Alfredo Zitarrosa

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Sabía de ese hombre, de su prédica libertaria, de su imbatible ética y mi corazón lo admiraba desde hacía tiempo. Ahora lo tenía frente a mí, tan serio y reconcentrado como lo había visto en cada una de sus fotos. Parecía un niño flaco aferrado a la mano de Nancy, su mujer. Había algo de desamparo en sus ojos que borraba inmediatamente la convicción de su discurso. Me halagó descubrir que fumábamos el mismo tabaco negro y que se sirviera de cualquier excusa para encender uno tras otro, mientras discurría echando espesas bocanadas. Corría el año 1972 y estábamos en Líma, (Perú) invitados a participar de una suerte de simposio poético musical organizado por Chabuca Granda que se llamó Festival Internacional de la Canción de Agua Dulce. Patricio Manns, Guadalupe Trigo, Omara Portuondo, Isabel Parra, Soledad Bravo, Hugo Díaz y un servidor, entre otros gloriosos compañeros. La primera vez que me escuchó cantar durante los ensayos estaba a un costado del escenario esperando respetuosamente su turno. Así de sencillo y prudente era ese Alfredo. Cuando terminé la prueba de sonido me detuvo antes de que pudiera escabullirme hacia los camarines y con una sonrisa me preguntó: ¿Puedo decirle algo? -por supuesto, Alfredo-.  Le respondí desde mis recientes 25 años.

-Le voy a regalar un mote que me pusieron hace poco en su país, concretamente en Salta-. Y la sonrisa se le escurrió de la cara como un gato. 

-Claro-. Y esperé mientras me tomaba cariñosamente por los brazos.

-Voz de otro! -me soltó con una carcajada. 

Habrá visto mi asombro porque repitió. 

-Voz de otro! Me lo regaló su paisano, el Cuchi Leguizamón en Salta y yo se lo paso a usted porque viéndolo, nadie puede imaginar que de ese cuerpo puede salir una voz semejante. Y encaró hacia el micrófono para comenzar su ensayo.

La vida y sus azares nos juntaron muchas veces. Festivales folklóricos, conciertos solidarios, actos políticos por Chile, por el Frente Amplio, por Nicaragua, por los presos políticos, los desparecidos. Esos caminos de esperanzada lucha nos cruzaron, me dieron la posibilidad de compartir con el militante y el artista inmenso. Se paraba frente al murmullo del público  y su sola presencia conseguía lo que a muchos de nosotros nos era tan difícil: el silencio inmediato, la atención. Lo aprobaban antes de que empezara a cantar. Tenía ese don que muy pocos poseen. Quizá su seriedad, o su convicción, no lo sé, pero era maravilloso verlo aplacar la algarabía popular, el ruido de la vajilla de los mostradores de los clubes de pueblo con un solo gesto de su mano, con la primer nota de cualquiera de sus canciones. Alfredo iluminaba. Desde su severa presencia iluminaba. El traje gris oscuro, la corbata apenas floja sobre el cuello de la camisa, el pelo peinado hacia atrás. Un cantor de la verdad. Eso era. Y lo amaban. Le creían. Se afiliaban a su prédica de justicia, a su esperanza. Yo también. Sin duda. Era imposible no darle crédito. Lo visité varias veces en su solitario exilio en Argentina y, después, en su casa de Montevideo. Conversábamos sobre las dificultades sociales y las insólitas decisiones que a veces tomaban nuestros pueblos,  sobre lo irritante de nuestras propias ambivalencias. La culpa del éxito, la poesía, los avatares artísticos, nuestros exilios. No puedo saber si alcancé a ser considerado como un amigo, más quisiera yo que así haya sido. Pero alguna vez me dejó tocar en su guitarra española, hizo un comentario sobre la importancia de mi trabajo en alguno de sus reportajes, me acompañó en mi primer concierto con el advenimiento de la democracia en 1983 y saludó desde el palco a mi madre que ese día estaba sentada en la platea, emocionada por mi regreso. Lo ovacionaron cuando comenté que esa noche estaba con nosotros un cantor uruguayo. No alcancé a decir su nombre siquiera.

¿Quién era ese señor que me saludó desde el palco, nene? -me preguntó mi viejita.

Zitarrosa, mamá.

Ja! -dijo mi madre. Ese sí que no tiene pelos en la lengua!

La noticia de su muerte me atravesó el pecho, como a otros muchos que lo amaron. Escribí febrilmente a su memoria, pero ya sabemos que lo subjetivo poco agrega al legado de un artista semejante. Sin embargo no pude dejar de expresar lo que dejó sembrado en mí su añorado paso por la vida.

Querido Alfredo

Dejabas en mi sangre tanta estela 
de estrellas y cometas, compañero 
que a veces me parecen que titilan 
en brillo y en tibieza mil luceros
que me acompañan y en el camino 
van señalando nuestro destino. 
Destino de seguir tu mismo vuelo 
amado amigo, querido Alfredo. 

Te escribo en estas alas fulgurantes 
de colibrí lustroso y trashumante, 
seguro que en la tierra donde duermes
recibirás la carta de este insomne, 
que te reclama con su recuerdo
para que vueles desde tu cielo 
y cantes, victorioso como el viento, 
amado amigo, querido Alfredo. 

Descubrirás que no hablo del pasado 
la vida ya ha guardado nuestra historia. 
Te cuento solamente cuanto extraño 
tu voz y tu guitarra con memoria. 
Aquí tu pueblo sigue soñando 
que habrá un mañana, querido hermano. 
Aquella primavera que esperabas 
amado amigo, querido Alfredo.

En el minuto 7,50 Alfredo habla justamente del Festival de Agua dulce que menciono en mi escrito.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Polo Martí

    Hermoso escrito, de corazón a corazón. Excelente! Gracias Víctor Heredia por brindarnos ese relato tan emotivo.

  2. El corazon ha ganado vuelo en tantas de Alfredo y en tantas de Heredia. Le debemos tantísimo a estos artistas inmensos que cuesta hasta inventar una palabra que nos conforme.

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