Poesía en tiempos de pandemia

Fotografía: Marina Pose | De la serie Tiempo de espera | Montevideo, Junio de 2020.
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La poesía es otro lugar. Enfrentada a algunos temas que trastornan la razón, tiene la capacidad de situarlos en otro contexto. Permite ver las cosas iluminadas por una luz diferente, nos hace observarlas desde otra perspectiva, con una mirada que difiere esencialmente de la informativa. La información, cuya valía es innegable, en los tiempos que vivimos ha acabado desmereciéndose por los efectos de cierta hipertrofia producida en el volumen de mensajes. La epidemia de la covid no vino sola. La acompaña lo que se ha dado en llamar infodemia, es decir, la epidemia de la información, la información excesiva que provoca saturación. La palabra “infodemia” es un vocablo híbrido formado por los sustantivos “información” y “epidemia”. La infodemia nos la sirven los medios de comunicación convencionales y sobre todo las redes sociales, con su avalancha de notas, crónicas, reportajes, comentarios, discursos y noticias, verdaderas o falsas. La poesía puede darnos otro tipo de acercamiento a este desgraciado fenómeno de la pandemia, el monstruo de tres caras: la sanitaria, la social y la económica. La poesía no nos explicará lo que está pasando, pero a lo mejor puede redireccionar el impulso inquisidor que sentimos. 

“¿Qué hay dentro de cada cual que no es de nadie? En esta asepsia clínica, en este plenilunio de la nada, ¿qué se puede soñar cuando ya solo queda la pureza más sola del dolor?”, pregunta el poeta español Felipe Benítez Reyes. En la hondura de todo lo inmaterial que está contenido en cada persona, aquello que podemos llamar alma o psiquis, hay siempre un rasgo diferencial, el otro adn, uno que no aparece en los estudios clínicos. Pensemos que esa íntima singularidad puede ser la herramienta que cada uno pueda y deba utilizar cuando le llegue ese momento crucial en el que las apariencias le dicen que nada se puede hacer para conservar la entereza. La poesía es un viaje a lo más profundo de la esencia humana. En esa latitud extrema siempre hay espacio para los sueños. “¿Qué se puede soñar?”, pregunta Benítez Reyes, pero él no dice que no se pueda. 

Entre todos los géneros literarios, la poesía es considerada históricamente anterior a los demás. Más allá de lo estrictamente literario, la poesía como forma de arribar al conocimiento y como modo particular de formulación es un recurso basal que nuestra especie tiene para expresar sus más recónditos sentimientos. Primigenia, sí, tanto si la consideramos dentro de la historia de la humanidad como si la ubicamos dentro de la biografía de cada ser humano. ¿Qué estaba haciendo el hombre prehistórico si no poesía cuando pintaba sobre las paredes de las cavernas algunas imágenes que representaban las percepciones de sus ojos; por ejemplo, los animales que poblaban el mundo de entonces. Por otro lado, generalmente ocurre que los escritores empiezan escribiendo poesía, aunque después se dediquen a la narrativa o al teatro o al ensayo. La infancia de la humanidad y la infancia de las personas son las edades más poéticas. Los adultos se hacen un poco niños a la hora de escribir poesía: porque tienen que ser sinceros y exentos de vergüenza, porque juegan con las palabras como si fueran muñecos. Esa manera de hacer que las emociones se suelten la lengua hace bien a los que escriben y a los que leen poesía. 

En tiempos de pandemia es saludable dejar que el sentimiento se manifieste sin ninguna traba, que cada uno en diálogo con el otro -o cada uno consigo mismo si por imposición de las circunstancias carece de interlocutor- permita que las emociones se muestren en libertad, y en ese terreno la poesía es sabia y experimentada. Con eso y manteniendo encendida la luz del entendimiento será posible, si fuere necesario, enfrentar al pánico. El pánico es una trampa, un artefacto paralizante. La poesía puede neutralizarlo activando ciertos resortes de la conducta humana, como la catarsis, que elabora posterior serenidad. La poesía puede expulsar fantasmas peligrosos. Es capaz de poner en valor algún componente de la realidad, tal vez minúsculo, que la observación común no registra, y encontrar en él una forma amigable de la belleza, aferrándose entonces a él como escudo protector contra el desajuste y el horror de la realidad. Sin ignorarlos, pero asumiéndolos como partes de un todo mayor. Eduardo Milán, poeta y ensayista uruguayo residente en México, pregunta y se pregunta en un artículo publicado en 2020: “Poesía en la pandemia, ¿poesía con lamento?”. Y sin llegar a contestar claramente a la interrogación, escribe que  “la poesía es, también, una especie de planta. Una planta sin raíz, una planta que oxigena sin tener lugar determinado, una especie de sonido con sentido que puede reaparecer donde no se la esperó, una flor llamada sombra que ya aparece sin estar”. Podríamos decir que la poesía en la pandemia no es lamento. Es poesía.

Y mientras tanto el tiempo parece haberse quedado detenido. Las horas y los días se parecen peligrosamente a todas las otras horas y todos los otros días que vamos viviendo en esta circunstancia pandémica que no parece tener fin. El venezolano Miguel Ángel Latouche poetiza sobre esta apariencia de tiempo congelado en el tiempo y habla de unos “relojes dormidos en el ámbar del tiempo perdido de los caracoles”, mientras que el panameño Enrique Jaramillo Levi, también haciendo foco sobre la relación entre la pandemia y el tiempo, escribe este poema: “Fuimos y vinimos / y no nos dimos cuenta / porque el tiempo, poroso y monocorde, / se había ido de pinta / a no se sabe dónde. / Cuando volvió sin enterarse de nada / ya éramos otros / y el mundo giraba al revés”.

Por su parte,  la poeta costarricense Lucía Alfaro advierte lo siguiente: “La humanidad logrará dominar / al minotauro microscópico, /pero nuestro corazón no quedará ileso / ante tanta mentira y tanta incertidumbre”. La poesía siente el cimbronazo del cambio, percibe que entre tanto estupor y desorientación está el futuro en gestación. Porque siempre hay futuro. Porque todo es futuro. El uruguayo Ricardo Pallares, poeta del pensamiento, profesor de literatura, miembro de la Academia Nacional de Letras, escribió en 2020 un libro de poemas motivado por el drama de la pandemia, que tituló Otro resplandor. Dice Pallares: “poco a poco nace otro resplandor / está y nace nuevo centro del sol / con ausencia de líderes y cristos / con pocos rumbos ciertos y caminos / está ausente un andar y su destino / comprenderemos al empezar con él”. La poesía siente que todavía no es momento de comprender, pero que estamos a tiempo de esperar sin desesperar. 

Tampoco se debe olvidar que, sin quitar un ápice de gravedad a la infección planetaria que significa la actual pandemia de la covid 19, la vida y la muerte ocupan territorios mucho más amplios que los que ella ocupa. La poesía también está aquí para recordarnos la existencia de otros segmentos de lo real, otros matices de lo que ocurre, otros colores de lo verdadero, paisajes que también merecen seguir contando con nuestra consideración. Ni este es el único drama que padece en estos tiempos la humanidad, ni su fin es la única esperanza que podemos alimentar. Por eso los poetas siguen escribiendo, como la española Olvido García Valdés, sobre el imparable transcurso de las generaciones humanas al decir “madre e hija es un gozne / niña perdida anciana según se mire”, o como la uruguaya Gladys Franco, recordando y denunciando los “golpes golpes golpes / sobre la espalda india / sobre la espalda negra / sobre la espalda blanca”.

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