MANUEL CAPELLA Y EL EXILIO

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on email

En 1970 un acontecimiento conmocionó a Montevideo y la política continental al develarse el secuestro y ajusticiamiento de Dan Mitrione, agente de la CIA especializado en técnicas avanzadas de contrainsurgencia, de acuerdo a los propios documentos hoy desclasificados por la Compañía. Experto en métodos de interrogatorio e instructor de tortura en el sótano de su propia casa, acondicionado a prueba de ruido, con conexiones especiales de comunicación e instalaciones eléctricas para la picana, así como laboratorio de elaboración de sustancias químicas y tóxicos, se había convertido en objetivo fundamental del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaro. 

El 31 de julio fue secuestrado por un comando y, tras ocho días de negociación y pretensiones de canje por la excarcelación de 150 detenidos políticos, intercambio al que el presidente Pacheco Areco se negó, Mitrione recibió cuatro balazos en la cabeza y su cadáver fue encontrado dentro de un viejo automóvil. A sus exequias en territorio estadounidense asistieron, además de Nixon, algunos representantes del arte cinematográfico como Frank Sinatra y Jerry Lewis, pero su vida tuvo en el celuloide una versión distinta a la del héroe indefenso que quiso promocionar el gobierno norteamericano. El film Estado de Sitio, del griego Costa Gavras, con la actuación de Yves Montand, demostró la violación sistemática de los Derechos Humanos, la creciente fascistización del gobierno uruguayo y al cruel verdugo que se ocultaba tras la faz de funcionario de la embajada estadunidense.

Los partidos tradicionales pusieron el grito en Washington; se circularon rumores de guerra civil y en romería la prensa mercantil, los patrones de la usura y la oligarquía imploraron la intervención de las Fuerzas Armadas. En territorio oriental los sucesos irían marcando una impronta binaria y desigual en la batalla simbólica y real entre retardatarios e insurgentes: crímenes de Estado y vendettas, apropiación de recursos públicos y asaltos a sucursales bancarias, represión y protesta social. En medio de ese clima de antagonismo y rencor, la hegemonía financiera y militar llevó adelante un riguroso plan para sumir en el ostracismo a las fuerzas de izquierda, todo bajo la venia del gobierno yanqui, ofendido por el crimen cometido contra uno de sus más protervos y demenciales ejecutores de exterminación selectiva.

La dictadura civil de Juan María Bordaberry, con la supresión de todas las garantías constitucionales en 1973, derivó en persecución, proscripción, juicios sumarísimos o asesinato de los principales opositores.  El Partido Comunista, las organizaciones del Frente Amplio y el Movimiento Nacional Tupamaro fueron víctimas de la execrable alianza de elites uruguayas y militares alienados por la Escuela de las Américas.

Lo más brillante y profundo del pensamiento debió exiliarse, como los ensayistas Ángel Rama y Eduardo Galeano, el dramaturgo Atahualpa del Cioppo y los integrantes del afamado grupo de teatro El Galpón, la Camerata Punta del Este, los poetas Mario Benedetti e Ida Vitale, el novelista Juan Carlos Onetti, los cantores Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti, José Carbajal, Yamandú Palacios, Los Olimareños, Héctor Numa Moraes. El fundador del nuevo canto, Aníbal Sampayo, purgó ocho años de prisión, hasta que se acogió al exilio en Suecia en 1980, el mismo año que Osiris Rodríguez Castillo, optó por desesperado retiro en Madrid. Quedaron en la banda oriental, presos, ultrajados y silenciados, entre miles de militantes, Raúl Sendic, Liber Seregni, Eleuterio Fernández, Pepe Mugica, Mauricio Rosencof. El dramático cautiverio de más de una década de estos tres últimos motivó el reciente film La noche de doce años, referencia al trágico destino de los prisioneros en las cárceles de la dictadura. 

Jorge Enrique Adoum me comentaba sobre el poema más corto y el más lapidario que se haya escrito sobre el patetismo que agobiaba al pueblo uruguayo. Rosencof lo observó en una pared de la cárcel, bajo el título: La dictadura uruguaya y pintarrajeado el texto con una sola palabra:¡Auxilio¡ El mismo poeta escribió: Si este fuera mi último poema/insumiso y triste/ raído  pero entero/tan solo una palabra escribiría/ Compañero.

