Por una historia descentrada del mundo del trabajo y los trabajadores

Fotografía: Osiris Marti
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Un nuevo 1o de mayo, en un contexto tan complejo como el que actualmente atravesamos -marcado por una grave crisis económica y social, profundizada por la pandemia COVID-19 y por políticas estatales de claro perfil conservador-, resulta una buena oportunidad para reflexionar sobre el trabajo, los trabajadores y sus maneras de incidir en la toma de decisiones. También es un buen momento para replantearnos las formas en que se ha construido su historia, no en el sentido de devenir, sino desde la perspectiva de los ejes articuladores que están detrás de los grandes relatos. También, por qué no, es un buen momento para preguntarnos por algunos silencios muy significativos. Siempre en el entendido de que un conocimiento más amplio, cabal, diverso y descentrado de nuestra historia es condición necesaria para impulsar transformaciones que combinen horizontes de igualdad y libertad plena, así como de fraternidad en nuestras prácticas y en nuestras organizaciones.

La historia de los trabajadores y sus organizaciones

Entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, la historia académica se caracterizaba por tener como objeto las grandes gestas militares, las disputas entre las élites políticas, la construcción heroica de las naciones y los imperios. Era una historiografía eurocéntrica, etnocéntrica y patriarcal. Era también un relato anclado en la primacía de los documentos escritos y sustentado en una visión optimista del progreso de la civilización occidental.  

Los primeros abordajes sobre la historia de los trabajadores y sus organizaciones fueron, como toda historiografía, reflejos de su tiempo. Desde una perspectiva temática, fueron trabajos rupturistas y al mismo tiempo tradicionales. Frente a la primacía de los grandes hombres, forjadores de imperios y naciones, emergía la historia de la clase (obrera, trabajadora, proletaria) y sus organizaciones (sindicatos y partidos); de los líderes y constructores de aquellas ideas llamadas a liderar la revolución, que abriría el camino a la sociedad de la igualdad.  Fiel a su época, esta historiografía también creyó en el progreso, aunque con claves distintas. Este era el camino a la nueva sociedad, los avances en la organización de los trabajadores y su toma de conciencia, la necesaria e inexorable unidad de todos quienes tenían los mismos intereses y la acumulación de experiencias de lucha hacia la gran transformación que nos conduciría a la sociedad del porvenir. La toma de conciencia respecto a la explotación capitalista se generaría a partir de ciertas condiciones que estarían dadas al universalizarse el trabajo asalariado moderno (la mercantilización completa de la mano de obra), al alcanzar los trabajadores las pautas organizativas adecuadas (abandonando experiencias anteriores consideradas románticas y utópicas) que conducirían a la unidad orgánica de clase.

Las historias sobre el movimiento obrero en el Uruguay no fueron ajenas a ese proceso. Las primeras historias del movimiento obrero uruguayo se orientaron a la reconstrucción de la unidad de las organizaciones por rama de actividad, la sucesión de diversas centrales sindicales y la disputa ideológica entre concepciones estratégicas. También debemos decir, que más allá de que la filosofía de la historia subyacente era la de que el motor de los cambios estaba en los colectivos, no dejó de ser una historiografía que asignaba a los grandes dirigentes un rol clave en el proceso. Quedaron fuera de ese relato las experiencias de trabajo anteriores al asalariado moderno, las formas históricas y contemporáneas de trabajo reproductivo no mercantil, las experiencias organizativas que no apelaban a una representación de clase o a la confrontación directa con el capital, las cuestiones étnicas, etarias y los conflictos de género. Muchas de estas contradicciones que marcan y desgarran nuestras sociedades fueron vistas como arcaísmos que debían subsumirse ante el predominio del conflicto de clase.

En tal sentido resulta sugerente retomar al intelectual comunista italiano Antonio Gramsci quien convocaba a estudiar, en sus cuadernos de la cárcel, de forma monográfica aquellos indicios del accionar autónomo de lo que denominó grupos subalternos anteriores al proletariado industrial, destacando su carácter “disgregado y episódico”. La historia de las clases populares para Gramsci no avanzaba linealmente, ni era fruto de procesos de acumulación mecánicos. Implicaba saltos, discontinuidades, avances y nuevos comienzos. El trabajo de aquellos intelectuales que hacían suyas las luchas del campo popular pasaba por reconstruir esa diversidad de experiencias en su real complejidad.

Años más tarde Edward P. Thompson ponía en discusión las versiones más deterministas sobre los procesos de toma de conciencia de los trabajadores, destacando cómo, más allá de las condicionantes objetivas lo que hacía la diferencia eran las experiencias de clase. Es decir, aquellos momentos donde los sujetos, en la lucha, se encuentran con el otro, construyen un nosotros y son capaces de visualizar al enemigo. De esta forma episodios antes desdeñados fueron recuperados para la historia del campo popular, tal el caso de los motines de subsistencia o los destructores  de  máquinas  en  la  Inglaterra  de  los  siglos  XVIII  y comienzos del XIX, por nombrar solo algunos ejemplos antes considerados como expresiones de arcaísmo.

Nuevas miradas, nuevas historias

Abrevando en diversas influencias teóricas y metodológicas, el mundo del trabajo como campo de estudios se ha renovado intensamente en las últimas décadas.  Sin dejar de lado el estudio   de   las   organizaciones   sindicales   y   su   accionar   político,   se han   abierto   nuevas perspectivas que abordan la temática desde una  perspectiva  más  amplia.  Estudios sobre las formas y  los  tipos  de  trabajo,  sobre  el  mundo  fabril  y  sus  anclajes  territoriales,  el  uso  del tiempo  libre,  las  relaciones  de  género  o  las  migraciones,  son  algunos  ejemplos  de  nuevas miradas que enriquecen el conocimiento de estos temas. Asimismo, la historia del mundo del trabajo anterior a  la  modernidad  industrial  ha  sido  revisitada  desde  nuevas  perspectivas.

Estos abordajes dialogan además con el tiempo y con las disputas políticas que nos han tocado vivir en estas convulsas primeras décadas del siglo XXI. Una sociedad cada vez más diversa en sus contradicciones y conflictos, con múltiples horizontes de futuro y donde la categoría trabajo y el sujeto trabajador se encuentran enfrentados a desafíos y transformaciones inéditas. Si queremos rescatar y defender la larga historia de luchas del trabajo frente al Estado y el capital, debe ser desde una concepción estratégicamente amplia y diversa, que no subsuma unas contradicciones en otras, sino que tenga la valentía de pelear por todas ellas y al mismo tiempo.

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