COMO Y CUANTO TE QUERIA: BALADA PARA ALFREDO ZITARROSA

integrantes de Pueblo Nuevo, Modesto López, Amparo Ochoa y Alfredo Zitarrosa
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Desde Madrid, donde cursaba estudios de doctorado en literatura, mi hermana Matilde escribía sobre los escollos que debían sortear los exiliados, pese a la apertura de la incipiente democracia española. Habían pasado apenas tres años desde la desaparición física del genocida, pero el franquismo seguía vivo, con su secuela de oscurantismo. Contaba que había conocido a varios desterrados con quienes solía asistir a los tablados, entonces ámbitos propicios para la solidaridad con los pueblos que habían sido víctimas de dictaduras, más tarde identificadas como eslabones del macabro Plan Cóndor.

Se refería en particular a la peña Toldería, boliche regentado por el cofundador del grupo Los Calchaquís, Gonzalo Reig,  espacio por el que desfilaban artistas como Olga Manzano y Manuel Picón, Víctor Velázquez, Claudina y Alberto Gambino, o la sala Candombe, en la que sobresalían dos cantores, con quienes simpatizó más allá de la coincidencia de ser latinoamericanos, porque la unía a ellos el arte, la vocación por la soberanía de los pueblos y el rechazo a la opresión en que sobrevivían las grandes mayorías con sus víctimas inocentes y las grandes minorías, con sus luchadores comprometidos. Eran Oswaldo Rodríguez, de Chile, y Alfredo Zitarrosa, de Uruguay. 

El primero, apodado El Gitano, que formaba parte de la inmensa diáspora producida por el sanguinario régimen de Pinochet, nos legó canciones de hondo sentimentalismo, como el tributo a la ciudad donde nació, Valparaíso, o la musicalización de los versos que Nicanor Parra dedicó a su hermana Violeta: 

Porque tú no te vistes de payaso
Porque tú no te compras ni te vendes
Porque hablas la lengua de la tierra
Viola chilensis.

El otro, Zitarrosa, el más brillante de los cantautores de una generación que había desbrozado trochas para mostrar al mundo el horror y terror de la mal llamada dictadura cívico militar, régimen responsable del éxodo del 15% de la población. Conocíamos, a través de los antiguos casetes, un repertorio que mezclaba chamarritas, zambas, vidalitas y obras de una cancionística original escrita a través de testimonios de vida, confesionario en el que plasmaba obras que marcarían un estilo hondamente uruguayo y una huella enlunarada e insomne, con aquella ternura de solitario empedernido, como la calificara José Carbajal, El Sabalero, por otro lado, autor de esa hermosa pieza Chiquillada que popularizara Leonardo Favio: pantalón cortito, bolsita de los recuerdos.

A su regreso a Quito, Matilde se desbocaba al hablar de aquellas experiencias que nosotros, los menores, escuchábamos con fruición, porque ya para entonces brotaba la semilla del canto que poco a poco se convirtiera en pasión y profesión. De repente, una noticia por demás halagüeña: como parte de las Jornadas de Solidaridad con Uruguay, llegaban Atahualpa del Cioppo y el Teatro El Galpón, la Camerata Punta del Este y Alfredo Zitarrosa, a los que se sumaba, por residir en Ecuador en su condición de exiliado, Manuel Capella. 

Era la oportunidad de conocer a Zitarrosa, y, en efecto, acompañé a Matilde a un encuentro con él en el restaurante Las Catacumbas del casco colonial de la capital ecuatoriana. No podía ser mejor ámbito, porque en esos subterráneos que un día sirvieron como refugio para monjas, presbíteros y conservadores a ultranza, un trueno reverberaba con el eco de los adobes centenarios. Su voz, combinación de bajo búlgaro y de varonil locutor de onda corta, expresó un tenue: “mucho gusto … Matilde me ha hablado mucho de ustedes, pero, al no tener ninguna noticia pensé que eran producto de su imaginación”. Allí empezó una amistad que se prolongaría por años, pese a la distancia, la neurastenia que había incubado por su temperamento montaraz, y el dolor que sentía por el destino de la Banda Oriental.

