Semblanza de un pájaro libre

Aníbal Sampayo y Luis M. Lemes Da Silva, poeta sanducero y padre del autor de este artículo, en Montevideo, década del 50
Aníbal Sampayo y Luis M. Lemes Da Silva, poeta sanducero y padre del autor de este artículo, en Montevideo, década del 50
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Estas líneas no son una biografía. Carecen de técnica y rigor y dejan de lado la tercera persona, – esa que llevamos marcada casi a fuego, cuando nos toca escribir,  los que estamos en mitad del camino entre los cincuenta y los sesenta –. Son algunas reflexiones sobre un artista que dejó una huella profunda, que aún no encuentra el lugar de reconocimiento en la plenitud que merece. Pero también son pensamientos de quien tuvo la suerte de compartir momentos imborrables con ese ser humano siempre activo, profundamente sensible y comprometido con el paisaje, la historia, las vivencias y los dolores de su gente. 

Mi padre me contó alguna vez que hubo un tiempo en que las dos tribunas casi irreconciliables de una cancha de fútbol cantaron “Cielo en flor” al unísono, cuando en un entretiempo el encargado de la amplificación tuvo la ocurrencia de hacerla aparecer en los parlantes.

Yo era bastante chico todavía. Escondidos y con el tocadiscos a medio volumen, escuchábamos con papá cada surco de  Río de los Pájaros e  imaginábamos en nuestra mente de niños que un ejército terrible entraría por la ventana para condenarnos por escuchar la música de aquel señor tan prohibido. El arpa, la guitarra y una voz amable y cálida,  llenaban el ambiente y nosotros no entendíamos como podía ser que aquellos sonidos tan agradables pudieran ser tan peligrosos. El viejo nos hablaba del “Cacique” como se habla de un hermano. Nos contaba de su poesía y de sus ocurrencias. Y nos decía que no había pájaro en las orillas del río Uruguay que no conociera la música de Aníbal Sampayo.

Después vendrían los aprendizajes, los caminos de entender muchas cosas, pero ya por ese entonces sabíamos que aquel tío querido que había dejado de venir por casa porque se lo habían llevado preso, sabía hablar con los pájaros del río y conocía el lenguaje del rumor de los árboles y la historia escrita en sus cortezas. 

Es que Aníbal llegó a mi casa antes que llegara yo. Es decir, cuando nací, ya estaba Aníbal en el afecto de mi gente. Mi padre había sido su compinche de andanzas juveniles, de trasnochadas aventuras y luego, de algunas expediciones artísticas, como la gira por Brasil de 1951. 

El mismo año en que yo entré a primero de escuela, Aníbal cayó preso. Sus canciones, su guitarra, su arpa y su voz desaparecieron de los medios radiales. Hasta hubo propietarios de medios, en el propio solar de Aníbal, que destruyeron discos, rayándolos con clavos, condescendientes o temerosos — ¡quién sabe! —  ante lo que se venía.

Poco se habló públicamente Aníbal en la década oscura de los setenta.  Apenas, cada tanto,  algún cantor corajudo que sacaba a relucir en alguna kermesse los acordes de Ki Chororó, que a veces lograba pasar y a veces no. A veces se escuchaba alguna versión de alguna canción suya, por Cafrune o Larralde, en las radios entrerrianas, pero a partir del 76, con la llegada de otra dictadura a la República Argentina, el mensaje de Aníbal, como el de otros tantos,  también dejó de oírse desde aquella orilla. 

Entre las paredes de hogares como el mío, sin embargo, la presencia de su música y las anécdotas de sus hazañas y ocurrencias, nunca dejó de estar presente. 

Después supimos que mucha gente supo cuidar gran parte de su obra.

La comunidad artística, los cantores y músicos populares de distintos lugares del mundo pedían por su libertad, aunque aún no lo sabíamos.

Guardo una anécdota en la memoria, que me parece de un singular coraje. Allá por el 79 o el 80, se realizaba un concurso de cantores en la Casa de Cultura de Paysandú. No sé si sería clasificatorio para algún certamen nacional, como el de Durazno. Los Chasques — dúo integrado por José Kaisar y Raúl González —  presentaron, entre las dos o tres canciones que había que hacer, su versión de “El Chasque de Artigas”, de Aníbal. Es cierto que existía un manifiesto afecto hacia Aníbal en algunos integrantes del jurado, pero eran tiempos muy duros — plena dictadura — y jugarse alguna que otra ficha no era fácil. Después de idas, venidas y consultas,  como la cosa no era con público masivo y había un argumento tan irrefutable como jugado: “son las únicas que tenemos ensayadas”, se les permitió cantarla. 