Ese tiempo feroz, sin  fechas ni lunas, con caramelos agrios y trisagios lastimeros, con partisanos destrozados en la Suiza de América, barrotes y frío, garrapiñada presentida, oscuridad y patadas, gusanos empachados de cadáveres rojos, hijos que crecían sin padre ni madre, mudos candombes, murgas desoladas, aguafuerte de la infamia como dijo Iris Sclavo, ese tiempo, infeliz y desagraciado, no debe ser olvidado por ningún ser humano, ningún demócrata, ningún poeta, ningún camarada.

El camarada Manuel Capella llegó a Guayaquil desde Lima, obligado al desarraigo y la expatriación. Con la canción Se trata de caminar, convertida en emblema de la campaña unitaria del Frente Amplio y su candidato en la elecciones de 1971, general Líber Seregni, se había puesto en la mira de los inquisidores y neofascistas. A pesar de la alta votación del Frente, o quizá precisamente por esa razón, los acontecimientos políticos se aceleraron y el Plan Cóndor, concebido como estrategia continental para apagar toda llama soberana o rebelde, se ensayó en  la tierra de Artigas para luego convertirse en epidemia brutal que asoló inclemente a Brasil, Paraguay, Bolivia, Chile y Argentina. Manuel emigró en bus, a caballo, a pie, hasta la capital peruana donde cultivó grata amistad con el poeta César Calvo. Cuando los militares peruanos derrocaron al gobierno progresista de Juan Velasco Alvarado, debió armar valija y vihuela para llegar en travesía marítima hasta Guayaquil, ciudad en la que su condición de rapsoda dejaría honda huella.

La pintora surrealista, española y republicana, Remedios Varo, al invocar cábala y superstición, dotó a su cuadro El Juglar de una carga esotérica y misteriosa que nos produce una mezcla de asombro y ansiedad, por el temblor malabarista del personaje que no sabemos si canta o encanta, o ambas cosas a la vez. Charlatán de feria y alquimista, el juglar ha sido representado con la carta primera del tarot; con los heraldos para esparcir noticias en la aldea; con la crónica de lo vivencial y cotidiano. Esa nigromancia de prestidigitador y contador de historias, que viene desde la leyenda de Guillermo de Poltiers, trovador provenzal y  Duque de Aquitania,  la encontré encarnada en Manuel Capella, a quien me presentó Melania de Hadatty, que lo había conocido apenas el exiliado pisó la tierra guayaquileña.

Nacido en Béjar, provincia de Salamanca, el 8 de diciembre de 1946, empezó el agreste romance con la guitarra en años mozos. Digo agreste porque no pudo jamás dominar el instrumento, más bien aporreaba cuerdas, boca, puente y diapasón, al punto que una ocasión, con motivo de la inevitable jarana entre cantautores, el argentino Nahuel Porcel de Peralta, al intuir que correspondía a Capella la ronda de canciones, depositó un martillo  en las manos callosas y velludas del salmantino al tenor de: ¡es su turno maestro¡

En la añorada Peña Rincón Folklórico del malecón guayaquileño, diseño y pasión del finado chileno Mario Vega, el desfile de artistas latinoamericanos nos hacía entrelazar sueños, acordes y amores. Entre ellos sobresalía la voz caprina de Manuel Capella, de un vibrato continuo, tembloroso y tan extenso que Alberto Guerrero, cantor de Pueblo Nuevo diría, cuando participamos en el escenario flotante sobre la laguna de Tiscapa en Managua en 1983: hasta los peces se erizaban y levantaban para saber cuando terminaría esa especie de tremor nervioso que con voz de torrente parecía hacer un llamado a los habitantes del agua y, entre ellos, los Caballitos del río, canción que sobre texto de Enrique Amorim y música de Manuel se convertiría en divisa del nuevo canto en nuestra tierra.

Ya en Quito fueron las peñas Pacha Mama y Nuestra América, esta última administrada por Manuel y su socio y cómplice, el también cantor chileno Juan Paredes, las que daban paso a esa especie de movida quiteña alternativa, con cánticos y poemas que nos hicieron creer que el amor era eterno o que los vientos huracanados de la revolución convertirían la guitarra en bandera. 

En el evento denominado Noches Latinas, desarrolladas en la ciudad de Loja, y en el que Manuel cautivó a un auditorio ávido de saetas, poesía y licor, sucedió un episodio inesperado. Al terminar aquellas jornadas, Manuel debía regresar a la capital ecuatoriana por haber contraído compromisos artísticos, pero, tras la despedida, al cabo de no más de una hora, regresó a la ciudad en suceso que se repetiría a lo largo de una semana. Resulta que por varios días el avión no pudo aterrizar debido a vientos atravesados, condiciones atmosféricas inhóspitas y la propia dificultad del aeropuerto, así que a media tarde se volvía a armar la algazara en la casa familiar. Al séptimo día Capella dijo: debían avisarme que Loja era como Arizona, solo hay como llegar, nadie puede salir de aquí.

