Un 1° de mayo diferente

Fotografía: Richard Yorda.
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Siempre los “días internacionales de”, o “los feliz día” me traen infinitas contradicciones. Fui aprendiendo con el tiempo, la militancia y las diferentes lecturas, de qué se trataba todo esto, y aunque aun no encuentro respuestas a muchas de mis preguntas, al menos sigo replanteándome.

El día Internacional de les Trabajadores ha sido por mucho tiempo, y sigue siendo, una jornada de conmemoración de lucha y reivindicación de los derechos laborales, no un feliz día. Aunque como dice Galeano, la memoria se quiebre, y tengamos tanta mala memoria. 

Más allá de las conquistas laborales, todes sabemos que las jornadas de 8 horas, las vacaciones pagas y el sueldo digno, entre muchas otras, no se cumplen correctamente, y lo vemos, lo sentimos sobre todo en nuestros cuerpes. Pero también es cierto que hay otras tantas vulneraciones que no resultan tan visibles y, muchas veces, pasan desapercibidas, o invisibilizadas. Por ejemplo el techo de cristal para mujeres y disidencias; el uso de la falta de experiencia como excusa para precarizar y/o excluir a muches jóvenes; el capacitismo; o los discursos nefastos del amor y la vocación, para justificar la explotación, o la romantización del concepto “el trabajo dignifica”. Todo esto opera como una especie de opio, al tiempo que se ignoran, se avasallan, y violentan nuestros derechos más básicos. 

Si realmente buscamos tiempos mejores, cambios y transformaciones reales, es momento de cambiar nuestro mensaje, nuestro discurso. Poder entender que el acceso al trabajo es un derecho y no una condición para el reconocimiento de la dignidad de la persona. ¿Por qué es tan difícil de comprender? Ni hablar si pensamos en las miles de mujeres que día a día mueven el mundo, y las que trabajaron incansablemente durante siglos, para sostener este sistema capitalista y patriarcal. Pienso en mi madre, trabajadora incansable, ama de casa. En todas mis abuelas, que parieron hijes, sembraron la tierra, lavaron cada montículo de ropa diario a mano, criaron en una inmensa y desesperante soledad. Por muchas razones no es un feliz día; para empezar porque vivimos para trabajar, a destajo, para pagar lo básico y muchísimas veces ni eso, comemos mal, dormimos peor, se suma la ausencia de crianza compartida de nuestros hijes. Sumado a esto, las exigencias que este sistema nos pone como mujeres y disidencias, para cumplir con el rol y las expectativas sociales de lo que se espera de cada une. 

Ahora también se suma la pandemia y sus efectos enormes, donde los cuidados y responsabilidades de nuestros hijes, y sus actividades escolares, quedan en manos de las madres. Y donde tenemos que escuchar de parte de muchos varones: “las mujeres pueden tener muchas ventanas abiertas al mismo tiempo”, con el agraviante de tener que sortear entre cuidados y pagar gastos, enseñar a vivir y sobrevivir simultáneamente, sin bajar los brazos, ni la guardia. Visibilizar las injusticias, las indiferencias, la precarización laboral, la pobreza, la brecha salarial; luchar por lo que aún nos falta conquistar, de eso se trata. No de días felices, ni de salutaciones sin perspectiva de género. 

Tanto el 1° de mayo, como el 8 de marzo, tienen olor a lucha, a sangre, a muerte, a manos marcadas por la tierra, el sol, el tiempo de vida invertido para ganarse el pan de cada día. Por eso, nos queda despertar, cambiar nuestro discurso, pero también nuestras prácticas; no olvidar que cuidar, limpiar, criar, amar es un trabajo porque permite que todo lo demás funcione.

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