Los nervios, al conocer a un creador admirado, afloraron a traves de un magro recurso, la broma, entonces, un gesto adusto de desaprobación me inhibió, con el agravante de su mirada que me recordaba la de Boris Karloff. Yo observaba la pasta de gomina que planchaba su cabello, los surcos nasogenianos marcados, el ceño fruncido, el humo del cigarrillo que levantaba una especie de cortina de incienso;  para entonces, 1979, el grupo Pueblo Nuevo, dirigido por Miguel Mora, había dado sus primeros pasos, consiguiendo lauros en festivales universitarios. Yo me había incorporado recientemente al grupo, y Alfredo preguntaba cuál era la tendencia musical. Respondí que seguíamos los pasos de grupos de la nueva canción chilena como Quilapayún e Inti Illimani. Grandes músicos, ripostó, pero hay que encontrar una voz propia.

Le entregué entonces un artículo que había borroneado en un suplemento llamado el FADI Cultural, órgano del Frente Amplio de Izquierda. Dicha crónica llevaba el título sugestivo de Cita Rosa, una especie de breve biografía sobre la base del título homográfico, aunque, en realidad, era solo expresión de mi profunda admiración por su arte. Lo escrutó rápidamente y lazó el ladrillazo: hay algunas imprecisiones, pero no está mal escrito para ser obra de un amateur. Desde entonces ese vocablo francés que significa aficionado, me ha acompañado en la terca vehemencia para escribir y el atrevimiento de publicar. Sigo siendo, cabe el gerundio, un testigo sin cargo.

Tras el clásico round de estudio, ambos nos dimos cuenta que no tenía sentido el enfrentamiento entre un pesado y un gallo, es decir, Mohammed Alí jamás se habría permitido vapulear al púas Rubén Olivares, ni su compatriota Alfredo Evangelista noquear al petiso Sánchez de Ecuador, y, aún así, la analogía no era del todo certera. De repente, una súbita ternura, guardada en algún arcón, inundó el espacio e iluminó lo que era, hasta entonces, un mortecino desencanto. El cantor uruguayo escondió su acidez, la convirtió en indulgencia y la puso en el centro de la mesa, junto al whisky Buchanan’s. De allí, en adelante, empezamos a hablar como hombres, o mejor, como un hombre cansado, angustiado y perseguido, y un joven que se encontraba a sí mismo a través de una nostalgia prematura.

Intercambiamos direcciones en ese tiempo en el que el correo era el único portador de noticias, el corre, ve y dile anhelado, el buzón que al abrirse avivaba mariposas, esa caja de Pandora que permitía exaltarse al encontrar sobres lacrados y perfumes, o resignarse ante la ausencia de huellas y besos volados. Así le sucedió al Coronel de García Márquez, quien soñaba con el día que el cartero, convertido en Midas, le trajese ese salario esperado por décadas, pensión que no llegó jamás.  En el caso que nos ocupa, al cabo de algunos meses recibí en la antigua casa de Cádiz y Guipúzcoa, un mensaje esperanzador: Alfredo respondía afirmativamente a la invitación que le hacía para participar en el encuentro de cantautores Luis Alberto Valencia, llamado así en tributo al que quizá sea el más importante cantor de Quito, autor de testamentos maravillosos como Acuérdate de mí, dedicado a su hijo, o la música de la célebre canción andina Vasija de Barro.