Encuentros como el de Cantautores Luis Alberto Valencia de 1981; las jornadas de solidaridad con Uruguay junto a Camerata y Zitarrosa, las funciones en el Cascarón de la Alegría de Otavalo, junto al grupo Siripo y Juan Ruales; el Bolivariano en tributo al bicentenario del nacimiento del Libertador Bolívar, desarrollado en Caracas, Maracaibo, Barquisimeto, entre otras ciudades venezolanas,  el ya referido y monumental espectáculo de Managua de 1983, el III festival de la Nueva Canción realizado en Quito en 1984, nos encontraron juntos, arracimados, hermanados. No solo compartí festivales, sino vivienda. Tras el nacimiento de mi hija en enero de 1978, los padres precoces debimos buscar donde guarecernos, entonces la mano solidaria afloró y fuimos a parar al segundo piso de la peña regentada por Manuel y Juan. Yo preparo una canción que haga despertar a los hombres y adormecerse a las criaturas, escribía el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade; Manuel solo cumplía en parte con ese propósito, porque con su voz de trueno despertaba a la niña que dormía en el estuche de una guitarra en lugar de moisés, por lo que después de mecerla y mimarla, solo había que descender por la escalera para enfrentarse a una nueva manifestación de esa bohemia tan especial:  clara como la noche, serpenteante como el destino, y Manuel como alfaguara, despertaba conciencias, militancias y a los apasionados feligreses de la borrachería.

El humo y olor fuerte de los cigarrillos Piel Roja, las sugerencias e inducciones a la poesía de Nazim Hikmet, León Felipe, Nicomedes Santacruz, Elvio Romero, los escondites y coartadas para que la esposa no descubra sus correrías, el color negro impecable de su vestimenta, convertían a Manuel en el símbolo de la transmutación de la antigua trilogía religiosa de católico, apostólico y romano en la herética de bucólico, alcohólico y hermano. Aunque una década mayor, esa diferencia se había borrado de la noche a la mañana. Como escribía Manuel: Porque las edades se unen algún día/la vida es redonda y la historia gira.  Vendrían entonces canciones que sembraron el alma con nuevas sensibilidades, como el Romance del Simón y la Manuela, La guitarra pueblera, No es chacota la vida, Canción por un continente, y, en particular, esa llamarada de tristeza que es Verte otra vez, cuyo fragmento inicial evoco:

Verte otra vez, como si el tiempo no fuese más que ayer
Que más maduro entre en tus ojos al volver
Me trae nostalgias junto con un cascabel
Y un mundo nuevo que se acerca a comprender
Que aquí en mi sangre corrió un río hasta tu ser
Y en mis caricias hay retazos de tu piel
Y en mis palabras hay un nombre de mujer
Que se pronuncia casi como sin querer
Verte otra, verte otra vez

El querido productor y actor Modesto López, español, argentino y mexicano, me cuenta una historia digna de la mancebía que nombraba Faulkner, cuando decía que el mejor sitio para escribir es un burdel, por el silencio de la mañana y la fiesta de la noche. Resulta que Modesto, junto a Manuel y al poeta Antonio Preciado, tras un recital en la ciudad de Esmeraldas,  en lugar de ir a un hotel, optaron por la francachela y la farra. A media noche, sin posibilidad de encontrar alojamiento, fueron conducidos por Antonio al Barrio Caliente y, allí, al prostibulario bullanguero. Entre mariscos y niños que los observaban absortos, Manuel sacó la guitarra y Antonio empezó con su declamación de retumbo. Las señoras de la noche sabían de memoria los poemas y el coro resonaba y se elevaba como oración herética. La merienda de negras y poetas deslumbró a la madrugada que los cobijó con calor y sabor, mientras Manuel rastrillaba la garganta para cantar Cantando vas a volver.

