Huevo de dinosaurio

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La hermanita perdida (A. Yupanqui – A. Ramírez) Intérprete Fabio Pérez.

Es linda la doctora. Un poco flaca nomás, pero está buena. Dice que  ya me ha dicho que no es doctora, que ella sólo me hace las  preguntas. Me lee las consignas, dice, y completa el formulario…  Para rellenar cuadritos con una tilde no hace falta que una sea  doctora… Me gusta mirarla hablar. Y más cuando abandona la sonrisa  de atender y se ríe de verdad, mostrando los dientes hasta el rosado brillante de las encías. Ahí es donde más me gusta… ¿Si me molesta  que fume? No lo sé… Pruebe y después le digo. Se larga a reír.  Quiero caerle simpático. Inteligente también, así que respiro antes  de contestar, para elegir lo que debo decir entre todo lo que me  suena en la cabeza, mientras no me puedo descolgar de su cara. Me  advierto a mí mismo, pero con la voz de Eduardo: no digas lo primero  que se te ocurra, no digas todo lo que se te viene… Por favor,  golpee con las yemas de los dedos sobre la mesa… Repetidas veces y  lo más rápido que pueda… manténgalo. Eso… ¿Así? “Mirá, sí… –insiste  Eduardo–, ya sé que te has hecho unos cuantos, pero este test es de  los buenos. Lo bancan esos laboratorios de afuera ¿entendés? Te lo  hacen en Mendoza y vas con todos los gastos pagos, y un viaje así no  se puede despreciar. Nadie te jode, la gente no sabe quién sos.  Afuera del instituto ni te van a mirar siquiera” …Golpear con la  yema… No, no, claro, cómo no aprovechar un viaje así ¿y por qué tendrían que saber quién soy? Concentrado, así, muy bien, en el  tamborileo… Sigo, sí… el golpe del auricular, perfecto. Lo de  siempre, dale, seguime vos también, con los dedos Eduardo, dale que  esto es pan comido… marcando y siguiendo el ritmo como en un baile, ponele… y a ver si encontramos una mesa libre, ¿no? ¿Dónde era que  íbamos? ¿Por ahí, por Villa Ballester? No pierda el pulso… No, claro. No, Eduardo no era, si ni siquiera había aparecido todavía…  No, era el Negro. El Negro Sosa era… fumando en el humo… Eso, sí, y  se empinaba un vaso de vino y golpeaba la mesa con esas manos  tremendas. Casi no me reconoce, ¿sabés? No se acordaba, me tuvo que  buscar un rato entre el humo del cigarro y el de su memoria. Me  senté al lado casi pegado a él y no entendí nada de lo que decía.  Costaba oírse con ese volumen de la música. Era nuestro experto en  tanques, ahí, atronado en el ruido. “Porque hice un curso de quince  días”, decía él, el “experto”, cuando nos llevaban en el tren para  el sur. Y a la vuelta, tirados ¡cuerpo a tierra! entre los asientos de la clase turista, porque nos rompían los vidrios del vagón a  piedrazos, el Negro Sosa duro, ausente. Quince días, ¿me entendés? Y los ojos como ahora, así, en el humo. No, no me molesta, sigo hasta  mañana si quiere… en serio le digo… Pero entonces no, claro que no  había vino, y la música era otra, y bueno, y ahí lo encontré,  haciendo así… golpeando casi a ritmo… De repente se paró y con el  vaso en la mano, medio como bailando, se trepó al escenario. Por el  modo de mirarla, creo que quería agarrar a la bailarina que estaba  haciendo un número medio raro y que… A lo mejor la miraba como yo la  miro ahora a la doctora. Digo, porque… pero lo veo también al Negro  Sosa –nuestro experto en tanques– que hace así, como un surco con el  dedo en la mugre de la mesa, y encara. Era bueno para encarar el  Negro… para el escenario… La piba estaba desparramada en el piso y  se asustó cuando lo vio subir tambaleando. Se mandó por atrás de  unos trapos con un grito y una flor de puteada, y se perdió. Ahí  nomás se metieron unos tipos a bajarlo, pero la sudaron lindo.  Tuvieron que convencerlo, entre agarrones y pasos de danza, de que  la mina ya no estaba, o de que él no tenía gracia, andá a saber. El público lo festejó. Lo bajaron y él saludaba, todo chorreado de vino  tinto. Claro, la mancha parecía sangre, pero no… Pero resulta  divertido ¿no? Y además es muy simple: una sencilla secuencia de  palabras… para repetir… Se trata de no repetir los mismos  errores, creo que le escuché decir al Sosa, o a lo mejor se lo  decían a él… Hay que tratar de entender… la secuencia de palabras… ¿Que repita? Perdón, doctora. Sí, las palabras. ¿O eras vos Eduardo? Las palabras son como el material del pensamiento… tantas palabras.  