En medio de controversias entre quienes aspiraban a participar y se consideraban marginados por decisiones políticas, y los que ensayaban en obsesivo culto al virtuosismo, el festival, llevado a cabo en mayo de 1981, convocó a un público ávido de escuchar canciones y testimonios distintos a los habituales sonsonetes de las radios comerciales. Amparo Ochoa, Daniel Tuchman y Gabino Palomares llegaron desde México; los hermanos Junaro, de Savia Nueva, desde Bolivia; Caíto Díaz, uno de los grandes amigos y guitarristas de Alfredo, ya en calidad de solista, con su voz aguda y ronca, formaba parte del elenco, al igual que el cubano Donato Poveda y el excelso guitarrista argentino Carlos Santa María, a quien habíamos conocido en la antigua y esplendorosa Leningrado. 

Fui al aeropuerto mariscal Sucre de Quito en ese tiempo bucólico en el que desde la terraza uno podía observar el aterrizaje y el descenso por las escaleras mecánicas de los visitantes. Divisé su figura y volé hacia la puerta por la que salían los pasajeros que arribaban: Hola hermano querido, tal como te ofrecí, estoy aquí, dijo para sentenciar el abrazo. Cuando le pregunté la razón de su indumentaria negra y amarilla, dijo, suelto de huesos y parca sonrisa: es para rendir tributo a un  compatriota tuyo que hizo de mi infancia y adolescencia el territorio encantado de festejos y orgullo, el gran goleador de mi equipo, Peñarol de Montevideo, Alberto Spencer.

Tocó así la esfera del fútbol, pasión acendrada en mi familia, y, en particular, señuelo de identidad y pasiones juveniles con hermanos y primos. Le desgrané en retahíla la magia de Abaddie, Gonçalvez, Joya, Rocha, Mazurkiewicz, Figueroa, Onega, Caetano, Cubilla, Lezcano, Polo Carrera, y a ese negro nacido en Ancón, hijo de jamaiquino, Pedro Alberto Spencer Herrera, el mejor futbolista ecuatoriano de la historia. Desenfundó también su arsenal, y habló de Juan Alberto Schaffino, Juan Hohberg, Obdulio Varela, Roque Máspoli, para terminar subrayando: y ahora, el monumental Fernando Morena. Habíamos encontrado otro puente de los suspiros, pasadizo a la melancolía y a la infancia escondida.

De la cancha subimos a la barricada. Cuando se enteró de otra coincidencia, se levantó, me plantó un abrazo de oso, y exclamó: esto faltaba, querido; no sabes la alegría que me causa saber que también eres comunista. No es fácil vivir así, acarreando por la vida hoz, martillo, dignidad y guitarra, pero vas a descubrir que vale la pena

No ha sido fácil, no hay superioridad moral en ello, los riesgos estarán siempre a la vuelta de la esquina, los pesquisas y perseguidores nunca cejan en su obsesión por silenciar a quienes osen hablar de igualdad o cuestionar poder y hegemonía; en algunos casos, esa cruzada pasa por encíclicas y excomuniones, presunta defensa de la familia, del sistema o de la forma de vivir. En lo que se refiere a los jerarcas, se trata de la salvaguarda de intereses, de la usura y el poder. No son ni sotanas ni banderas, son bolsillos.

Vidalita acordate de José Artigas/ y endúlzate la boca cuando lo digas, fue la canción con la que arrancó su concierto. Mi padre, patriota bolivariano, alfarista y martiano, tenía los ojos enlagunados al escuchar los versos; el público que había repletado el Teatro Universitario demandaba canciones de diversa factura, desde Zamba por vos hasta Milonga para una niña; él, con sus cuatro guitarras en ese formato característico, con el bordón sexto más bajo, afinado en re, respondía con mesura, afecto, sincero estremecimiento, como reconoció después.  Fueron al menos quince temas que parecían mecer en tembloroso vaivén butacas y corazones. 