Con Modesto fueron hacia México y Centroamérica con el espectáculo llamado Canto poemas del amor, de la tierra y el hombre. Durante varios meses, ágoras y escenarios los vieron empatar en escena a través de canciones y versos de Nuestra América. Desde el entonces llamado Distrito Federal me escribía: Aprovecho, por intermedio de Hugo Villar, secretario ejecutivo del Frente Amplio, hacerte llegar estas letras. Hay muchas cosas que quedaron en la tinta postergada para mejores momentos que, sin duda, vamos a tener que conversar mano a mano, como solemos hacerlo.1

Con el advenimiento de la democracia Manuel regresó a su tierra, no sin antes asistir a varias despedidas en las que se empezaba a sembrar la nostalgia. En una de ellas, y como siempre en el círculo de cantores que se pasaban de una a otra mano la guitarra, le tocó el turno a Manuel, y sabíamos que sería casi imposible que la cediese a otro intérprete, así que el entrerriano Carlos Santa María urdió la única estratagema posible. Tras una hora de canciones, le solicitó a Manuel que cantase uno de sus más bellos temas, denominado El Hombre de Azul, escrito a la memoria de su padre, obrero y como tal, ataviado con un overol índigo de trabajo. Ya sabíamos el desenlace: Manuel se tomó el rostro en señal de congoja y ese instante de distracción fue el momento apropiado para que la guitarra le fuera sustraída de sus grandes brazos y así dar continuidad al carrusel de canciones. Al darse cuenta de la trama, surgió esa risa de gorgorito ronco a la que nos había acostumbrado.

En la ceremonia de posesión de Rafael Correa Delgado el 15 de enero de 2007, y por propia iniciativa del presidente, se realizó un festival de música del continente. Uruguay fue representado por Manuel que regresó feliz, con más canas y más canciones, más historias y anécdotas, más lucidez y más ternura. Decía mi hermano Miguel, que compartió cena, vino y memoria con Manuel y Ernesto el Seco Guerrero, a raíz de una visita del uruguayo a Ecuador el 2008, cuando representaba a la sociedad de autores y compositores orientales, que encontró en Manolo el mismo cariño, la misma carcajada, el fervoroso abrazo de un hombre tan velludo que, como solíamos decirle, no es que nació, sino que fue tejido. Capella les dijo entonces que estaba agradecido por la versión de la canción que escribiese en tributo a Salvador Allende y que el grupo Pueblo Nuevo interpreta con fe y con la catarata de sus voces que mojan mejillas y contribuyen a la reparación simbólica que el mundo debe el presidente socialista chileno. La melancolía lozana y los ojos enlagunados al despedirse no hicieron presagiar que sería la ceremonia del adiós

Al enterarme de su muerte, el 28 de mayo de 2013, escribí esta letra, que con música de Miguel, pretende ahuyentar el olvido y renovar los votos de amistad que un día juramos:

ORACIÓN A CAPELLA

Quizá tu voz de estruendo caprino,
atemorice la oscura fosa
gallego loco y jacobino,
hermano antiguo de Zitarrosa.
Quizá Noé te reciba hermano,
y que al brindar pa’ calmar el frio
con su rumor te acompañen siempre
aquellos caballitos del río.

Tanto amor y tanta ausencia
tan oriental tu canción
cumpliste el último rito
morir por el corazón

Gallego, uruguayo y mojarra,
cantando vas a volver mañana
descompasada guitarra en farra,
voz de asamblea a la madrugada.
Mientras Chabuca se agranda en canto,
el viejo hombre de azul te sigue
y tu canción es propaganda,
ahora se trata de caminar

En mi infantil desamparo fuiste
como un fugaz Baco, bardo y cura,
y a mi - tu pueblo así lo nombraste,
como un volcán que casi madura.
Querías repartir los panes,
amores viejos, sueños y peces
y tu bandita oriental amada,
es hoy milonga viuda dos veces

Hasta siempre camarada y maestro Manuel Capella, nos queda tu canción, tu violenta voz de galleguayo, de Galicia y Banda Oriental, y tu caravana latinoamericana que al palpitar mezcla la sangre repartida y en su caudal navega el río de la vida.


1 Carta de Manuel Capella al autor; México; 17 de octubre de 1979

Compartir:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram
Share on email
Email

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Jose Miguel Mora Palacio

    Maravilloso el homenaje a Manuel el se lo merece. Me uno con mucho aprecio para decirle a la distancia a Manuel que lo extrañamos y que nuestros recuerdos son permanentes . Querido Hrrmano Galo sigue escribiendo tan birn como tu lo haces y honrando a quien lo merece . Hasta siempre.

  2. Chapi

    Grande! El gallego Manuel, compañero de días y noches de emociones en donde nos encontrabamos por rincones de nuestro querido montevideo.

Deja un comentario