Orden – Patria – Desprecio – Burla – Obediencia – Muerte… no, no digo todas, pero bueno, lo que no digo… también las que ella dice  parecen órdenes, pero son amables. No son de ella, claro. Son del  papel o de esa pantalla que le hace cuadraditos en los anteojos y  juegan a esconderle la mirada… Este… sí, a ver… casa, zapato,  moneda, eh… ¿Lluvia era? ¿o bicicleta?… Después pared… paredón…  y nubes, creo… hmm… no. Es que me distraigo. Perdón… en general  tengo buena memoria y ahora, mire usted, justo ahora me hace quedar  mal… Ya va… ya va a ver que me acuerdo… si yo me acuerdo de todo.  Incluso de lo que sería tan bueno olvidar, como suele decir  Eduardo… Sí, debe ser el reflejo ese, la pantalla en sus anteojos y yo en las nubes. ¡Qué gil!… siempre así con las minas… en las  nubes. No, caballo ya lo dije… ¡Sí, seguro! Claro que estoy seguro…  Las nubes eran como una muralla, un paredón al final de la calle…  que nos avisaban que no había que llegar hasta ahí… una calle, un  callejón sin salida, una plaza de armas… de armas muertas, rendidas. Caballo, me acuerdo… porque veo el galopar de una tropilla y ya me  dan ganas de llorar… pero no es tristeza, no… El Vidalita, el  entrerriano… tenía un tordillo ¿te acordás que contaba? Vidalita, carajo… y todo decía que no ¿sabe? sobre todo… No, al principio ni siquiera sentía frío, pero el viento sí… siempre me ha jodido el  viento… El cabo Vargas grita en la noche. Viento, claro, era Viento  la palabra que sigue… Nos gritan algo que no podemos escuchar o  entender, ahí como a unos veinte metros de altura con el Vidalita porque nos mandaron a desmontar la antena, porque el viento la puede  quebrar, y el tipo grita y grita desde abajo con el viento en contra  y como no lo escuchamos y no entendemos lo que dice ni lo que  quiere, nos apunta, nos hace apuntar por los otros que nos miran como si fuéramos el enemigo… Entonces el Vidalita se caga todo, sí. Se asusta y salta hacia atrás, ahí en lo oscuro desde el techo del  tinglado. Me bajo lo más rápido que puedo y el Vargas se me viene  encima gritándome que cuerpo a tierra, el muy sorete… Y lo agarro del cogote. Le barajo el grito ahogándoselo. Le digo yo, yo… ahora  yo le grito en la jeta, no sé si fue allá con el viento a favor y en  los ojos, que es una mierda y mucho más que una mierda… Los otros  miran ahí… frágiles como los caballos… Les grito que el Vidalita  saltó del techo y debe estar muerto… Mancó el Vidalita. Un salto, un  solo salto y chau, no sé, nada más. “Vidalita, acordate de José  Artigas”. ¿No se acuerda?… Palabra que iba después de parrilla… No  importa, no importa… Ahora son números ¿está bien?… Sonríe. Se le  suelta un mechón del broche que le junta el pelo en la nuca. Cuenta  descendente desde doscientos sesenta y ocho… El mechón es como una  hoz delante de sus ojos, que con la punta afilada casi le roza la  pera… doscientos sesenta y siete, eh… ¿Por qué tiene que ser  afilada? Doscientos sesenta y seis… Qué bueno poder mirarla todo lo  que quiera y… Yo pregunté qué nos iban a preguntar. Más vale, por  eso que dicen que es mejor estar preparado, ¿no? La boca que se  mueve tan segura, sus labios, su voz… doscientos cin… ¿cincuenta y cuatro? pero… si la miro hablar, no la escucho… No, no es su sonrisa  de atender. Tampoco es esa mueca de pena o desconfianza con la que  te miran cuando se enteran de que estuviste en las Malvinas… Algunos  nos miraban así, raro, cuando andábamos en los trenes, otros trenes,  los de después, o ahora, bah, y ahí, con la garganta hecha mierda,  meta y meta explicar. “Esto no es por lástima, señores; esto es por  la Patria”. Y a mí las banderitas que repartíamos me daban una cosa,  como pena o asco, como unos… Doscientos cuarenta y cinco… golpes que  ablandan la mugre de una mesa en lo oscuro. Y no fui más porque no  podía con esas miradas y… Y bueno, el Sosa igual, que tampoco lo vi  más. Lo