De la marquesina y los autógrafos nos dirigimos al campanario de la memoria. Recorrimos con Amparo, Modesto López y Pueblo Nuevo el casco colonial quiteño, ese centro histórico de leyenda al que el Libertador Bolívar caracterizara como ciudad convento. Alfredo no cesaba de preguntar, averiguar e indagar sobre la historia de la nación. Nosotros tratábamos de estar a la altura respondiendo lo que entonces entendíamos por sociedad abigarrada, el pasado invisible, los vergonzantes hispanófilos o la teoría del simulacro que ha hecho posible que etnias devastadas hayan sobrevivido. Luego nos adentramos en el mundo de las confidencias. Lo escuché absorto relatar historias de amigos asesinados, de la persecución brutal de un gobierno artero. Cuando le indagué por Jorge Pacheco Areco, quien había ejercido la presidencia de Uruguay entre 1967 y 1972, respondió: en realidad debería llamarse Paco Areco, porque el CHE le queda muy grande.

Pasamos revista, el hablante y nosotros escuchas, a sus demonios y fantasmas. Asomaron Whitman, Rilke, Jebele Sand, Yupanqui, Sampayo, Onetti, Vallejo, Lorca, Machado, Bretch, Quiroga; comentó de un penoso desencuentro con Serrat, provocado por ese espíritu arisco y huraño del que no hacía gala, sino que lo agobiaba. No era amargado, sino sufriente, y esa condición, sumada a la de ser un  retórico obstinado y pertinaz, lo hacía aparecer adusto, orgulloso, terminante.

En Quito solicitó a mi hermana que lo auxilie a buscar una vivienda, porque había decidido trasladarse desde México a la capital ecuatoriana, donde había sido recibido con tanto cariño. El proyecto se estancó, quizá por temas familiares o materiales, pero, en el interregno, sucedieron unas cuantas anécdotas dignas de ser evocadas. Un día pidió a uno de los compañeros que le consiga un spray, pero este equivocó el mensaje y regresó con una botella de sprite, bebida azucarada, a lo que Alfredo respondió: no, boludo, es para el pelo, spray para el pelo, si hubiese querido para beber te habría pedido una ginebra.

Al terminar el encuentro de cantautores nos trasladamos a la costera ciudad de Esmeraldas, donde Antonio Preciado, poeta enviado a la Tierra por los angelitos negros, nos esperaba con versos horneados en la bella y atroz memoria bruna de la Humanidad. Nada más instalarnos en el hotel vino la ceremonia de bienvenida, con un desayuno de frutas y productos del mar: sandías, guineos, naranjas, encocado de pescado, patacones, café. La sorpresa de Antonio fue mayúscula cuando Alfredo, dirigiéndose al mesero, dijo: para mí un whisky doble … nada más.

En el teatro el repertorio cambió. La peste de la melancolía había hecho su efecto, y entonces  el público cambió bullanguería por asombro al escuchar canciones como Adagio en mi país, La canción y el poema, El violín de Becho, y, en particular, esa elegía llamada Explicación de mi amor, que me acompaña hoy, como sombra, silbido y neblina:

Mi padre serás, como fuiste mi padre, 
un gameto en la grieta cerrada del tiempo,
voz ronca de un órgano ya enmudecido,
ahí estás, larga caja de pino.

El llanto que nombre tu nombre será
breve y, hombre, tal vez lo sabías;
pero es tanto amor exigiendo mi amor;
por favor, no te sigas muriendo.

Frente a un auditorio del litoral, acostumbrado al retumbo africano, a la pachanga, al son, la cumbia, el torbellino, el andarele y la marimba, Alfredo apostó por lo más solemne, sentimental y sensible de su cancionística, no como desafío, sino como testimonio agrietado de su andar, de su feroz combate íntimo con el desarraigo y la nostalgia. Pensábamos que era un error elegir ese repertorio, hasta que, de repente, vimos correr por las mejillas de ébano lágrimas guardadas por décadas por mujeres y hombres de Esmeraldas, que, al terminar la función,  abandonaron el pequeño teatro con más denuncias que festejos.