La versión de Los Chasques era una bella versión. Era un dúo magnífico. Fueron descalificados, igualmente, porque, según el jurado, usaron un bombo para tocar una huella. Nos fuimos del lugar masticando la dosis de bronca diaria de aquellos tiempos.

El movimiento llamado Canto Popular Uruguayo empezaba a crecer y a tomar forma en todo el país. No corresponde que se profundice aquí sobre él, pero es importante decir que su irrupción fue una contribución fundamental  para los vientos de cambio que empezaban a soplar. La música de Aníbal, aunque un poco relegada al principio, en el torbellino de candombes y milongas urbanas, volvió a escucharse. 

A propósito, es importante mencionar la versión de Kichororó de Los que Iban Cantando, que logró meterse en los surcos de un disco en tiempos de una acérrima censura previa. 

En 1981 Aníbal deja atrás, para siempre, el Penal de Libertad. Pese a la orden de no abandonar el país, cruzó a Brasil con su familia, ayudado por manos compañeras y solidarias y partió hacia Suecia, país que le dio hogar y afecto. En el penal quedaron innumerables anécdotas de Aníbal, muchas de las cuales fueron narradas, años después, por otros ex presos políticos. Darían para otra nota.  Aníbal se fue al exilio jurando — y jurándose — no volver hasta que no haya un sólo preso político en el país.

Poco tiempo después de su salida de la cárcel y casi antes de su partida al exilio, mi viejo y mi hermano lo encontraron en una esquina de Paysandú. Y hubo un abrazo largo, por el tiempo de distancias que había pasado y por el que se avecinaba.

Después llegaron las noticias. Las encomiendas de “Juan”, las casetes sin marcas externas, cargadas de canciones que señalaban, apuntaban y denunciaban a los culpables de tanto dolor. Y que sobre todo reafirmaban su opción y su amor , incondicionales e irrenunciables,  hacia los oprimidos.

Garza viajera

Los años de cárcel no quebraron su conciencia. Tampoco lo hizo el exilio. A ambas cosas las convirtió en entrega y creatividad.  Desde Suecia, donde vivía con su familia, emprendió varias recorridas por distintos países trocando belleza por denuncia. Era el tiempo de contarle al mundo lo que estaba pasando en el Uruguay y lo hizo. Tocando y cantando. Y nucleando músicos a su alrededor. Porque ese Sampayo de la lucha y la conciencia, sabía también que éstas se construyen en colectivo. Y, como ocurría con Víctor Jara, con Carlos Puebla, con Alí Primera, cuando actuaba Sampayo, habitualmente había un montón de gente en el escenario. Porque el artista, que brillaba con luz propia,  prefería enriquecer su obra con el talento de otros músicos para que el brillo fuera aún más nítido, más cálido, más tribal, más pueblo.

De hecho, desde muy temprano, desde los ya lejanos años 50, 60 y 70, con los Hermanos Arroyo o con “Los Troveros orientales”, en Paraguay y Brasil, respectivamente; después en reiteradas grabaciones y giras con Los Costeros – y eventualmente con Los Montaraces –   en Paysandú o en colaboración con formaciones vocales como “Los Trovadores” en Argentina, Aníbal había cultivado ya esa costumbre de la integración y formación de grupos, a los que por entonces se  los llamaba conjuntos.

En el exilio, Aníbal trabajó con diferentes grupos, como el Conjunto de Arte Nativo, con el que realizó la cantata llamada Canto a la Liberación, verdadero manifiesto latinoamericanista, donde se destaca la voz de Susi Misa. También realizó trabajos con los grupos Somos y Siembra, entre otros.

Precisamente con el grupo Siembra se presentó en Concepción del Uruguay  (Entre Ríos, República Argentina) en 1985. Ya estaba muy cerca su regreso, pronto estarían libres los últimos presos políticos. Con la murga Guarda el Pomo, de Paysandú, fuimos a telonear. Entre los pliegues del traje de la murga, llevaba los abrazos de mi viejo. Aníbal me dio las tapas y los papeles de las caras de uno de los casetes que envió, sin datos, desde Suecia. Fue una de esas noches que no se olvidan.

A su regreso del exilio, conformó un grupo musical de gran calidad artística, dirigido por el músico entrerriano Leopoldo Polo Martí, que posteriormente continuará sus actividades con el nombre de Grupo Maíz. Con este grupo grabó  Patria, su obra del regreso. Mario Fernández, que había integrado la última y más conocida formación de “Los Costeros”, se sumó al canto, regresando de un exilio de unos cuantos años en Argentina.

