conmemora en varios países el Día de la Concientización sobre el Autismo y la fecha abre la puerta a la reflexión y a la revisión de las prácticas que existen al respecto. Desde la óptica de la lógica, que el autismo tenga un día para concientizar habla directamente de la falta de presencia del debate en la sociedad. Por otro lado, contar con un día también muestra que hay un interés en modificar las cosas y que se avanza en ese sentido.

   Sin arrogarse divulgaciones científicas de ningún tipo, ni pretender hacer aclaraciones curiosas, es importante rescatar esa inmensa marea de personas y niños autistas, con las diversas características de las clasificaciones del espectro, sus familiares, sus amigos y allegados, sus educadores y terapeutas y tantísima gente que pone mucho de sí para que funcionen las cosas que deberían funcionar desde otros ámbitos y no lo hacen.

   No puedo hablar por todos los casos y tampoco es mi intención, hablo por lo que me enseñó mi hijo Nicolás desde su forma de ser.

   Muchos años atrás una profesional de un hospital explicaba que él no estaba enfermo, que él tenía otra forma de vida nada más y la incapacidad que se sentía para comprender esa afirmación era tan inmensa, que uno no hacía otra cosa que desear despertar cada mañana y que todo quede atrás como un sueño. Sabido es que los sueños, sueños son y la realidad no es ni buena ni mala, es concreta y, por lo tanto, lo que queda por delante es el análisis del cuadro y el avance hacia lo que un autista necesita. Es tremendo pensar que las personas primero pasamos por etapas de asimilación, por así decirlo, en las que sufrimos, lloramos, generamos deseos irreales hasta que llegamos a un punto de partida que nos permite actuar y desarrollar mejoras en lo establecido. Entiendo perfectamente que como sociedad se replica el mismo esquema solo que a escalas mucho más grandes y es allí donde entran a jugar las campañas de concientización, las visibilizaciones y demás fenómenos, que surgen para orientar la mirada social que está apuntando hacia otro lado.

   Nicolás a diferencia de cualquier otro integrante de un colectivo social que luche por una causa, no puede explicar claramente que necesita, no puede elaborar un manifiesto con una lista de necesidades a cumplir para lograr un estado de superación. Nicolás vive en una sociedad a la cual parece que hay arrancarle los derechos y las garantías, una sociedad con tremendas deudas hacia los sectores comunes, por así mencionarlos, así que mejor ni hablar de las deudas hacia los sectores que requieren de atenciones especiales. Nicolás no tiene hamacas en las que pueda caber con sus 24 años, en cualquier plaza pública, por citar un ejemplo muy pero muy sencillo para ilustrar, sin entrar en la enumeración de sus necesidades. Cuando se logró un cupo de boletos gratuitos en los transportes de larga distancia para viajar (muchos reciben tratamientos y se realizan estudios en otras provincias), las empresas pedían tantas documentaciones que, en definitiva, parecían requerimientos de un laboratorio de análisis clínicos y no de una empresa de colectivos y mucho más  aberrante era que había que hacer esa tramitación especial en horarios de 06 a 07 de la mañana, en muchos casos, como si fuera una molestia hacerlo en el horario normal de atención al público.

   Discutir con un chofer del servicio urbano porque Nicolás tenía aspecto de “más grande”, queriendo significar que los padres les ponían un delantal para que abonen un boleto más barato, era algo que increíblemente ocurría.  

   Nicolás pasó por todas esas cosas sin amedrentarse, la única prueba que tengo de ello es que jamás se atrincheró en su habitación, nunca dejó de festejar cuando uno le decía “vamos a prepararnos para salir” y aún hoy disfruta y espera salir a dar una vuelta o ir a su instituto con ganas de hacer lo que le hace bien.

   Todos ellos son un ejemplo de lo que es el espíritu de lucha a través de la permanencia y de la insistencia, representada en sus entornos que no dejan de movilizarse, día a día, en colectivos, en autos, en motos, bicicletas y caminando interminables veredas sin pisar las uniones de los mosaicos. 

  Los autistas no viven “en su mundo” como muchos ingenuamente creen, viven en el nuestro, todos vivimos en el mismo mundo.-

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