De la playa a los Andes, en un santiamén. Los indígenas de la población de Ilumán celebraron la presencia de los cantores que habían sido invitados a una boda en el altiplano, fiesta con mesa tendida al sol del páramo, ese que quema con borrascas de frío. Tras largo periplo de regreso, debieron volver porque la inolvidable Amparo Ochoa había olvidado su cartera con documentos y pasaporte. No había entonces ni google maps, ni satélites, así que el chofer de la combi, al preguntar por ese sitio recóndito encontró a un indígena que se ofreció a guiarlos. Serpenteando por caminos polvorientos llegaron a una comunidad donde el nativo descendió. Al ser consultado sobre el sitio que buscaban, este respondió: eso queda más arriba, pero yo vivo aquí. Hasta luego. El sepulcral silencio fue roto por la ráfaga siempre oportuna de Caíto Díaz que empezó a cantar: Dale tu mano al indio, dale que te hará bien, encontrarás el camino, como ayer lo encontré.

Alfredo me contó esta anécdota tiempo después, cuando con mis hermanos, Miguel y el tocayo Alfredo, fuimos a visitarlo en su casa de Coyoacán. Nos dijo entonces que estaba alejado del alcohol y que producía mucho. Le entregamos el long play de Pueblo Nuevo que contenía su canción Candombe del Olvido. La escuchó atento, dijo que por ahí faltaba una comita, pero que agradecía ese arreglo poderoso y, en especial, el trío de voces que le impactó desde la primera vez que escuchó, aquella ocasión en la que hizo de presentador, y tras nombrar a los integrantes, enfatizó: es el grupo Pueblo Nuevo, del que bien pueden estar ustedes orgullosos. Ese mensaje fue rescatado de viejas cintas e incorporado a un disco memorial del grupo. 

La música es, por sobretodo, silencio. Y advino un tiempo de mudez, cercano a la tragedia. Miguel Mora estuvo presente en Varadero, Cuba,  cuando Alfredo intentó quitarse la vida al cortarse las venas. No fue la única ocasión, insinuó Alberto Cortez, quien mantuvo con Alfredo una respetable distancia, porque decía que su hosquedad espantaba. Delfor Sombra, guitarrista y cantor muy cercano a Alfredo, me dijo que, en realidad, Alfredo portaba una máscara de lobo feroz que ocultaba a un eremita que andaba a la caza de la ternura y la bondad. ¿De dónde venía esa aspereza de taciturno intratable? 

Ese niño apellidado Iribarne, por su madre; luego Durán, por sus tíos, y finalmente Zitarrosa, por el esposo de su madre, transfuguismo de su identidad, acarrearía dolores innombrables. El amor herido, pájaro enjaulado, quizá, me decía Guillermo Pellegrino, autor de importantes trabajos biográficos sobre Alfredo. Ese quizá, ese suspenso que plantea Guillermo, solo tendrá respuesta a través de las canciones, los poemas, los cuentos. Ahí está para ser develada esa morriña aguardentosa, saudade que venía de lo hondo, del barranco donde se escuchan los cánticos de abuelos, de heredades desconocidas, de árboles genealógicos cercenados, de amigos asesinados o desaparecidos, de fracturas amorosas, del paisito molido y saqueado por depredadores con corbata, esbirros con chequera y  rufianes con espuelas y charretera.

En un viejo álbum guardo cartas de Alfredo, una timbrada desde Lima y otra desde México. Decía que Ecuador había sido una luz equinoccial que lo insoló; que debemos cuidar la organización popular; hacer del canto más crónica y testimonio que bandera, y que también cuidemos los amores, porque son la primigenia fuente de la ternura y el saber. 

No me voy a morir antes de que Latinoamérica sea socialista, decía, en otra expresión que fundía convicción, querencia y utopía. Pese a su confesa filiación marxista, hasta rancios colorados y nacionales de su tierra coreaban sus canciones. Así como niñatos burgueses aman a Silvio Rodríguez y Chico Buarque, o fascistoides de mierda veneran a Aute, Sabina y Serrat, los milicos de entonces escuchaban a Zitarrosa a escondidas, con volumen bajo; lo convirtieron en banda sonora de su propia ignominia, en tenue penitencia de sus pecados capitales. En 1984, a su regreso a Uruguay, la caravana que lo acompañó desde el aeropuerto de Carrasco hasta el centro de Montevideo, parecía, más bien, algarabía futbolera: melenudos, rockeros, estudiantes de secundaria, viejos militantes, se fundieron en abrazo de reconciliación con el destino.