acompañé un poco esa noche del escenario… doscientos  cuarenta, doscientos… Pero la doctora se sonríe de otra manera,  natural, o más grande, no sé. Como antes, cuando la gente se veía  tan contenta. Parecíamos sacados de una película ¿no? Nos esperaban, se arremolinaban en las estaciones y nos daban paquetes con ropa y  comida, y casetes de música y medallitas y todo eso… Yo pensaba que en el fondo eso estaba mal, que era un poco absurdo todo eso, pero  igual todos estábamos contentos de estar en ese ambiente tan de  cine, en los heroicos preparativos. ¡Qué se vengan nomás! Las  amenazas del aceite hirviendo, los chistes con los huevos de  dinosaurio, que “los ponen cada cien años”, como decía mi tío de los  milicos. Se había envalentonado mi tío, y se había entusiasmado con  el gobierno… Se hizo tan patriota de repente que después el pobre no  me quería mirar, al menos no de frente. Me miraba cuando creía que yo no lo veía, y con esa cara, era fácil verle lo que pensaba. “¡Puta! que mala suerte tiene mi hermana; primero el manyín del  marido que se le pianta y después el pendejo, loco de la  guerra…”.¡Ja! Es como esa frase que dice que si no doliera tanto sería chistoso… Eso es algo que cualquiera puede interpretar ¿no es  cierto?Interpretación de textos, se dice. ¡Ah, no! Ella dice… ¿o  ya lo ha dicho?… Bueno, ahora le voy a leer un texto… y sonríe  cortito. Dice que esto en realidad lo tiene que hacer la  computadora, pero no sabe por qué no le funciona el programa. Y eso  que esto debe ser caro… porque por cada uno de ustedes –“ustedes” ha  dicho– el Instituto cobra unos cuantos pesos… y se para. La doctora  se ha parado leyendo, contra un ventanal que da a un patio con un  solo árbol y un cielo ancho y limpio sobre los cerros del fondo. Es  increíble estar acá… Tenías razón Eduardo cuando me convencías y después… ¡Buen tipo Eduardo! Porfiado, ¡puff! pero con argumentos.  Sí… y después siguió hablando del Puente del Inca y que sé yo qué  más… de que iba a estar cerca de donde el General San Martín armó la  campaña de los Andes, de que con algo de suerte las cosas van a ir  bien y todo va a mejorar, vas a ver, y se puede volver a dormir bien  o a lo mejor hasta te dan el retiro y te llevás buena guita y  nosotros vamos a estar siempre para apoyar, a cualquier hora, y  recordá que hablarlo siempre viene bien… Ya lo sé –le digo– y me le quedo viendo cómo habla… o lee. Apoya los dedos de la mano libre  en la esquina brillante de la madera del escritorio, y el peso del  cuerpo descansa sobre una de sus piernas. Parece que el pie derecho  se le quiere ir del zapato… como un pie de bailarina… que se  reprime… Increíble, sí, estar acá… Pero es un gran tipo Eduardo.  Siempre está igual. Tiene ese laburo de enfermero vigilante y se  preocupa, nos anda buscando, me pasa libros. “A vos te gusta leer,  ¿verdad?”. Y me pasa libros que me entrega así, con las dos manos,  como si fueran ofrendas… ¿Eh? Como que me da algo que cuesta  conseguir. Algo que cuando se abre, abre otra cosa, eso… y me mira a los ojos y retiene sus libros como si no le convenciera soltarlos.  ¿Eh?… a ver si entiendo que lo que me da es algo valioso ¿no? Sí,  algo que me va a revelar los secretos del mundo, de los hombres…  Comprensión del mensaje ¿sí? Un libro del Manco Paz, me da, y me  dice que es uno de los próceres que más sabía de la guerra… “¿Ves?  Este país da la sangre cada vez que hace falta”. Che, ese General  Paz debe ser el de la avenida… pero es gracioso cómo se combinan las  palabras ¿no? Divertido, ha dicho ella… Era nubes ¿verdad? ¿O  pared?… Porque llamarse Paz… por ahí mejor llamarse Vargas,  nomás… Sí, claro… Pienso demasiado. En el grupo dicen lo mismo, que  me va ha hacer mal… pero yo lo que descubrí es… es algo bien raro, pero es que… creo que hace poco que pienso. Me parece que antes no.  