La historia discográfica después de su regreso es más conocida. Tras el emblemático Patria, de temática y ritmos latinoamericanos; apareció la casete Con todo el litoral, en la que vuelve a transitar la música de la región que lo vio crecer –  y que merecía ser disco – ; el poco difundido pero notable 50 años con el canto, donde vuelve musicalmente a la senda de América Latina, sin abandonar sus temas litoraleños; las dos ediciones de un disco que tuvo dos nombres: Mas allá del Tiempo y Homenaje, donde compartía su obra con destacados músicos de las dos orillas del Uruguay y el Plata; la nueva versión de la “Cantata Artigas” – que merecería un largo análisis – ; un más que interesante trabajo a dúo con el Zurdo Martínez,  cantor y compositor entrerriano, cercano a Aníbal desde siempre y el último y bello compacto De antiguo vuelo, editado en Paraná -que es su último disco, pero no su última grabación.  Complicada ya su salud, participó en la versión de “Aquel Plenilunio que grabó el grupo “Luz Azul”, en Paysandú.

Creación y compromiso.

Cuando Aníbal es detenido, en 1972, iba rumbo a los 46 años. Para entonces, ya había forjado una sólida carrera, producto, en primera instancia de sus múltiples talentos  pero también fruto de un espíritu práctico digno de admiración. Luis Alberto Chichí Vidiella, uno de los músicos más talentosos que dio Paysandú, amigo de Aníbal e integrante de casi todos sus grupos musicales, contaba  que Sampayo, siendo aún muy joven, se fue un día cualquiera a Paraguay con Los Hermanos Arroyo, músicos de aquel país que habían andado tocando con él. Decía Chichí: “Se fue interesado en el sonido del arpa. Volvió como a los dos años, tocando el arpa como nadie”.

En Paraguay, después en Brasil y fundamentalmente en  Uruguay – su tierra – y en Argentina  –   actuando siempre en grupo, dando oportunidades a otros músicos — una constante en toda su carrera — fue madurando su capacidad de observador, su pluma de pintor con partituras y su toma de conciencia a favor de los de abajo. En 1956 aparece “Río de los Pájaros”, una de sus obras fundamentales, acaso la más emblemática.  Sampayo se instala como figura de referencia en el cono sur. Sus canciones son interpretadas por artistas de la talla de Mercedes Sosa, Los Olimareños, Alfredo Zitarrosa, Jorge Cafrune, José Larralde, Quilapayún, Los Trovadores y Los Cantores de Quilla Huasi, entre otros. 

Aníbal fue, además de un fino poeta,  un excelente compositor, un creador de melodías inolvidables que complementaban de manera única el universo de sus letras, apoyadas en ritmos, básicamente del litoral uruguayo – argentino, pero también de toda América Latina. Ritmos a los que dedicó sus horas de investigación y tratamiento. 

Y a propósito, Sampayo fue también un investigador infatigable, no sólo de los ritmos, sino de las raíces profundas de nuestra cultura, de los pueblos originarios y de la figura y el derrotero de Artigas. 

 No es una casualidad que haya sido una presencia emblemática en el Festival de Cosquín, el más importante de Latinoamérica en su género.  Tampoco lo es el hecho de que ese mismo Festival, años después, manejado por intereses alejados de las causas populares y regido por el autoritarismo, le cerrara sus puertas.

La preocupación permanente de Aníbal por denunciar las injusticias que aquejaban al pueblo -inserta como un grito en medio de un cuadro paisajístico, a menudo de  río y naturaleza agreste, a veces de campo, a veces de ciudad- llevó al artista a adherirse a la causa del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros. Esta opción, para algunos polémica, es,  para quienes conocen en profundidad su obra y con más razón su vida, un paso jugado y fundamental en la búsqueda de respuestas y caminos que llevaran al horizonte de un tiempo mejor.

Recuerdo, al regreso de su exilio, algunos intentos de demonización que algunos opinadores enarbolaron en torno al músico poeta y a su condición de militante tupamaro. Se me ocurre que esos argumentos — malintencionados algunos, ingenuos otros — hoy resultan ridículos frente a la obra profusa  y rica de Aníbal y sobre todo frente a la claridad de su compromiso. 