Tiempo después la estremecedora noticia de su muerte, pocos días antes de cumplir cincuenta y tres años. Se apagaba el fogón, pero las brasas permanecerían hasta nuestros días. Moría el enamorado de la poesía, el amante de chamarritas y tangos, el amigo y camarada que nos abrió la puerta para entrar con fe en el universo de Dante. En la biblioteca del Vaticano reposa el infierno pintado por Sandro Botticelli. En el noveno círculo están Nemrod, Efialtes, Ganelón  y la sarta de traidores, depositarios de la inmundicia del mundo. Los felones de hoy, con sus nombres propios, permanecerán en el noveno círculo. Alfredo, cantará desde alguna estrella errante: Dice mi padre que un solo traidor puede con mil valientes/ él siente que el pueblo en su inmenso dolor/Hoy se niega a beber en la fuente clara del honor/Tu no pediste la guerra/ Madre Tierra, yo lo sé.

Alfredo: los mil valientes fueron torturados, desterrados, humillados, asesinados, pero el continente asistió estupefacto a su resurrección, porque esos lazarianos del pueblo, siguieron enarbolando su necedad, su empecinamiento, su fe. El socialismo vendrá, no será aspirina de ningún tamaño, menos maná o bálsamo, sino pócima cocida por obreros y artesanos, hilanderas y lavanderas, poetas y estudiantes, soldados y cantores, guías y matrias de la revolución. Aunque no estemos vivos, tú estarás, porque haces falta. ¿Te acuerdas que lo presentías en tu Guitarra Negra?

Hago falta 
Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy
Siento que hay un sitio para mí en la fila
Que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta
Que defraudo una espera
Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero
El amor del que me aguarda lastimado
Falta mi cara en la gráfica del pueblo
Mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar
Mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo
Los 7 ojos míos en la contemplación del mañana
Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra
Mi lengua en el idioma de todos
El gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos

En donde estés, con aquel poncho negro que te obsequiamos, con el humo y el trago, con Doña Soledad, Stefanie y Tomasa, con tu voz de asamblea, con chacareras y jazmines de la Patria, recibe este pequeño responso, escrito desde la certidumbre de ser apenas una carta escrita por un feligrés a un predicador. 

Quisiera morir ahora de amor, para que supieras cómo y cuánto te quería, escribió Idea Vilariño, versos que en tu voz volaron a pesar de tener las alas perforadas. Plagio a la poeta para decirte con voz trémula, algo que quizá sentiste o percibiste desde aquel tiempo implacable y hermoso: Alfredo del alma, cómo y cuanto te quería.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Sonia Manzano Vela

    Un retrato hablado de impecable fidelidad, trazado con un estilo hondo y ameno que ya es inconfundible, es el que nos entrega Galo Mora Witt sobre el gran Alfredo Zitarrosa, en demostración palpable de que hay vínculos más fuertes que los de la sangre los que pueden unir a los hombres cuando estos profesan una misma actitud frente al Arte y la Vida.

  2. Antonio Preciado

    Precioso texto: vívido retrato escrito del
    gran Alfredo Zitarrosa,cierto, visible, audible,reconocible por fuera y pir dentro; y palmaria generación de una época;con pisadas de nombres,vuelos de sueños y también horrorosas lastimaduras que siguen doliendo.Obligado a leerlo de un tirón, uno al final se da cuenta de que Galo,con
    .cautivadora sutileza, ha ido convidándolo y situándolo en la nostalgia, pir Zitarrosa,por el emblemático grupo musical ecuatiriano
    Pueblo Nuevo, por esos años…

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