Navegar dos, tres, muchas arcas

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Vivimos tiempos de pandemia de virus y de cercos mediáticos. De encierros y confinamientos, de desconfianza entre las personas, de miedos irracionales, de feroz individualismo, del sálvese quien pueda o, mejor, quien tenga los recursos para salvarse. Sufrimos decisiones impuestas sin la menor consulta, en las cuales los gobiernos y los estados se erigen en portadores de una verdad que no admite discusión ni debate. Se limitan a darnos órdenes, muchas sin sentido, con el objetivo de disciplinar el campo popular.

Esto que llaman pandemia llegó para quedarse. Quizá el coronavirus se disuelva con el paso de los meses, pero las consecuencias del miedo impuesto por los medios y los estados, será el pan de cada día para la inmensa mayoría de nuestras sociedades. Debemos aceptar que vivimos en algo similar a un campo de concentración a cielo abierto, en el cual las alambradas son los miedos colectivos mientras los guardianes armados controlan los movimientos.

Lo primero es reconocer y reconocernos. Saber dónde estamos, orientarnos en esta selva de informaciones que nublan la razón. Nos atiborran con datos, con informes que se desvanecen en minutos porque otros informes contradicen al anterior. Mascarillas sí, mascarillas no, como se viene contra-diciendo la Organización Mundial de la Salud desde marzo.

Para orientarnos, hay que mirar hacia atrás. “Libertad o Muerte”, es el lema de la bandera de los 33. “Libertad o con gloria morir”, dice el himno. Sin embargo, la población acepta mansamente que primero está la salud, prolongar la vida de cualquier manera, aún para vivirla frente al televisor mando en mano, para ir al supermercado y punto. La libertad ya no importa, porque la cercenamos voluntariamente en el altar de la nuda vida, la vida desnuda de cualquier otro atributo que no sea respirar, comer, ir al baño y dormir, como señalaba el filósofo Giorgio Agamben. Una vida que ya no es reconocible por los vínculos que crea, por los afectos que cultiva, los amores y desamores que disfruta o sufre.

¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cuál fue el derrotero que nos hizo tan cobardes? ¿No era que la libertad era el bien supremo al que había que ofrendar, si era necesario, incluso la vida?

Mi hipótesis, a falta de algo mejor, es que las políticas de seguridad ciudadana fueron ablandando a las poblaciones para que aceptaran perder libertades. Me explico: la inseguridad, producto dicen de la delincuencia, fue llevando a una porción cada vez mayor de las familias a protegerse de los robos. Lo más común fue colocar rejas en las casas. O sea, aceptar vivir como en una cárcel para sentirse más seguros. Otros se anotaron a sistemas de alarma, contrataron guardias privados, se refugian en supermercados y shoppings por considerarlos espacios más seguros. Una seguridad individual y armada. Nadie en su sano juicio aceptaría irse a vivir a una cárcel. Pero acepta convertir su propia casa en una cárcel, con muros electrificados y rejas. Es la misma lógica de la auto-explotación laboral: me enjaulo para sentirme seguro.

Los pocos que se preguntan porqué ha crecido la delincuencia, son mal mirados o ninguneados por los medios. Dicen que son las drogas, o que la difusión de un supuesta cultura de la violencia están en la base de la nueva delincuencia, y así hasta el infinito tirando pelotas afuera. Nadie intenta reflexionar sobre el tránsito del Estado del Bienestar, en el cual el policía era el “varita” que ordenaba el tránsito, a un modelo de acumulación por despojo, o sea por robo, encabezado por un Estado Policía, como eje de los cambios habidos.

Vuelvo a explicarme: en la sociedad industrial las grandes fábricas absorbían la emigración campo-ciudad, de modo que una familia a lo largo de su vida tenía una performance ascendente. Ellos empezaban como peones en la construcción y terminaban como oficiales en la industria. Ellas partían como domésticas y alcanzaban a especializarse en alguna textil, por poner apenas algunos ejemplos que no incluyen, claro está, a todo el universo popular. Sus hijos estudiaban y podían llegar a la universidad. O por lo menos era un horizonte posible y deseable.

Desde la década de 1980, las historias de vida se invierten. Los hijos no pueden repetir la vida de sus padres, los nietos ni siquiera pueden soñar con un empleo precario. Y así hasta depender de las políticas sociales del MIDES, una forma neoliberal de disfrazar la caridad.

Es que el extractivismo, un país dedicado a los monocultivos y a las exportaciones de commodities (carne, lana, soja sin procesar y poco más), no puede albergar a las nuevas generaciones que, literalmente, dejaron de tener futuro. ¿Es tan difícil entender que una boca de pasta base rinde siete salarios mínimos, a los que ninguna familia de los sectores populares tiene acceso?

¿Entonces? El camino es cambiar el modelo de acumulación. Algo que no se consigue llegando al gobierno. Prueba de ello, es que todos los gobiernos latinoamericanos, del color que sean, siguen con el modelo extractivo que profundiza la degradación económica, social y cultural de nuestros países. No tengo dudas que algunos gobiernos administran mejor y otros peor el modelo. Pero tampoco tengo dudas de que se limitan a eso: administrar lo que hay.

La tan mentada pandemia, es parte del modelo. Los virus son producto de la deforestación, de la pérdida de biodiversidad, de los gigantescos criaderos de animales y de la industria frigorífica. O sea, son producto del extractivismo/neoliberalismo.

Por eso no alcanza con llegar al poder, al gobierno o allá arriba para cambiar las cosas. Hay que empezar a construir otro modelo, de vida y no de muerte, desde abajo, desde los territorios populares.

Ahora que vivimos en plena pandemia de virus y de miedos, es buen momento para reflexionar, para hacer balance y mirar hacia adelante. Algunos movimientos nos dicen que esto que vivimos es la tormenta sistémica tan esperada y tan temida, una suerte de diluvio, de colapso, un mundo que se derrumba sobre nuestras cabezas y que amenaza aniquilarnos.

Construyamos arcas de vida, arcas para sobrevivir en la tormenta; muchas arcas territoriales que cobijen a las y los de abajo, erigidas con materiales nobles como la solidaridad, la fraternidad y la ayuda mutua. Arcas espacios de vida y de sobrevivencia, para conectarnos con otras arcas, y con otras y con otras….hasta formar un nuevo continente de vida y de libertad.

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