Cuando el ser humano apuesta su vida por sus ideales puede acertar o equivocar los caminos. Habrá quien piense que Sampayo  puede haberse equivocado en la estrategia o en la metodología de su lucha y habrá quien piense que no. Pero Aníbal tenía bien claras sus razones. Y de esas razones, pilares de sus pensamientos, no se bajó jamás. Mientras tuvo uso de razón, sus posturas de rebeldía y lucha frente a la injusticia, al autoritarismo, a los abusos cometidos desde los lugares de poder y a las políticas imperialistas de Estados Unidos y los llamados “países centrales”, siguieron siendo las mismas. Innegociables e inclaudicables. Su fe en la lucha de los pueblos y la solidaridad de los de abajo, también. El error o el acierto metodológico es otra cosa y pueden ser discutibles. Pero la lucha de Aníbal Sampayo desde su lugar de artista latinoamericano tiene su origen en los designios de la sangre, en el grito ancestral de la tierra, en la conciencia clara de un hombre que nunca aceptó la injusticia, el dolor de los de abajo, la explotación del hombre por el hombre. Conciencia clara y mente abierta. Enhebrando concepciones marxistas y cristianas, irreconciliables para algunos en aquellos tiempos.  Con una bandera por la cual pelear, pero con un bullir libertario, anarco, allá en el fondo de la sangre. 

Mezcla de combatiente y pájaro libre, ese era Aníbal Sampayo; vivo en su obra, como siempre , más que nunca. 

Hasta la Victoria

Aníbal partió la noche del 9 de mayo de 2007, después de una dura enfermedad. En agosto de 2006 había recibido un homenaje popular en Paysandú, con motivo de sus 80 años. Esta celebración determinó la implementación de la “Semana de Aníbal Sampayo”, que se realiza cada año,  organizada por el grupo “Sampayeros”, integrado por amigos, músicos, trabajadores de la cultura y seguidores del artista y de su obra. 

Siempre parece poco todo lo que se pueda decir de Aníbal. Siempre van a quedar muchas cosas afuera de cualquier historia contada, de cualquier texto escrito. Estas modestas consideraciones no son la excepción, por lo que después del punto final quedarán muchas cosas en el debe. 

Pero quisiera cerrar diciendo que la obra de Aníbal es reflejo fiel de la vida del hombre del litoral, ligado al cordón vital del río, de este y del otro lado del Uruguay. Desde ese lugar se proyecta al mundo, para comprender, abrazar, acompañar y defender la lucha de los pueblos. En su obra se hacen verso mujeres y hombres lidiando a diario  con la naturaleza, con las duras condiciones del trabajo y la desigualdad, plantándole cara a los opresores. Sus textos y sus melodías, por el sendero de los ritmos musicales de la América Latina, pueden ser bellos, agrestes, delicadamente eróticos, pero pueden ser también feroces, crudos e implacables, si el dolor de la gente que sufre abajo lo reclama.

Yo sigo creyendo que, en Uruguay, hemos estado desatentos a la importancia de su obra. Afortunadamente, hay algunos investigadores que están profundizando en ella. Ojalá tengamos algún día los resultados de esos trabajos.

Mientras tanto, me quedo con las muchas tardes de conversaciones largas, con su sentido del humor único, con sus dedos volando en las interminables cuerdas del arpa y con la cristalina correntada de sus versos. 

Luigi Lemes | 13 de mayo de 2021

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Esta entrada tiene 9 comentarios

  1. Polo Martí

    Hermoso escrito, Luigi! Hay mucho por hacer para poner en valor y difundir la inmensa obra de Aníbal. Un poco en eso estamos! Fuerte abrazo.

  2. Luigi Lemes

    Muchas gracias, Polo querido! Leí tu nota y la compartí en mis redes hace un tiempo. Una clase maravillosa sobre la arcilla con que el viejo querido amasó su obra. Abrazo gigante!

    1. Daniel

      Muy bueno Luigi Aníbal es un grande de América, abrazo grande

  3. Luigi Lemes

    Gracias, Polo querido! Leí tu nota hace algún tiempo y la compartí en mis redes. Una maravillosa clase sobre el viejo querido y sus creaciones. Abrazo enorme!

  4. Graciela

    Muy bueno, Luigi. Un orgullo para Paysandú que sigas militando en la cultura popular y recordando al gran Aníbal Sampayo y al entrañable Chichí Vidiella con mayor razón.

  5. José kaisar

    Excelente Luigi que lindo y que linda época a pesar de la situación ya conocida te agradezco mucho el haberte acordado de nosotros ..,.. fuimos un eslabón de esa hermosa historia …… que grande ese viejito tan sencillo y tan humilde el cual tuvimos el gusto de conocer y compartir muchos momentos (que maestro ) desde ya muchísimas gracias y un fuerte abrazo hermano del camino cuidate te quiero mucho

  6. Cristina

    Luigi
    En esta casi madrugada de martes 25 leo esto sobre Aníbal y veo que es tan grande y hombre común a la vez como nos inspira sentirlo. Gracias por el aporte

  7. ENRIQUE ORGES AGUIR

    Removiendo nostalgias, descubris la riqueza de un hombre que, siempre anidará en nuestro corazón…

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