No sé si la doctora se dará cuenta con estas pruebas. Yo sé que  antes podía sentir, no sé si pensaba. No, pensar no. Pero igual no  se podía hacer nada, salvo aceptar… Aceptar o saltar. Porque un  soldado no tiene miedo, un soldado no es un puto maricón. ¡No, señor! ¡Sí, señor! Un soldado tiene a su Patria y a su familia. Eso sí… Eso se dice fácil… cuando no te tenés que subir al tren, o  cuando no dormís en un agujero bajo tierra, pasado de frío… ¿No,  Vidalita? “Y endúlzate la boca cuando lo digas”. Es que… el frío es…  peor que el miedo… Sólo se va si tenés algo que te saque del pozo.  Nos reímos mucho con el Vidalita, sí, y también nos hizo llorar  cantando “no hay más huella señores, que la de Artigas” …sí,  siempre. También en el pozo recontra cagados de frío… Eso, o una  carta de las buenas. Buenas hasta para el frío… Yo me iba del pozo  con una que… me decía que no tenía que estar ahí… y parece, ahora me  parece, que me resultaba fácil hacerlo mientras duraba, mientras la  leía. La carta, digo, la lectura… Le podría leer, si quisiera. Si la hubiera traído… ¡Uh! qué lindo… con los ojos que juegan en el  reflejo, que me dicen No, no es necesario… y vos no tendrías que  estar en el sur… Pero el miedo sabe volver, como dicen los  muchachos, el ruido del riel o una sirena, te ponen otra vez en el  frío… ¿Entendido? ¿Algún problema? Comprendido se dice. ¿Eh? Igual  ¡qué sé yo! El Sosa sí que encaraba, no sé que miraba o veía… Entre  tantos desentendidos… eran eso o lo parecían. Tipos desentendidos,  no confundidos o idos… con todos los oficiales bien guardados y los  teléfonos sonando… ¿Qué número vamos? Y, ¿nos abandonaron como  perros?… ¿Cómo hacés para desertar del frío que tenés en los huesos?  ¿Ah? Que me lo digan… sí ¡ahá! con el amor, dicen… Dicen los  predicadores que te tocan el timbre… quién sabe ¿no?… ¿Usted sabía  que Paz se casó con una sobrina veintitrés años menor? ¿Eh?… el  General tenía cuarenta y cuatro, estaba preso y solo, y se casó con  la sobrina que compartió su celda. No ¡Qué va a saber!… Eduardo sí  sabe… juntos en el agujero. ¿No? ¿Que no le dije qué?… ¡Ah! sí,  las figuras, las figuras. Sí, eh… ¿Que qué es esto?… bueno, a  ver… Este manchón… ¿es un timbre?… ¿Otra vez? ¡Qué hincha pelotas!… ¿Qué es esto?… Esto es… necesario. Si lo mismo dice  Eduardo. ¡Yo qué sé!… lo que usted necesita ¿no?… Y vamos  terminando… ¡Ah!… ¡Eso! sí… La sangre que le hace falta a este país  según el bueno de Eduardo el Captador… ¿Quién estará bajo esas  cruces? ¿Le sirve que le diga que donde usted pone una cruz yo no  veo una respuesta?… Estas figuras y listo… Hmmm… a ver ¿Son las vías  del tren? Si usted quiere, bah… Lo primero que le surja… Sí,  cualquier tren. ¡Ahí está! Ese cuadrado de ahí es una jaula, ¡fácil! o un pozo o una celda. Eso otro es… un agujero, yo mismo con las  manos en los bolsillos sin monedas para volver… Sentir es no pensar. Lo que se puede pensar ya lo pensaron otros, ¿no? Un soldado  debe obrar, no pensar. ¿Para qué sirve un soldado que sobrevive?  Para otra guerra, pero no, no… esos son los que huyen. Nosotros  ¿para qué servimos? ¿De ratón de laboratorio? ¿Se trataba realmente  de entender? ¿Y si yo no acuerdo, qué pasa? Porque ya no les creo,  ponele… ¿Y entonces? ¿Qué me está examinando esta histérica, que ni  siquiera es doctora y me pasa estos dibujos de mierda? ¿Qué? ¿Acaso  le van a revelar lo que siento? ¿Y? ¿Jugás a ser la mujer del preso  por una hora y veinte?… Pero hablándome como dando órdenes y mirando  el reloj… ¡Ah! ¿Ya se tiene que ir la doctora? ¡Por favor! No quiero  demorarla. La deben estar esperando… Sí, ¡eso seguro! Tu macho te  debe estar esperando… Yo también me tengo que ir… a ver… y por ahí  agarro esa excursión a esquiar… Ya le dije que esto de acá, me  parece un libro, porque yo leo ¡Qué te pensás! Un palote… un mástil  sin bandera, dos rayas son las vías del tren, sí, el tren de las  banderitas… ¡mejor! Esta mancha ¿cuántas veces te lo voy a repetir?  Es una jaula. Una jaula, ¿entendés? O un techo de lata, o un  escenario, pero sin bailarinas ¿Ah? Anote lo que prefiera. Pero sí…  Poné lo que se te cante… total… Y esa especie de óvalo es,  claramente, un huevo… ¿No, Eduardo? Eso, eso es un huevo, un huevo  de dinosaurio… Dale. Escribilo ahí… ¡¿Podés anotar, la puta que te  parió, que te dije que esto era un huevo de dinosaurio?!

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